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Las manos de Claribel
El sábado fue inaugurado un parque en honor a la escritora.
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Claribel Alegría llegó el sábado a Ciudad Real, en Santa Ana, y pasó grácil y sonriente por la alfombra ocre que la constructora Salazar-Romero había colocado en su honor.
Mucha personas se levantaron para saludarla, para darle un beso, para tomar sus manos.
Se dormía el sol y despertaba la luna, y Claribel seguía empapada de su apellido, escuchando los discursos, rodeada de un general, un alcalde, un cura, el presidente de CONCULTURA , el presidente de Salazar-Romero y el público, poético y joven.
Su hijo, Erick, periodista independiente, filmaba el homenaje. “Él es el ancla de Claribel en Nicaragua”, bromeaba Manlio
Argueta.
El dolmen con poesía grabada en mármol esperaba a su sacerdotisa. Aplausos, vivas, alguna lágrima. “Claribel, prometo que esta vez no te haré llorar”, le dijo Manlio Argueta, su amigo de más de 40 años y con quien participó en 62 giras en Estados Unidos. Y la pregunta vino: “¿Qué es Claribel sin la presencia de Bud, tu esposo?” Las gargantas de algunos se anudaron y la fuerza por desatarlas provocó un cosquilleo en el ojo, una gota anegada que se negaba a salir. “Bud fue mi compañero durante 47 años. Yo no me imagino qué hubiera sido mi vida sin Bud. No me acostumbro a estar sin él”. Salió la gota, salieron muchas gotas. Ninguna de Claribel. Sus ojos destellaban estrellas: “Este es el homenaje más lindo que me han hecho”.
El dolmen seguía ignorado, en su postura megalítica y estoica, pero el momento llegó. Corte de cinta, foto para la prensa, ¡no cortan las tijeras! El general ayuda a Claribel. Aplausos.
Manlio Argueta tomó del brazo a su amiga y la llevó a la placa conmemorativa del parque Claribel Alegría. Faroles azules y amarillos, colores institucionales, periodistas, flashes, arena. Un libro abierto y con cemento fresco esperaba las manos de Claribel. Ella lo tocó y su huella quedó eternizada en el monumento. “Falta sembrar la ceiba”, anunció con fanfarria la maestra de ceremonia.
Cuando le dijeron de su parque, Claribel quiso sembrar una ceiba: “Y me pongo a soñar despierta que en veinte años la ceiba crecerá y los novios van a citarse a su sombra: ‘Nos vemos en la ceiba del parque Claribel Alegría’, para enamorarse”. “Sí, pero que se casen”, sentenció el cura. Risas, las manos pequeñas sembrando el árbol. Qué alegría.
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