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Culturas permisivas
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En Mangaia, una isla en el Pacífico, los muchachos se inician
en el sexo con una mujer casada. Un estudio de los 70 demostró
que los jóvenes mangayos tenían más de 20 contactos
sexuales por semana con diferentes mujeres.
Algunas tribus aborígenes australianas valoran más
a sus mujeres si estas son promiscuas. Es garantía de que
son más atractivas y expertas sexualmente que las demás.
En algunas islas de Polinesia se estimula a los jóvenes
a tener muchas parejas sexuales, pero en secreto. Ningún
miembro de la comunidad puede enterarse de los contactos.
Tomado del diario El Mundo, España.
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Miradas furtivas
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Cientos de hombres y mujeres acuden cada año a TJ Investigadores
y Seguridad para descubrir si su consorte les engaña, según
Blanca de Martínez, representante legal de esta agencia de
investigadores privados, que atiende robos, hurtos, estafas, extorsión,
homicidios y maltrato infantil, pero cuyo fuerte son las relaciones
extramatrimoniales.
El 75% de nuestros clientes vienen porque sospechan que su
pareja los engaña, explica la abogada. Y casi
en el mismo porcentaje de casos resulta ser cierto, concluye.
Junto con Rosita, una de las detectives, De Martínez enumera
casos que para ambas son los más relevantes en la última
década: una mujer que engañó en un mismo día
a su esposo con tres hombres: un instructor del gimnasio y dos compañeros
de trabajo. El consorte los contactó porque no entendía
por qué ella llegaba tan fatigada a casa.
Un hombre que sostenía relaciones sexuales con su concuñada
y fue pillado saliendo de un motel capitalino. En esa ocasión,
los hijos de él solicitaron la investigación y acompañaron
a los detectives durante el seguimiento.
O una señora que casi recibe el veredicto favorable
de la agencia y fue descubierta a los 10 días de investigación,
cuando cambió su rutina y se encontró con su amante
en Santa Ana.
O un hombre que se percató del seguimiento de cuatro vehículos,
pero obvió el último carro, en el que se conducía
su esposa, quien le propinó carterazos al descubrirlo bailando
en Los Planes de Renderos.
Comprobar una infidelidad cuesta de 1,000 a 1,200 dólares
por un servicio de 15 días de seguimiento, fotografías
y video. Sin embargo, la mayoría de los casos se descubren
a los ocho o 10 días.
Una pareja que tiene otra persona no puede dejar de verla
en ocho días. Si no se vieron el fin de semana, generalmente
el lunes están desesperados y se encuentran, explica
la abogada.
La experiencia le dice, asimismo, que a menudo la infidelidad se
comete con compañeros de trabajo.
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No mentirás. Ricardo nunca ha logrado respetar este mandamiento.
A sus 30 años acepta que tampoco pudo cumplir, en su joven y fugaz
matrimonio, la promesa de ser fiel hasta que la muerte los separe.
Desde hace 18 años, cuando tuvo su primer noviazgo, acepta que
ha mentido y sido infiel en todas y cada una de sus relaciones. Tenía
12 años cuando anduve con tres vecinas. En mi casa celebraban esto,
sobre todo mi papá, cuenta, y una sonrisa pícara se
desprende de sus labios.
Fue sólo el inicio de una carrera de múltiples parejas
para el ahora ingeniero divorciado. A los 15 años tuve mi
primera relación sexual, y la segunda fue con la mejor amiga de
mi novia. Al principio me remordía la conciencia, porque a veces
me acostaba con las dos el mismo día, pero mi padre me dijo que
no tenía por qué sentirme mal, que yo era hombre. Sólo
me pidió que me protegiera para no embarazarlas, recuerda.
No es una excepción. En una investigación sobre masculinidad
y factores asociados al comportamiento de los hombres frente a la paternidad,
realizada por FUNDAUNGO y el Instituto Universitario de la Opinión
Pública de la Universidad Centroamericana (IUDOP) en 2002, dos
de cada 10 hombres entrevistados dijo que es normal que los hombres
tengan relaciones con otras mujeres además de su pareja.
Sin embargo, al preguntarles si ¿es normal que la mujer tenga
relaciones con otros hombres además de su pareja?, nueve
de cada 10 están en desacuerdo. Sólo el 8% estuvo de acuerdo
con la poligamia femenina.
Ricardo siguió los consejos paternos al pie de la letra. Aunque
en ocasiones por falta de dinero y tiempo, según cuenta,
pasó un tiempo con una sola persona. Cuando comencé
a estudiar en la universidad era difícil dedicarle el tiempo a
más de una chera y el dinero que me daban mis padres no me alcanzaba
para llevar a ambas al cine, ejemplifica.
