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Quedé en verme con A
el 3 de noviembre a las 8 de la noche, en un punto que convenimos cerca
de la avenida que une a Nayaf con Kufa. Era un hombre alto, muy delgado
y barbado, con un par de dientes arruinados por el lento e inmisericorde
golpe del desierto. Vestía una dishdasha blanca de tela barata
y traía en las manos, como hacen casi todos los chiitas, un abalorio
con el que nombran a Alá de 99 formas distintas. A
era mi contacto con Muqtada al Sadr y sus milicias.
Desconfiaba de mí, como desconfiaba de cualquier extranjero,
pero por alguna razón le simpatizaba, y nos reuníamos de
vez en cuando a conversar sobre la situación en Iraq. Yo llevaba
casi dos meses en Nayaf y seguía preguntándome por qué
el Ejército estadounidense y las tropas de la coalición
le daban tan poca importancia a esta ciudad sagrada.
A me recibió con un saludo muy efusivo, y pocos segundos
después le pedí que me consiguiera una entrevista con Muqtada
Al Sadr. Se rio. Eso es imposible.
Algo andaba mal, porque él mismo, unas semanas antes, me había
conseguido un primer encuentro con el clérigo. Sí,
me dijo, pero entonces no sabíamos que eras parte de la coalición.
Yo no soy parte de la coalición. Punto. Ana sahafi,
soy periodista. Y él lo sabía muy bien.
Siguió sonriendo. ¿Entonces por qué estabas
en un vehículo militar, el jueves pasado, en las orillas del Éufrates?
¿Y por qué el lunes anterior estabas en un retén
militar frente a la cementera? En ese momento supe que debía
abandonar Iraq, que mi cobertura ahí había terminado.
Intenté explicarle que, como periodista salvadoreño, la
cobertura de la labor del batallón Cuscatlán era de interés
público y que era parte de mi trabajo, como lo era hablar con él
y con los miembros de su grupo. Pero estaba claro que no conseguiría
la entrevista, y que ya me tenían fichado.
Días atrás, en un pequeño local con computadoras
desde el que enviaba despachos, dos hombres en tono muy amigable se me
acercaron a preguntarme qué hacía en Nayaf. Su curiosidad
fue tal que terminé mostrándoles la página web de
La Prensa Gráfica. Pusieron la misma cara que yo pondría
frente a un texto en árabe, y no estuvieron contentos hasta que
vieron mi foto en una de las notas. Ahora entendía por qué.
La red de Muqtada
Al Sadr tiene un ejército a su servicio, llamado El Mehdi, que
se sospecha cuenta con entre 4 mil y 10 mil combatientes, armados con
fusiles AK 47 y lanzagranadas chinos y rusos. Muchos de ellos van descalzos
porque no tienen dinero para comprar zapatos.
Cuenta además con miles de colaboradores e informantes en Nayaf
y Kufa, que son sus ojos y sus oídos. Maneja uno de los principales
barrios de Bagdad, llamado Ciudad Sadr, que ha sido centro de constantes
combates con las fuerzas estadounidenses y tiene una gran presencia de
seguidores en otras ciudades iraquíes.
Es en realidad un sofisticado cuerpo de inteligencia, para el que es
muy sencillo dar seguimiento a los movimientos de las tropas salvadoreñas
en la ciudad o, para el caso, al único periodista extranjero en
Nayaf... o sea yo. Y, al contrario de lo que pensaban por aquel entonces
las fuerzas de ocupación, el joven clérigo no estaba jugando.
Desde que llegué, comencé a preguntar por Al Sadr a los
oficiales salvadoreños. Nadie lo tomaba en serio. Está
muy joven, y le gusta gritar un poco. No representa ningún peligro,
me dijo uno. Esta es una ciudad muy tranquila, por eso nos mandaron
acá.
Pero las características de Nayaf daban cuenta de un lugar muy
distinto: es la ciudad más sagrada del mundo para los chiitas,
que componen la mayoría de la población iraquí y
que están, además, resentidos con Estados Unidos por sentir
que los abandonó a su suerte, en manos de Sadam Husein, en la primera
Guerra del Golfo.
