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[Internacional Bosnia]
La niña del puente
Mostar Nerina Cevra, una joven que sobrevivió a la limpieza étnica ejecutada por serbios y croatas a principios de los 90, durante la guerra de Bosnia, relata once años después aquellos días de muerte, y comparte el momento de recuperación de las ilusiones que vive Mostar, una ciudad que acaba de celebrar la reconstrucción de un puente con el espíritu de quienes reedifican su historia y vuelven a encontrar su dignidad.

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La “limpieza étnica” en Bosnia


La guerra en Bosnia (1993-1996) es tan complicada de explicar como sencilla de resumir: por razones que van desde el nacionalismo hasta la búsqueda de “la raza superior”, tres pueblos que por décadas habían convivido en el mismo espacio geográfico comenzaron a aniquilarse. Serbios, croatas y musulmanes-bosnios se enfrentaron durante 43 meses en la última guerra europea.
1991: Comienzan los enfrentamientos entre croatas y serbios y la ocupación de territorios. Se dan relaciones tensas en nombre del nacionalismo.

1992: Primeras batallas entre el ejército serbio y los musulmanes en Mostar.

1993: Un reporte oficial contabiliza hasta ese momento 200,000 muertos. Se fija oficialmente el año de inicio de la guerra.

1994: Los medios de comunicación transmiten, casi en directo, las atrocidades cometidas durante la sistemática “limpieza étnica”. El término lo acuñaron los mismos croatas, para definir qué es lo que hacían. Las imágenes dantescas recordaban a la Segunda Guerra Mundial, ahora en color.

1995: Las partes en conflicto firman en Estados Unidos un acuerdo para una “paz global”.

1996: Se aminoran los enfrentamientos y las organizaciones internacionales comienzan a descubrir pruebas de los abusos cometidos.

1997-2003: Reportes de prensa hablan del constante deseo de los croatas de “separarse de los musulmanes”. Siguen los incidentes aislados de asesinatos entre unos y otros. Los croatas ponen como razón que “no hay igualdad constitucional”.

2004: Se reinaugura el puente de Mostar. Los analistas hablan de “sanar las heridas”.

Refugiada y sobreviviente. Qué palabras más horribles. Sin embargo, fui refugiada durante toda la guerra serbo-bosnia, desde 1993 hasta 1996, y ahora soy sobreviviente de un conflicto que costó la vida a cientos de miles de personas. Tengo 29 años, y mi vida quedó drásticamente dividida en el antes y el después de aquella guerra.

Me llamo Nerina Cevra, y soy una “musulmana no practicante”. Nací en Bosnia, y mi historia es la de un puente y una montañosa ciudad llamada Mostar, capital de la Herzegovina. Mi ciudad natal fue construida alrededor del “Stari most”, que significa “viejo puente”; mi nombre y mi vida antes de la guerra también giraban alrededor de aquella antigua construcción con piedras de mármol del antiguo Imperio Otomano que fue destruido en pequeños pedacitos el 9 de noviembre de 1993.

Once años después, el reciente resurgimiento del puente, reinante sobre sus escombros, me ha traído gratos recuerdos a la mente, y aprovecho para contarte mi historia.

Un nombre, una guerra

Pocas semanas después de haber sido concebida en el vientre materno, mis padres decidieron mi nombre justo sobre la plataforma del puente de Mostar, en una noche estrellada. En esa ocasión, papá y mamá bailaban al ritmo de un cantante local y su nuevo repertorio. A ambos les fascinó la tonada que luego descubrieron se titulaba “Mi Nerina”. Desde entonces, un lazo eterno me ha unido a aquella edificación y al espacio que ocupaba. Recuerdo el día en que por primera vez caminé de la mano de mi primer novio, recuerdo cómo hacíamos planes para cambiar el mundo y vivir felices para siempre. Recuerdo el puente. Fui ahí donde di mis primeros besos. De los doce puentes de la ciudad, el “Stari” era el más importante, el principal nexo entre los dos lados de la ciudad. El Viejo Puente era lugar común de encuentro entre los amigos antes de salir a disfrutar de la vida de la ciudad.

