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[Reportaje]
Muqtada, el clérigo al que nadie vio
Carlos Dada
enfoques@laprensa.com.sv
Las fuerzas de ocupación subestimaron la complejidad de Nayaf y no prestaron atención al joven clérigo que comenzaba a armar sus milicias. En el único encuentro que tuve con Al Sadr, lanzó la primera advertencia directa: las tropas hondureñas y salvadoreñas tenían que irse de Nayaf.

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Quedé en verme con “A” el 3 de noviembre a las 8 de la noche, en un punto que convenimos cerca de la avenida que une a Nayaf con Kufa. Era un hombre alto, muy delgado y barbado, con un par de dientes arruinados por el lento e inmisericorde golpe del desierto. Vestía una dishdasha blanca de tela barata y traía en las manos, como hacen casi todos los chiitas, un abalorio con el que nombran a Alá de 99 formas distintas. “A” era mi contacto con Muqtada al Sadr y sus milicias.

Desconfiaba de mí, como desconfiaba de cualquier extranjero, pero por alguna razón le simpatizaba, y nos reuníamos de vez en cuando a conversar sobre la situación en Iraq. Yo llevaba casi dos meses en Nayaf y seguía preguntándome por qué el Ejército estadounidense y las tropas de la coalición le daban tan poca importancia a esta ciudad sagrada.

“A” me recibió con un saludo muy efusivo, y pocos segundos después le pedí que me consiguiera una entrevista con Muqtada Al Sadr. Se rio. “Eso es imposible.”

Algo andaba mal, porque él mismo, unas semanas antes, me había conseguido un primer encuentro con el clérigo. “Sí”, me dijo, “pero entonces no sabíamos que eras parte de la coalición”. Yo no soy parte de la coalición. Punto. “Ana sahafi”, soy periodista. Y él lo sabía muy bien.

Siguió sonriendo. “¿Entonces por qué estabas en un vehículo militar, el jueves pasado, en las orillas del Éufrates? ¿Y por qué el lunes anterior estabas en un retén militar frente a la cementera?” En ese momento supe que debía abandonar Iraq, que mi cobertura ahí había terminado.

Intenté explicarle que, como periodista salvadoreño, la cobertura de la labor del batallón Cuscatlán era de interés público y que era parte de mi trabajo, como lo era hablar con él y con los miembros de su grupo. Pero estaba claro que no conseguiría la entrevista, y que ya me tenían “fichado”.

Días atrás, en un pequeño local con computadoras desde el que enviaba despachos, dos hombres en tono muy amigable se me acercaron a preguntarme qué hacía en Nayaf. Su curiosidad fue tal que terminé mostrándoles la página web de La Prensa Gráfica. Pusieron la misma cara que yo pondría frente a un texto en árabe, y no estuvieron contentos hasta que vieron mi foto en una de las notas. Ahora entendía por qué.

La red de Muqtada

Al Sadr tiene un ejército a su servicio, llamado El Mehdi, que se sospecha cuenta con entre 4 mil y 10 mil combatientes, armados con fusiles AK 47 y lanzagranadas chinos y rusos. Muchos de ellos van descalzos porque no tienen dinero para comprar zapatos.

Cuenta además con miles de colaboradores e informantes en Nayaf y Kufa, que son sus ojos y sus oídos. Maneja uno de los principales barrios de Bagdad, llamado Ciudad Sadr, que ha sido centro de constantes combates con las fuerzas estadounidenses y tiene una gran presencia de seguidores en otras ciudades iraquíes.

Es en realidad un sofisticado cuerpo de inteligencia, para el que es muy sencillo dar seguimiento a los movimientos de las tropas salvadoreñas en la ciudad o, para el caso, al único periodista extranjero en Nayaf... o sea yo. Y, al contrario de lo que pensaban por aquel entonces las fuerzas de ocupación, el joven clérigo no estaba jugando.

Desde que llegué, comencé a preguntar por Al Sadr a los oficiales salvadoreños. Nadie lo tomaba en serio. “Está muy joven, y le gusta gritar un poco. No representa ningún peligro”, me dijo uno. “Esta es una ciudad muy tranquila, por eso nos mandaron acá.”