En la mezquita de la ciudad está enterrado el fundador de esta
rama del islam, el imán Alí, venerado como el heredero de
Mahoma. Las autoridades religiosas tienen el poder absoluto sobre los
chiitas, la población más fundamentalista del país.
Aquí fue donde, durante los primeros días de la invasión,
una unidad élite del Ejército estadounidense terminó
de rodillas y con las manos arriba ante una multitud enardecida frente
a la mezquita. Y este fue también el primer lugar en el que las
tropas estadounidenses sufrieron un atentado suicida.
Con estas señales, Nayaf parecía ser, al menos, la segunda
ciudad políticamente más importante de Iraq, y una de las
más complejas. Pero por alguna razón nadie en los círculos
de decisión de la coalición lo vio así.
En junio de 2003, cuando el viceministro de Defensa español visitó
El Salvador, Honduras y República Dominicana para confirmar el
envío de tropas a Iraq, describió Nayaf: Se trata
de un lugar interesante desde el punto de vista cultural y económico
(...), y no especialmente conflictivo.
Con la llegada de la División Multinacional, la ciudad quedó
completamente a cargo de los dos batallones con menor rango en toda la
jerarquía militar de la coalición, y con menos recursos:
el hondureño, para custodiar el norte, y el salvadoreño,
a cargo del sur de Nayaf y de Kufa. Entre los territorios asignados a
ambos está la zona sagrada, custodiada por milicianos chiitas,
a la que las tropas tienen, o tenían, prohibido el acceso.
En el orden de mando, el Xatruch hondureño y el Cuscatlán
recibían órdenes de las tropas españolas en Diwaniya,
sede de la brigada Plus Ultra, que a su vez reportaba a los polacos en
Babilonia, sede de la División Multinacional, bajo la autoridad
final del comando estadounidense en Bagdad.
Si bien el contingente español tenía apostados en Camp
Baker a cuatro de sus mejores espías (como se supo después,
cuando fueron asesinados en una carretera), el propio comando español
seguía sin tener claro por qué se habían repartido
así las ciudades.
El general Alfredo Cardona, comandante de la brigada Plus Ultra, me
admitió en una entrevista que la importancia de Nayaf no había
sido valorada al momento de decidir la distribución de las tropas.
Creo que fue una cuestión de tiempo. Nos urgía llegar
y las tropas americanas salieron de Diwaniya antes, así que nos
instalamos aquí. Cuando vinieron los salvadoreños... pues
se hicieron cargo de Nayaf.
Primera llamada
Hace un año, los sermones de Al Sadr eran llamados a las fuerzas
multinacionales a trabajar en conjunto. Les hizo varias invitaciones,
pero nadie le respondió.
Tanto el oficial de inteligencia salvadoreño como dos españoles
de alto rango insistían en que quien mandaba (y era cierto) en
Nayaf era el gran ayatola Alí Sistani, y recordaban una y otra
vez que él simpatizaba con la coalición. Al Sadr no representaba
ningún peligro... de hecho no representaba a nadie, decían.
En cuanto el ayatola Sistani se cansara de sus sermones, lo pondría
en su lugar.
Pero el joven clérigo comenzó a llamar a la resistencia
desde su púlpito en Kufa, a reclutar a jóvenes para organizar
su milicia y a coordinar el surgimiento de un aparato político-militar-religioso
desde su casa en Nayaf.
Las fuerzas multinacionales, sin embargo, seguían restándole
importancia. Sostenían frecuentes reuniones con la otra milicia
local, llamada Badr, seguidora del clérigo asesinado Mohamed al
Hakim. Pero con Al Sadr, ni los buenos días.
El mayor Joselito Cardona, uno de los principales oficiales salvadoreños
en aquel primer batallón Cuscatlán y el militar que más
al tanto estaba de la situación local en Nayaf, explicaba las razones:
No nos hemos reunido con la gente de Al Sadr porque no tienen estructuras
formales. Se equivocaba.
En el único encuentro que tuve con Al Sadr, coordinado por A,
el clérigo lanzó la primera advertencia directa: las tropas
hondureñas y salvadoreñas tenían que irse de Nayaf
o atenerse a las consecuencias. Había pasado apenas día
y medio desde un altercado en el que sus milicias y un grupo de soldados
salvadoreños, todos fuertemente armados, se mantuvieron con el
dedo en el gatillo y mutuamente en la mira durante casi una hora, en el
momento más tenso que vivió el primer contingente salvadoreño
en Iraq.
