
|
 |

|
[ PALABRAS ELEMENTALES ]
Uno de cipote es tonto
|
|
 |
|
|
|
 |
|
|
Entonces, quedamos en que yo le relataría a usted lo que, en sobremesa, Hernán Rivera Letelier les refirió a unos amigos, en San José de Costa Rica. Ellos me lo contaron a mí.
Resulta que este escritor chileno creció en una familia con severas convicciones de iglesia protestante. Ir al cine, ¡ese engendro del demonio!, estaba prohibido. ¡¡Pero el niño padecía ya de cinefilia!!
En las vecindades de la sala de cine del lugar, unos niños se apropiaban de los huecos de las paredes de la sala. Por ellos se podía avistar la pantalla. Los chiquillos ofrecían esas hendeduras, en alquiler por unos centavos; y otros pagaban, para ojear escenas de algún filme.
Mirando por un hoyo de esos, Rivera Letelier se enamoró de Rosita Quintana. La vio en una película, y la actriz mexicana se convirtió en su platónico amor de niño, de adolescente, de hombre.
Pasados los años, ya escritor, Hernán contó esto en México, durante una entrevista radiofónica. Rosita Quintana estaba oyéndolo. Y por teléfono acordaron cita. Y a la hora señalada, de una limosina descendió la bellísima mujer de tercera edad. Hernán la encontró aún propicia para asedios mayores; ¡pero nobleza obliga! Y él se contentó con la conversación que nunca había sido, y con eternizar, en un libro, la experiencia.
Mire: yo no soy Rivera Letelier; pero fíjese que me pasó algo similar. De niño, me encandilé por Evangelina Elizondo. ¡Usted no se imagina mi gozo cuando, tras esos muchos años en que ella no hizo cine, ni teatro, ni televisión, la vi aparecer en "Un paseo entre las nubes"! Y "Mirada de mujer" la seguí toda, por ver a Evangelina, ya tan mayor, pero aún tan bella.
"Uno de cipote es tonto", dijo en unos versos Tony Dimas, un entrañable poeta salvadoreño malogrado. Y pasa… hasta entre las mejores familias. Solo que, mire usted a Rivera Letelier: ¡hay tonterías con saldos prodigiosos!
|
|  |

|