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Refugiada y sobreviviente. Qué palabras más horribles.
Sin embargo, fui refugiada durante toda la guerra serbo-bosnia, desde
1993 hasta 1996, y ahora soy sobreviviente de un conflicto que costó
la vida a cientos de miles de personas. Tengo 29 años, y mi vida
quedó drásticamente dividida en el antes y el después
de aquella guerra.
Me llamo Nerina Cevra, y soy una musulmana no practicante.
Nací en Bosnia, y mi historia es la de un puente y una montañosa
ciudad llamada Mostar, capital de la Herzegovina. Mi ciudad natal fue
construida alrededor del Stari most, que significa viejo
puente; mi nombre y mi vida antes de la guerra también giraban
alrededor de aquella antigua construcción con piedras de mármol
del antiguo Imperio Otomano que fue destruido en pequeños pedacitos
el 9 de noviembre de 1993.
Once años después, el reciente resurgimiento del puente,
reinante sobre sus escombros, me ha traído gratos recuerdos a la
mente, y aprovecho para contarte mi historia.
Un nombre, una guerra
Pocas semanas después de haber sido concebida en el vientre materno,
mis padres decidieron mi nombre justo sobre la plataforma del puente de
Mostar, en una noche estrellada. En esa ocasión, papá y
mamá bailaban al ritmo de un cantante local y su nuevo repertorio.
A ambos les fascinó la tonada que luego descubrieron se titulaba
Mi Nerina. Desde entonces, un lazo eterno me ha unido a aquella
edificación y al espacio que ocupaba. Recuerdo el día en
que por primera vez caminé de la mano de mi primer novio, recuerdo
cómo hacíamos planes para cambiar el mundo y vivir felices
para siempre. Recuerdo el puente. Fui ahí donde di mis primeros
besos. De los doce puentes de la ciudad, el Stari era el más
importante, el principal nexo entre los dos lados de la ciudad. El Viejo
Puente era lugar común de encuentro entre los amigos antes de salir
a disfrutar de la vida de la ciudad.
La guerra acabó con esa juventud, y el puente que por años
cargó turistas y comerciantes, y que durante siglos se había
insertado en las vidas de los lugareños, fue desangrándose
sobre las aguas esmeraldas del río Neretva, que lo acogió
con tristeza.
La última vez que lo vi en pie fue en 1992. Hacía mucho
frío. Stari estaba cubierto de llantas por todos lados,
y mi papá me explicó que estaban ahí por protección.
Una de las torres que vigilaban sus extremos había sido destruida,
y había marcas de las granadas que trataban de dañarlo.
Sin embargo, seguía de pie, alto y orgulloso, sin ningún
signo de decadencia.
Herzegovina es una región muy rocosa y seca. La solíamos
llamar la California de la antigua Yugoslavia, pero el valle
de Neretva es hogar de frutas tropicales. Tenemos kiwis que nace en el
campo, duraznos, sandías, fresas, uvas. El Neretva le da vida a
toda la zona. En 1993 los más afortunados, los que pudimos hacerlo,
tuvimos que renunciar a esa vida y salir al grito de sálvese
quien pueda. Los tres grupos étnicos más importantes
del país se dividieron. Los serbios y los croatas abogaban por
una Gran Serbia o una Gran Croacia, y empezaron
a expulsar de sus invisibles límites fronterizos a quienes no fueran
de su raza. Los musulmanes bosnios, atrapados entre dos fuegos, promovían
una región multiétnica y multicultural. A serbios y croatas
no les agradó la idea. Nos degradaron. No tienes idea.
Nos persiguieron, violaron, mataron. Nuestra ciudad fue durante toda
la guerra paisaje de ruinas y sangre, de figuras humanas
esqueléticas, plataforma de odios históricos e intereses de
territorio. Los croatas masacraron a mi gente. Nos tenían en condiciones
deplorables, en prisiones donde no nos daban ni de comer. Nos expulsaron
de la parte oeste de Mostar, donde había electricidad, agua, restaurantes
y nos mandaron al este, a vivir como en una gran ratonera.
El conflicto llegó como por sorpresa para mí y para la
mayoría de bosnios. Yo crecí sin saber siquiera que en Yugoslavia
existían tres grupos étnicos, y nunca experimenté
odio alguno. Nací en una familia musulmana, pero nunca fuimos religiosos.
De hecho, crecí en una colonia de mayoría católica
y en Navidad, cuando era niña, hacía que mi mamá
pusiera el arbolito, sólo porque todos mis amigos tenían
uno en sus casas. Nunca tuve conciencia de que ellos fueran
diferentes a nosotros. Mis padres nunca me enseñaron
a diferenciar a las personas más que por la forma en que son conmigo
y si son o no buenas personas. Eso es todo.
Tuve suerte. Logré escapar. Logré salir de Mostar, gracias
a la ayuda de un sacerdote italiano que nos llevó a mí y
a catorce niñas más como refugiadas a Italia. Unos pocos
días antes de darnos cuenta de que existía esa salida, a
mi mejor amiga le disparó un francotirador mientras caminaba a
la par mía. Veníamos de la escuela. No la mataron porque
le dispararon en la pierna. Mis padres se convencieron de que tenían
que sacarme de Bosnia.
