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Un libro entrañable
Geovani Galeas/colaborador
cultura@laprensa.com.sv

“Ángel para un final”, un libro que raya la nostalgia y la revisión crítica a una época dura e intensa al mismo tiempo.

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ESTANTE

Mi siglo
Günter Grass

El inmortal alemán Grass hace un recorrido histórico por el pasado siglo XX, “su siglo”. En él comenta diversos sucesos que cambiaron el rumbo de la historia y le permite al lector hacer su propia valoración. El respeto del alemán por el público sigue siendo importante, pues lo considera sabedor de situaciones y nombres trascendentes del siglo.

Deuda de sangre
Michael Connelly

Tras dos años a la espera de un donante compatible, Terry McCaleb convalece de un difícil trasplante de corazón. Todo esto le hace cambiar su anterior estilo de vida. Antes de tratar de reiniciar sus faenas debe resolver un último caso de su pasado en el FBI: el asesinato de Gloria Rivers, la mujer con quien mantuvo una intensa relación. McCaleb es considerado brillante por la crítica del misterio.

Imperio
Henry Kamen

Un intenso estudio sobre la España que otrora logró convertirse en la mayor superpotencia, gracias a su política colonizadora y al “apoyo” de gentes de distinta procedencia: aztecas, portugueses, genoveses, etc.

Esta conjunción y riqueza de recursos convirtió a ese país en el más grande europeo durante siglos, y alcanzando tierras en el Caribe, en América, en Norteamérica e, incluso, en Europa, en donde goza de un vasto territorio.

He aquí un libro entrañable para una generación cuyas coordenadas existenciales pasan por las intensidades y la frustración de la experiencia guerrillera, con sus naturales extensiones afectivas hacia Nicaragua y Cuba y sus derivaciones intelectuales primitivas: Eduardo Galeano, Mario Benedetti, Silvio Rodríguez y el ineludible Roque Dalton.

“Ángel para un final”, de Edwin Ernesto Ayala, pega en el centro de la nostalgia, pero también de la revisión crítica, de una época marcada por el fuego, la sangre y la esperanza. No habla de la guerra directamente, sino más bien de sus resonancias posteriores en la vida cotidiana de quienes la vivieron desde la llanura, como víctimas o victimarios, muy lejos del Olimpo de las comandancias.

Los personajes que este autor nos propone son marginales o tienden a la marginalidad. Son borrachitos, putas, mariguaneros, burócratas, guardias o guerrilleros en desgracia, mutilados del alma todos, pero muy despiertos y opinantes, en cierto sentido ideólogos de su propia miseria en un mundo que ya no entienden ni los entiende.

Contra la preceptiva convencional, estos cuentos no se fundan sobre la invención de situaciones más o menos dramáticas, que sí están sugeridas pero que se desvanecen casi hasta la espectralidad. El fundamento es el discurso, a veces excesivo y machacante, entreverado entre la voz del narrador y la de sus personajes.

Los puristas de los géneros literarios afirmarían sin duda que “Ángel para un final” no es un libro de cuentos. Y tendrían razón, en la medida en que tampoco “Pobrecito poeta que era yo”, de Roque Dalton, es una novela; o que “Helechos”, de Rolando Costa, es un poema. Las piezas narrativas que constituyen esta obra no se ajustan, en el sentido técnico tradicional, a lo que conocemos como cuento.

Pero es que los puristas ignoran o simplemente no aceptan el hecho de que, desde hace ya mucho tiempo, Lautreamont y James Joyce dinamitaron para siempre las fronteras y las camisas de fuerzas de los géneros literarios. Y ahí están ahora los poemas narrativos o las novelas poéticas, para no hablar de esa cosa técnicamente incalificable, reacia a toda viñeta, que viene a ser la dramaturgia de Hainer Müller, por ejemplo.

El autor lo sabe, y al título del libro agrega, entre paréntesis: “cuentos apócrifos”. Es una apuesta arriesgada, y por lo mismo una propuesta fresca y revitalizadora, saludable en para una literatura con marcada propensión a la solemnidad, incluso en sus ámbitos “alternativos”.

Hay en este libro aspectos formales, meramente técnicos, que con razón pueden ser considerados por la academia como despropósitos, ¿pero es admisible juzgar una carta de amor, o el último mensaje de un suicida, desde el imperativo del análisis estructural, estilístico o filológico? Si lo es, para eso está la tan aclamada “crítica objetiva”. Yo prefiero consignar la emoción que este libro me produce.



Agua Caliente, riqueza entre montañas

   


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