Fueron excepciones, y su capacidad para compaginar relaciones paralelas
le dio entre sus amigos un estatus de respeto y admiración que
hasta la actualidad mantiene. El mismo que disfruta Antonio, un ejecutivo
de ventas que se casó a los 18 años y engañó
a su esposa con cuanta mujer tuvo frente a una tarima mientras tocaba
en un grupo de rock. En relaciones paralelas procreó dos hijos
de los que no se responsabilizó más tres que
ya tenía de su matrimonio. Sus amigos hasta hacen bromas, y previenen
a las féminas de mirarlo a los ojos, porque pueden quedar
embarazadas.
Los mitos machistas
Una vez más, la realidad cristaliza en cifras. En nuestro país,
según un informe de la CEPAL sobre paternidad irresponsable en
Centroamérica, aproximadamente 14,800 es decir el 40%
de los niños que nacen cada año sin reconocimiento paterno
son hijos de hombres con relaciones múltiples. Contradictorio,
si se toma en cuenta que según la citada encuesta sobre masculinidad
siete de cada 10 hombres salvadoreños dijeron que desaprueban el
tener hijos fuera del matrimonio. Un nada despreciable 20%, el mismo porcentaje
de hombres que aceptan su necesidad de tener varias mujeres,
sí lo consideran natural.
Vos pensás que sos más hombre cuanto más
sexo con diferentes mujeres tengás. Yo lo hacía para probarme
a mí mismo que era atractivo y que otras cheras podían estar
conmigo. Es la explicación que Antonio da a su conducta,
que le ha dado la nada honrosa fama de perrín entre
sus amigos, para quienes la infidelidad, admite, es un tema casi cotidiano.
Tan cotidiano que hasta intercambian tips para faltar a la
pareja sin ser descubiertos. Algunos han tomado su agenda de trucos de
sus experiencias personales y otros de la internet, donde hay sitios que
sugieren sin embozo estrategias para ser infieles.
Jorge Corsi, psicólogo argentino especializado en masculinidad,
da una explicación sencilla para esta percepción casi deportiva
de la conquista y la relación sexual: Tiene explicación
en el hecho de que la educación de los varones en nuestra cultura
pone mucho énfasis en la asociación entre sexualidad y poder,
afirma. Eso ha impregnado en muchas culturas latinas sobre todo
la idea de que cuanto más demuestra el hombre que puede ejercer
ese poder sexual su identidad supuestamente está reforzada. Es
como una demostración de virilidad, de que él puede ejercer
sexualidad y poder de manera ilimitada.
Ricardo, empero, tiene otro razonamiento para su conducta infiel: Si
me gusta una mujer quiero acostarme con ella. No puedo controlar mis necesidades
sexuales. Tampoco en esta afirmación está solo. Cinco
de cada 10 hombres piensan igual que Ricardo. Según el estudio
antes citado, el 47.1% de los entrevistados está de acuerdo con
la premisa de que en los hombres, las relaciones sexuales son una
necesidad física que no se puede controlar. Y seis de cada
10 están seguros de que por naturaleza necesitan las
relaciones sexuales más que las mujeres.
Según Corsi, eso es sólo un mito, que tiene,
eso sí, su asidero desde hace siglos en la cultura y las religiones.
Es absolutamente falso, porque no hay ningún impulso biológico
que diferencie a los hombres de las mujeres en el plano de la sexualidad
y que haga que los hombres tengan que ejercerla compulsivamente.
Coincide con Lidia Hortensia Lemus, educadora de la sexualidad y especialista
de capacitación del proyecto Fondo Global de las Naciones Unidas
(PNUD): Lo único que puede ser genético es tener la
líbido alta, sugiere. Y eso no distingue entre pantalones
y faldas.
¿Quién va arriba?
¿Cuál es entonces la raíz científica para
un comportamiento que acompaña a la mayoría de culturas
a lo largo de la historia y que, evidentemente, se reproduce con mayor
facilidad entre los hombres? ¿Por qué el hombre es infiel?
Según Corsi, la cultura y las religiones han conferido a los hombres,
durante siglos, mayores libertades que a las mujeres. Y entre esas
está la de tener relaciones fuera de una pareja monogámica,
razona.
De hecho, los seres humanos somos poligámicos, en términos
biológicos, acota Carlos Hasbún, biólogo. La
norma es la monogamia, tener una sola familia, pero bajo del agua sabemos
que eso no es cierto, porque el deseo de poseer a otra persona de vez
en cuando es muy atractivo, dilucida, y añade: En ocasiones
se desarrollan esos instintos porque somos especies animales.
Se podría decir que las cifras no contradicen a Hasbún.
Casi la mitad de las 900 sociedades humanas reseñadas en los atlas
etnográficos consideran la poligamia como norma. De éstas,
el 39% acepta la coexistencia de monogamia y poligamia (ver recuadro).