Poco después de mi partida, mi mamá se fue a Alemania.
No me la pude unir porque no tenía dinero ni lugar para que yo
me quedara. Permaneció sola, a la espera de poder ganar algún
dinero para arreglar algún día nuestro apartamento, bombardeado
durante la guerra. Mi hermano y mi padre se quedaron temporalmente en
Mostar. En mayo de 1993 los enviaron a un campo de concentración
por dos semanas, antes de que lograran escapar. Siguen vivos, por suerte.
Mi mamá trabajó de cocinera en un hotel y los tres vivieron
en sus instalaciones con otros trabajadores. Tenían un solo cuarto
para los tres. Pensaron que era mejor que yo me quedara en Italia hasta
que pudieran pagar un apartamento.
Todos sufrimos en nuestra propia forma. No sé qué es peor,
si vivir en una cueva para protegerte de las bombas, o ser un refugiado.
Qué palabra más fea: refugiado. Significa que no perteneces
al lugar en el que vives. Significa que no eres bienvenido, que te miran
como si te estuvieran haciendo caridad. Alguna gente te odia y se le nota
en los ojos. Otros tratan de simpatizar contigo, y sienten lástima.
No sé cuál de las dos cosas es peor. Te quedas sin dignidad
alguna, sin orgullo, se supone que tienes que aceptar todo lo que te den.
Usualmente se deshacen de ropa vieja, de muebles viejos, hasta de medicinas
que ya están vencidas, y se supone que debes tomar todo y estar
agradecida, porque al fin y al cabo no tienes nada.
Lágrimas de agua dulce
Siempre recordaré el día en que supe que las bombas habían
destruido mi puente. Con él caía un sueño. Era el
símbolo de la unidad de dos culturas, la croata y la musulmana.
Lloré. Mis amigos lloraron. Sentía como si todo el mundo
se lamentara con nosotras. Hubo luto en Mostar. Estoy casi segura de que
el Neretva, con sus eternas aguas verdes, también lloró.
El Stari. Sus piedras lisas y sus cantos afilados dejaron,
entre carreras y caídas, muchas heridas en mi cuerpo. Cuando era
niña, solía jugar con mis amigos a contar cuantos pasos
había, a lo largo del puente, de una orilla a otra. Nunca podíamos
concentrarnos lo suficiente como para pasar de quince. Fue en la primaria
que aprendí que eran 99.
Al ver por primera vez sus ruinas recordé cómo nos burlábamos
de una maestra cincuentona que teníamos en secundaria y que cruzaba
el puente todas las mañanas. Era tan liviana como una pluma y siempre
se ponía el mismo suéter de lana. Mis compañeros
y yo decíamos que se ponía piedras en los bolsillos para
que no se la llevara el viento.
Me acordé también de Haris Dzemat, el clavadista más
famoso de la región. Cuando lo conocí tenía 26 años,
pero era ya la leyenda por sus increíbles calvados en el Neretva.
Sin embargo, nunca se había zambullido desde el propio puente.
Nadie tiene permitido tirarse del Stari hasta los 18 años,
y el cumplió esa edad el mismo año en el que sus piedras
fueron derribadas.
Pero la competencia anual de saltos continuó, cada año,
en el puente provisional, metálico, que sustituyó al Stari,
y siguió zambulléndose, ganando y fascinando a cualquiera
que lo viera.
Una vez me dijo que no había nada que deseara más que
poder tirarse desde el Viejo Puente para continuar con la tradición
de nuestra ciudad. Este año, hace sólo dos semanas, se unió
al grupo de los clavadistas más reconocidos del mundo para lanzarse
desde el nuevo Stari. Fue un sueño hecho realidad para
él. El Nuevo Viejo Puente es un sueño hecho realidad para
todo Mostar.
Son días de recuento. La guerra pasó, y el mundo ha recogido
las piezas e intenta aprender la lección de cómo las diferencias
pueden llevarnos a la aniquilación. Sólo en Mostar hubo
112,000 desplazados, casi la mitad de su población en 1993.
Yo fui afortunada, de una manera especial. No me di cuenta de esto hasta
que logré establecerme en Estados Unidos, donde continúo
viviendo. A través de esta experiencia, me convertí en una
persona amable, fui capaz de realmente vivir con el consejo de mis padres:
juzgar a la gente sólo por lo que está dentro de sus corazones.
Perdón si esto se ha convertido en una historia triste. He estado
muy llena de emoción estos días, sobre todo porque hace
poco regresé a Mostar.
El mes pasado, el mundo presenció la reconstrucción del
Stari y habló de cerrar heridas. Pero, tengo miedo
de que estén pensando que el puente resolverá todos los
problemas como por arte de magia. Miedo de que piensen que hará
desaparecer las atrocidades y los crímenes horrendos que sucedieron
a las orillas del río. Yo no sé si tendrá esta facultad,
y tengo mis dudas de que todo sea tan fácil como construir puentes.
Deberíamos usar el Stari como el inicio del futuro,
no el regreso al pasado. Espero que llene nuestras expectativas. Su nueva
estampa llenó las mías, tan sólo por un segundo.
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