La guerra acabó con esa juventud, y el puente que por años cargó turistas y comerciantes, y que durante siglos se había insertado en las vidas de los lugareños, fue desangrándose sobre las aguas esmeraldas del río Neretva, que lo acogió con tristeza.

La última vez que lo vi en pie fue en 1992. Hacía mucho frío. “Stari” estaba cubierto de llantas por todos lados, y mi papá me explicó que estaban ahí por protección. Una de las torres que vigilaban sus extremos había sido destruida, y había marcas de las granadas que trataban de dañarlo. Sin embargo, seguía de pie, alto y orgulloso, sin ningún signo de decadencia.

Herzegovina es una región muy rocosa y seca. La solíamos llamar “la California de la antigua Yugoslavia”, pero el valle de Neretva es hogar de frutas tropicales. Tenemos kiwis que nace en el campo, duraznos, sandías, fresas, uvas. El Neretva le da vida a toda la zona. En 1993 los más afortunados, los que pudimos hacerlo, tuvimos que renunciar a esa vida y salir al grito de “sálvese quien pueda”. Los tres grupos étnicos más importantes del país se dividieron. Los serbios y los croatas abogaban por una “Gran Serbia” o una “Gran Croacia”, y empezaron a expulsar de sus invisibles límites fronterizos a quienes no fueran de su raza. Los musulmanes bosnios, atrapados entre dos fuegos, promovían una región multiétnica y multicultural. A serbios y croatas no les agradó la idea. Nos degradaron. No tienes idea.

Nos persiguieron, violaron, mataron. Nuestra ciudad fue durante toda la guerra paisaje de ruinas y sangre, de figuras humanas

esqueléticas, plataforma de odios históricos e intereses de territorio. Los croatas masacraron a mi gente. Nos tenían en condiciones deplorables, en prisiones donde no nos daban ni de comer. Nos expulsaron de la parte oeste de Mostar, donde había electricidad, agua, restaurantes y nos mandaron al este, a vivir como en una gran ratonera.

El conflicto llegó como por sorpresa para mí y para la mayoría de bosnios. Yo crecí sin saber siquiera que en Yugoslavia existían tres grupos étnicos, y nunca experimenté odio alguno. Nací en una familia musulmana, pero nunca fuimos religiosos.

De hecho, crecí en una colonia de mayoría católica y en Navidad, cuando era niña, hacía que mi mamá pusiera el arbolito, sólo porque todos mis amigos tenían uno en sus casas. Nunca tuve conciencia de que “ellos” fueran diferentes a “nosotros”. Mis padres nunca me enseñaron a diferenciar a las personas más que por la forma en que son conmigo y si son o no buenas personas. Eso es todo.

Tuve suerte. Logré escapar. Logré salir de Mostar, gracias a la ayuda de un sacerdote italiano que nos llevó a mí y a catorce niñas más como refugiadas a Italia. Unos pocos días antes de darnos cuenta de que existía esa salida, a mi mejor amiga le disparó un francotirador mientras caminaba a la par mía. Veníamos de la escuela. No la mataron porque le dispararon en la pierna. Mis padres se convencieron de que tenían que sacarme de Bosnia.

Poco después de mi partida, mi mamá se fue a Alemania. No me la pude unir porque no tenía dinero ni lugar para que yo me quedara. Permaneció sola, a la espera de poder ganar algún dinero para arreglar algún día nuestro apartamento, bombardeado durante la guerra. Mi hermano y mi padre se quedaron temporalmente en Mostar. En mayo de 1993 los enviaron a un campo de concentración por dos semanas, antes de que lograran escapar. Siguen vivos, por suerte. Mi mamá trabajó de cocinera en un hotel y los tres vivieron en sus instalaciones con otros trabajadores. Tenían un solo cuarto para los tres. Pensaron que era mejor que yo me quedara en Italia hasta que pudieran pagar un apartamento.

Todos sufrimos en nuestra propia forma. No sé qué es peor, si vivir en una cueva para protegerte de las bombas, o ser un refugiado.