Sin embargo, el debate sobre la naturaleza humana en relación
a la poligamia o la monogamia es casi exclusivo de la ciencia. En las
sociedades occidentales la discusión está cerrada, y la
pública poligamia (formalizada o no por el matrimonio) condenada
moral y legalmente... al menos en la mujer.
Ellas, al cadalso
Ricardo se divorció hace más de un año, pero no
por sus infidelidades. Aunque su esposa descubrió dos de sus aventuras,
no le pidió que se separan. Fue él quien terminó
el matrimonio cuando descubrió que lo habían engañado.
No le pude perdonar que me engañara, no pude resistirlo.
En nuestro país, 25,598 personas se divorciaron entre 1995 y
2002. En los juzgados de familia, aunque no existe un registro que detalle
en cuántas ocasiones la infidelidad fue el motivo las causales
legales de divorcio son: mutuo consentimiento, separación de los
cónyuges por más de un año consecutivo o ser intolerable
la vida en común, funcionarios cuentan que cuando el adulterio
es de la esposa en la mayoría de casos los hombres insisten
en que en el expediente se consigne que la mujer los engañó.
El abogado Mario Cativo coincide con las declaraciones de los empleados
de los juzgados: El orgullo de los hombres suele estar herido y
por eso piden que conste en el expediente que fueron engañados.
El problema es que en un juzgado hacen falta pruebas, y la única
forma de probar una infidelidad es tener testigos que los hayan visto
copulando.
En la encuesta de 2002, cinco de cada 10 hombres opinó que la
infidelidad es más grave en la mujer que en el hombre, y tres de
cada 10 estuvieron de acuerdo con la idea de que se debe castigar a la
mujer que es infiel. De hecho, antes de que el Código de Familia
entrara en vigencia en 1998, el artículo 145 del Código
Civil establecía entre las causales de divorcio la preñez
de la mujer por consecuencia de relaciones ilícitas anteriores
al matrimonio ignoradas por el marido, el adulterio de la
mujer y el adulterio del marido con escándalo público
o abandono de la mujer.
Para Corsi, esta flagrante diferenciación jurídica entre
el adulterio de la mujer y del hombre, que valida el de él cuando
no provoque escándalo público, no es una sorpresa.
Asegura que, históricamente, se ha castigado y condenado sólo
la infidelidad femenina. Los hombres suelen ver a la mujer como
un objeto de su posesión, y por lo tanto esta no se puede salir
de su rol de sumisión, afirma.
Cero remordimientos
La otra cara de la moneda es aún más frívola. Ricardo
se jacta de que la mayoría de sus andanzas extraconyugales nunca
fueron descubiertas pese a que en ocasiones fue bastante temerario. En
los dos años que estuvo casado fue infiel a su esposa con cuatro
mujeres distintas. En una ocasión cuenta que llevó a uno
sus affairs a casa, y que en el sofá familiar, a plena
luz del mediodía, tuvo relaciones sexuales.
El hecho de que estuviéramos en la sala de mi casa me excitó
más. Siempre me ha gustado sentir el riesgo, cuenta. Interrumpe
el relato, se lleva el cigarrillo a la boca y después de una bocanada
continúa: Otra vez llevé a otra amiga al cuarto de
la empleada, primero lo hicimos en una hamaca y luego en la cama. Esa
vez estaba nervioso, porque sabía que mi hija y la muchacha regresarían
en media hora, pero eso hizo a la vez que la adrenalina aumentara.
La última vez que llevó a una de sus amantes a casa fue
durante la noche. Mi esposa y mi hija se fueron a visitar a unos
familiares al interior del país y aproveché, dice.
En el cuarto de estudio pasó la noche y a la mañana siguiente
se bañaron y fue a dejarla.
Hay quien se oculta menos. Antonio asegura que, años atrás,
salía con sus múltiples parejas a los centros comerciales,
a comer y al cine, y que en ocasiones iba con ellas tomado de la mano.
Mi esposa me decía: Me contaron que te vieron con otra.
Y yo lo negaba. La verdad, no me daba miedo ni me sentía mal,
responde cuando se le pregunta si sentía remordimientos.
Corsi explica que los hombres, generalmente, no sienten remordimiento
cuando infringen la cláusula de exclusividad que se suele asociar
a una relación de pareja, porque han aprendido a separar sus afectos
del acto sexual en sí mismo. De hecho, en El Salvador, un 59.6%
de los hombres piensa que tiene licencia para las relaciones sexuales
con una mujer sin compromiso.
No es el caso, asegura Corsi, de las mujeres, a quienes
se les ha inculcado, por siglos, el sentimiento de culpa. Los varones,
lamentablemente, pueden hacer daño a otras personas sin experimentar
ningún tipo de remordimiento, señala.