Pero las características de Nayaf daban cuenta de un lugar muy distinto: es la ciudad más sagrada del mundo para los chiitas, que componen la mayoría de la población iraquí y que están, además, resentidos con Estados Unidos por sentir que los abandonó a su suerte, en manos de Sadam Husein, en la primera Guerra del Golfo.

En la mezquita de la ciudad está enterrado el fundador de esta rama del islam, el imán Alí, venerado como el heredero de Mahoma. Las autoridades religiosas tienen el poder absoluto sobre los chiitas, la población más fundamentalista del país.

Aquí fue donde, durante los primeros días de la invasión, una unidad élite del Ejército estadounidense terminó de rodillas y con las manos arriba ante una multitud enardecida frente a la mezquita. Y este fue también el primer lugar en el que las tropas estadounidenses sufrieron un atentado suicida.

Con estas señales, Nayaf parecía ser, al menos, la segunda ciudad políticamente más importante de Iraq, y una de las más complejas. Pero por alguna razón nadie en los círculos de decisión de la coalición lo vio así.

En junio de 2003, cuando el viceministro de Defensa español visitó El Salvador, Honduras y República Dominicana para confirmar el envío de tropas a Iraq, describió Nayaf: “Se trata de un lugar interesante desde el punto de vista cultural y económico (...), y no especialmente conflictivo”.

Con la llegada de la División Multinacional, la ciudad quedó completamente a cargo de los dos batallones con menor rango en toda la jerarquía militar de la coalición, y con menos recursos: el hondureño, para custodiar el norte, y el salvadoreño, a cargo del sur de Nayaf y de Kufa. Entre los territorios asignados a ambos está la zona sagrada, custodiada por milicianos chiitas, a la que las tropas tienen, o tenían, prohibido el acceso.

En el orden de mando, el Xatruch hondureño y el Cuscatlán recibían órdenes de las tropas españolas en Diwaniya, sede de la brigada Plus Ultra, que a su vez reportaba a los polacos en Babilonia, sede de la División Multinacional, bajo la autoridad final del comando estadounidense en Bagdad.

Si bien el contingente español tenía apostados en Camp Baker a cuatro de sus mejores espías (como se supo después, cuando fueron asesinados en una carretera), el propio comando español seguía sin tener claro por qué se habían repartido así las ciudades.

El general Alfredo Cardona, comandante de la brigada Plus Ultra, me admitió en una entrevista que la importancia de Nayaf no había sido valorada al momento de decidir la distribución de las tropas. “Creo que fue una cuestión de tiempo. Nos urgía llegar y las tropas americanas salieron de Diwaniya antes, así que nos instalamos aquí. Cuando vinieron los salvadoreños... pues se hicieron cargo de Nayaf.”

Primera llamada

Hace un año, los sermones de Al Sadr eran llamados a las fuerzas multinacionales a trabajar en conjunto. Les hizo varias invitaciones, pero nadie le respondió.

Tanto el oficial de inteligencia salvadoreño como dos españoles de alto rango insistían en que quien mandaba (y era cierto) en Nayaf era el gran ayatola Alí Sistani, y recordaban una y otra vez que él simpatizaba con la coalición. Al Sadr no representaba ningún peligro... de hecho no representaba a nadie, decían. En cuanto el ayatola Sistani se cansara de sus sermones, lo pondría en su lugar.

Pero el joven clérigo comenzó a llamar a la resistencia desde su púlpito en Kufa, a reclutar a jóvenes para organizar su milicia y a coordinar el surgimiento de un aparato político-militar-religioso desde su casa en Nayaf.

Las fuerzas multinacionales, sin embargo, seguían restándole importancia. Sostenían frecuentes reuniones con la otra milicia local, llamada Badr, seguidora del clérigo asesinado Mohamed al Hakim. Pero con Al Sadr, ni los buenos días.

El mayor Joselito Cardona, uno de los principales oficiales salvadoreños en aquel primer batallón Cuscatlán y el militar que más al tanto estaba de la situación local en Nayaf, explicaba las razones: “No nos hemos reunido con la gente de Al Sadr porque no tienen estructuras formales”. Se equivocaba.