Qué palabra más fea: refugiado. Significa que no perteneces al lugar en el que vives. Significa que no eres bienvenido, que te miran como si te estuvieran haciendo caridad. Alguna gente te odia y se le nota en los ojos. Otros tratan de simpatizar contigo, y sienten lástima. No sé cuál de las dos cosas es peor. Te quedas sin dignidad alguna, sin orgullo, se supone que tienes que aceptar todo lo que te den. Usualmente se deshacen de ropa vieja, de muebles viejos, hasta de medicinas que ya están vencidas, y se supone que debes tomar todo y estar agradecida, porque al fin y al cabo no tienes nada.

Lágrimas de agua dulce

Siempre recordaré el día en que supe que las bombas habían destruido mi puente. Con él caía un sueño. Era el símbolo de la unidad de dos culturas, la croata y la musulmana. Lloré. Mis amigos lloraron. Sentía como si todo el mundo se lamentara con nosotras. Hubo luto en Mostar. Estoy casi segura de que el Neretva, con sus eternas aguas verdes, también lloró.

El “Stari”. Sus piedras lisas y sus cantos afilados dejaron, entre carreras y caídas, muchas heridas en mi cuerpo. Cuando era niña, solía jugar con mis amigos a contar cuantos pasos había, a lo largo del puente, de una orilla a otra. Nunca podíamos concentrarnos lo suficiente como para pasar de quince. Fue en la primaria que aprendí que eran 99.

Al ver por primera vez sus ruinas recordé cómo nos burlábamos de una maestra cincuentona que teníamos en secundaria y que cruzaba el puente todas las mañanas. Era tan liviana como una pluma y siempre se ponía el mismo suéter de lana. Mis compañeros y yo decíamos que se ponía piedras en los bolsillos para que no se la llevara el viento.

Me acordé también de Haris Dzemat, el clavadista más famoso de la región. Cuando lo conocí tenía 26 años, pero era ya la leyenda por sus increíbles calvados en el Neretva. Sin embargo, nunca se había zambullido desde el propio puente. Nadie tiene permitido tirarse del “Stari” hasta los 18 años, y el cumplió esa edad el mismo año en el que sus piedras fueron derribadas.

Pero la competencia anual de saltos continuó, cada año, en el puente provisional, metálico, que sustituyó al “Stari”, y siguió zambulléndose, ganando y fascinando a cualquiera que lo viera.

Una vez me dijo que no había nada que deseara más que poder tirarse desde el Viejo Puente para continuar con la tradición de nuestra ciudad. Este año, hace sólo dos semanas, se unió al grupo de los clavadistas más reconocidos del mundo para lanzarse desde el nuevo “Stari”. Fue un sueño hecho realidad para él. El Nuevo Viejo Puente es un sueño hecho realidad para todo Mostar.

Son días de recuento. La guerra pasó, y el mundo ha recogido las piezas e intenta aprender la lección de cómo las diferencias pueden llevarnos a la aniquilación. Sólo en Mostar hubo 112,000 desplazados, casi la mitad de su población en 1993.

Yo fui afortunada, de una manera especial. No me di cuenta de esto hasta que logré establecerme en Estados Unidos, donde continúo viviendo. A través de esta experiencia, me convertí en una persona amable, fui capaz de realmente vivir con el consejo de mis padres: juzgar a la gente sólo por lo que está dentro de sus corazones. Perdón si esto se ha convertido en una historia triste. He estado muy llena de emoción estos días, sobre todo porque hace poco regresé a Mostar.

El mes pasado, el mundo presenció la reconstrucción del “Stari” y habló de cerrar heridas. Pero, tengo miedo de que estén pensando que el puente resolverá todos los problemas como por arte de magia. Miedo de que piensen que hará desaparecer las atrocidades y los crímenes horrendos que sucedieron a las orillas del río. Yo no sé si tendrá esta facultad, y tengo mis dudas de que todo sea tan fácil como construir puentes. Deberíamos usar el “Stari” como el inicio del futuro, no el regreso al pasado. Espero que llene nuestras expectativas. Su nueva estampa llenó las mías, tan sólo por un segundo.

 




Agua Caliente, riqueza entre montañas

   


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