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El Boquerón
Mayra Barraza
Columnista
cultura@laprensa.com.sv
Desde Ciudad Merliot
subimos entre cafetales por una calle sinuosa y completamente asfaltada
hacia el Volcán de San Salvador. |
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Tomamos el desvío
al Boquerón detrás de un bus que de milagro sube la cuesta.
Pequeñas casas y gigantescas antenas se aglomeran al final de la
calle.
Ya a pie, nos encaminamos por la vereda que nos llevará a recorrer
todo el borde del cráter del volcán. Tenemos suerte, hace
un bonito día, cielo celeste, pocas nubes y buenos ánimos.
Aún es temprano y está fresco.
Sobre el filo del cráter sube y baja el camino, a un lado la pared casi vertical que desciende 500 metros; al otro, a lo lejos, el horizonte formado por la línea de la costa. Pozo profundo a un lado, horizonte infinito al otro. Al frente, “Vulcanoman” —nuestro guía— marca el paso. Le seguimos en fila india señalando pequeños hallazgos en el camino: mariposas, hojas de formas extrañas, ciempiés, ramas atravesadas.
Sobre el costado oeste nos detenemos a ver el paisaje: a la izquierda, lejos, el volcán de San Vicente; luego, el lago de Ilopango y la Puerta del Diablo; más acá, el Peñón de Comasagua, que parece la cresta de una ola congelada en piedra; un poco más cerca, la laguna de Chanmico y los “charcos” de lava negra; a nuestra derecha, los volcanes de Izalco y Santa Ana.
Ya del otro lado del cráter no vemos el sol. La vegetación se vuelve espesa y el aire húmedo. Nos movemos entre las sombras de los árboles sorteando un camino lodoso y lleno de obstáculos. Caminamos mezclando el silencio con risas.
Tres horas después nos acercamos nuevamente al punto de partida. Desde aquí, en medio de cultivos de rosas y otras flores, vemos Quezaltepeque y Apopa. Zopes sobrevuelan lentamente. Entre pinos y cipreses caminamos ya hacia el parqueo. Una niña nos ofrece fresas. Están dulces.
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