Mis hombres no han hecho nada. Pero le advierto a los soldados
salvadoreños y españoles que no continúen ligados
a las fuerzas americanas, dijo Al Sadr entonces. Era el 14 de octubre
de 2003, hace casi 10 meses exactos.
Los moderados
Hablar con el ayatola Sistani es imposible. Siendo la máxima
autoridad religiosa en Iraq, vive en una casa sencilla en la parte vieja
de Nayaf, pero custodiada como una fortaleza. Cuando la Autoridad Provisional
de Paul Bremer quería hablar con él, el anciano religioso
enviaba a un representante para no mancharse hablando con
infieles.
Selim, un traductor que oraba todo el día, logró acercarme
cuanto era posible al corazón religioso de Iraq. Me consiguió
una entrevista con el jeque Alí, vocero de Sistani y de todo el
consejo de sabios religiosos, llamado hauza.
El jeque me recibió en una pequeña sala adornada sólo
con una alfombra persa y unos cojines. Nada de muebles. Se mostró
sereno y muy amable, pero nunca sonrió. Era una eminencia religiosa.
Extraordinariamente, accedió incluso a ser fotografiado.
Del jeque Alí, vocero de los supuestos aliados chiitas de la
coalición, yo esperaba una lluvia de críticas al joven Muqtada,
pero me encontré con declaraciones sorprendentes. Los salvadoreños
están aquí por órdenes de Estados Unidos, no por
invitación del pueblo iraquí. Le rogamos a Dios que se vayan
pronto.
Y aclaró que no hablaba a título personal, sino con la
autorización de los cuatro grandes ayatolas de la hauza. Palabras
duras para tratarse de los líderes moderados de los chiitas.
Me reuní una última vez con A pocos días
después de que me negara la entrevista con Al Sadr. Estábamos
en la acera, frente al café internet que yo utilizaba con frecuencia.
Eran casi las 10 de la noche, y el viento presagiaba una tormenta de arena.
Tras saludarnos encendimos un cigarrillo, y le pregunté cómo
estaban las cosas. Me dijo que muy mal. Después de acusar a las
fuerzas multinacionales de atrocidades que sólo creíamos
que pasaban con Sadam, dijo que su gente estaba ya desesperada,
y que venían días peores.
Escalada final
Abandoné Iraq el 13 de noviembre. A se quedó
en Nayaf, junto a Muqtada y sus milicias. Y vinieron días peores.
Al Sadr marcó los dados y lanzó su apuesta. Intensificó
los llamados para combatir a las tropas extranjeras, organizó multitudinarias
manifestaciones y generó un caos. Ciudad Sadr estalló en
llamas y los estadounidenses lanzaron una gran ofensiva para retomar el
control de sus calles, destruyeron la oficina de Al Sadr en la zona, cerraron
su pequeño periódico y amenazaron con capturarlo.
La violencia no tardó en trasladarse a Nayaf. Como activados
por un resorte, miles de chiitas enardecidos se lanzaron a las calles
a protestar por la persecución de su líder, y comenzaron
los disparos. El 4 de abril, cientos de seguidores de Al Sadr llegaron
a las puertas de Camp Baker, y pronto se armó un gran tiroteo.
El Cuscatlán sufrió su primera baja.
En los dos meses que siguieron, la brigada Plus Ultra se desintegró
con la salida de todos sus contingentes, excepto el salvadoreño.
Los estadounidenses llegaron a Nayaf. El intercambio de amenazas entre
Al Sadr y autoridades de la coalición no cesó con la entrega
de poderes al gobierno provisional iraquí. Se recrudecieron los
combates... Hasta esta semana.
Aquel joven clérigo al que nadie tomaba en cuenta se acabó
convirtiendo en el mayor enemigo de las fuerzas multinacionales. Y adquirió
tal poder que aun ahora, asediado, es capaz de desencadenar la peor de
las pesadillas para las fuerzas ocupantes, convirtiéndose en mártir.
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