En el único encuentro que tuve con Al Sadr, coordinado por “A”, el clérigo lanzó la primera advertencia directa: las tropas hondureñas y salvadoreñas tenían que irse de Nayaf o atenerse a las consecuencias. Había pasado apenas día y medio desde un altercado en el que sus milicias y un grupo de soldados salvadoreños, todos fuertemente armados, se mantuvieron con el dedo en el gatillo y mutuamente en la mira durante casi una hora, en el momento más tenso que vivió el primer contingente salvadoreño en Iraq.

“Mis hombres no han hecho nada. Pero le advierto a los soldados salvadoreños y españoles que no continúen ligados a las fuerzas americanas”, dijo Al Sadr entonces. Era el 14 de octubre de 2003, hace casi 10 meses exactos.

Los moderados

Hablar con el ayatola Sistani es imposible. Siendo la máxima autoridad religiosa en Iraq, vive en una casa sencilla en la parte vieja de Nayaf, pero custodiada como una fortaleza. Cuando la Autoridad Provisional de Paul Bremer quería hablar con él, el anciano religioso enviaba a un representante para no “mancharse” hablando con infieles.

Selim, un traductor que oraba todo el día, logró acercarme cuanto era posible al corazón religioso de Iraq. Me consiguió una entrevista con el jeque Alí, vocero de Sistani y de todo el consejo de sabios religiosos, llamado “hauza”.

El jeque me recibió en una pequeña sala adornada sólo con una alfombra persa y unos cojines. Nada de muebles. Se mostró sereno y muy amable, pero nunca sonrió. Era una eminencia religiosa. Extraordinariamente, accedió incluso a ser fotografiado.

Del jeque Alí, vocero de los supuestos aliados chiitas de la coalición, yo esperaba una lluvia de críticas al joven Muqtada, pero me encontré con declaraciones sorprendentes. “Los salvadoreños están aquí por órdenes de Estados Unidos, no por invitación del pueblo iraquí. Le rogamos a Dios que se vayan pronto.”

Y aclaró que no hablaba a título personal, sino con la autorización de los cuatro grandes ayatolas de la hauza. Palabras duras para tratarse de los líderes moderados de los chiitas.

Me reuní una última vez con “A” pocos días después de que me negara la entrevista con Al Sadr. Estábamos en la acera, frente al café internet que yo utilizaba con frecuencia. Eran casi las 10 de la noche, y el viento presagiaba una tormenta de arena. Tras saludarnos encendimos un cigarrillo, y le pregunté cómo estaban las cosas. Me dijo que muy mal. Después de acusar a las fuerzas multinacionales de atrocidades “que sólo creíamos que pasaban con Sadam”, dijo que su gente estaba ya desesperada, y que venían días peores.

Escalada final

Abandoné Iraq el 13 de noviembre. “A” se quedó en Nayaf, junto a Muqtada y sus milicias. Y vinieron días peores.

Al Sadr marcó los dados y lanzó su apuesta. Intensificó los llamados para combatir a las tropas extranjeras, organizó multitudinarias manifestaciones y generó un caos. Ciudad Sadr estalló en llamas y los estadounidenses lanzaron una gran ofensiva para retomar el control de sus calles, destruyeron la oficina de Al Sadr en la zona, cerraron su pequeño periódico y amenazaron con capturarlo.

La violencia no tardó en trasladarse a Nayaf. Como activados por un resorte, miles de chiitas enardecidos se lanzaron a las calles a protestar por la persecución de su líder, y comenzaron los disparos. El 4 de abril, cientos de seguidores de Al Sadr llegaron a las puertas de Camp Baker, y pronto se armó un gran tiroteo. El Cuscatlán sufrió su primera baja.

En los dos meses que siguieron, la brigada Plus Ultra se desintegró con la salida de todos sus contingentes, excepto el salvadoreño. Los estadounidenses llegaron a Nayaf. El intercambio de amenazas entre Al Sadr y autoridades de la coalición no cesó con la entrega de poderes al gobierno provisional iraquí. Se recrudecieron los combates... Hasta esta semana.

Aquel joven clérigo al que nadie tomaba en cuenta se acabó convirtiendo en el mayor enemigo de las fuerzas multinacionales. Y adquirió tal poder que aun ahora, asediado, es capaz de desencadenar la peor de las pesadillas para las fuerzas ocupantes, convirtiéndose en mártir.





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