Alberto Castellanos Franco, filósofo mexicano y profesor en ciencias
de la familia, asegura que, en general, los seres humanos no somos capaces
de disociarnos para sostener dos relaciones paralelas, pero coincide en
destacar una mayor predisposición a la culpa en las mujeres: Sufren:
te llama la atención otra persona y eres infiel, y lo gozas físicamente,
pero en el fondo estás fracturada, estás quebrada porque
estás entre dos fuerzas y sabes que no está bien,
asegura.
¿A quién se miente?
Antonio se separó de su esposa hace más de cuatro años
cuando se enamoró de una de sus amantes. Asegura que a esta persona
no le fue infiel nunca, pero en febrero pasado su nueva consorte le confesó
que tenía otra pareja y lo abandonó. Yo la quiero
y espero que regrese. Ahora sé la impotencia que provoca cuando
no podés hacer que alguien te quiera siempre, que siempre quiera
estar a tu lado, lamenta.
Helen Fisher, una antropóloga física de origen estadounidense
que ha investigado por años el cortejo humano, se percató
en 1988, mientras revisaba unas estadísticas de la ONU sobre el
divorcio, que retrataban la tendencia desde 1947 en 62 países,
de que la gente tendía a divorciarse en mayor medida durante el
cuarto año de matrimonio.
Para mí eso indicaba que el divorcio quizá no fuera
un mal cultural, sino un aspecto de nuestra heredada conducta de apareamiento,
declaró Helen Fisher en una entrevista a Jake MacDonald, publicada
en la revista Readers Diggest, este año. La doctora asegura
en su libro Anatomía del amor que los lazos de pareja
entre los animales duran el tiempo necesario para criar una camada. Y
que en los seres humanos, el tiempo medio que se requiere para criar
a un niño desde el nacimiento hasta el final de la primera infancia
son casi exactamente cuatro años.
En la misma línea, Lidia Hortensia Lemus, del PNUD, explica también
que hombres y mujeres tenemos hormonas que funcionan para el deseo, y
que ese deseo dura sólo entre tres y cuatro años. Aunque
afirma que eso no quiere decir, sin embargo, que todo matrimonio o vida
en común muera en ese plazo. Para evitar ser seducido por
la infidelidad debemos formar hormonas para el apego, aconseja.
Eso permite que la relación dure.
La otra alternativa que plantea es la de formar a la gente para que
rompa una relación cuando ya no se sienta bien porque hay
parejas que pueden perdonar una infidelidad y otras que no.
A Orlando Villacorta, un terapeuta que durante 30 años ha trabajado
en psicología de la pareja, la experiencia le ha enseñado
que superar una falta de fidelidad depende de la capacidad de perdón,
madurez, amor y nivel de tolerancia que exista. Y los hombres suelen carecer
de estas aptitudes. La infidelidad de un hombre es siempre un golpe
a la estructura psicológica de la mujer, pero las probabilidades
de perdón son mayores, explica Villacorta. Al revés
no es tan fácil: es una afrenta que a menudo no se puede manejar.
Desde esta perspectiva, el terapeuta aconseja a sus pacientes no confesar
a su pareja si tuvieron un desliz mientras no estén preparados
para una ruptura o no sepan cuál será la reacción
del ofendido.
Si se le piden soluciones, Jorge Corsi dice que la raíz de la
infidelidad está en la constitución de estereotipos de género
que se han ido reproduciendo y transmitiendo de generación en generación,
y asegura que mientras exista una jerarquía entre lo masculino
y lo femenino y se vea al ejercicio libre de la sexualidad como un poder
exclusivo del hombre las sociedades seguirán siendo machistas,
y ejerciendo la infidelidad como traición.
De hecho, Corsi sugiere a los hombres hacer una autorrevisión
de su conducta, porque la virilidad y el sexo no son elementos para
reafirmar su sexualidad. La empatía y la capacidad
de ser más cuidadosos para no dañar a los demás deberían
ser copiadas del sexo opuesto, anima el argentino.
La equidad no pasa por la masculinización de las mujeres
sino por la feminización de los varones, arroja. Y
cuando digo feminización de los varones quiero decir que los varones
puedan acceder a todo lo bueno que desarrollaron las mujeres en la historia,
como la capacidad de cuidado, empatía, sensibilidad, la posibilidad
de relaciones afectivas más maduras, estables, intensas, sinceras.
Ricardo, luego de un par de bocanadas más, retoma el hilo de
su historia. Luego del divorcio inició un noviazgo con una compañera
de trabajo con quien está próximo a cumplir un año.
Asegura que la quiere, pero aún no ha podido controlar lo que él
llama sus necesidades sexuales.
Sigo siendo infiel. La he engañado con dos de sus amigas
y con una ex novia. A veces me he sentido un poco mal porque ella es buena
persona, pero no puedo evitarlo, cuenta. No sé si alguna
vez pueda serle fiel a alguien. Quizá sí.
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