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Por casi un tercio de siglo he sido empresario independiente, pequeño primero y casi mediano ahora. Como nada heredé me tocó empezar de cero y trabajar muy duro al inicio. Tuve que hacerlo todo, con el privilegio de conocer los detalles de la producción.
Lo anterior me da respaldo para expresar lo que ahora relaciono históricamente. Puedo afirmar que hoy producir es mucho más difícil que antes, incluso comparando lo actual con los duros años del conflicto armado, que ya es bastante decir.
Hace 25 años se invertían 100 unidades de dinero, se aplicaban 100 de esfuerzo y se exponían 100 de riesgos para tener una utilidad de 10; ahora, para lograr esa misma utilidad debemos invertir 300 unidades de dinero, 200 de esfuerzo y los riesgos son mayores de 400.
La vivienda que en los 70 valía 30,000 colones ahora su valor, a condiciones de entonces, excede los 900,000 colones. Estas simplistas expresiones explican por qué ahora los jóvenes matrimonios sólo pueden comprar una vivienda adecuada si tienen ayuda de los padres.
Un análisis
más profundo de tal situación nos llevaría a conclusiones
muy complejas que exceden mi capacidad, pero voy a detallar algo relacionado
con una reubicada industria local que conozco muy de cerca y que es buena
referencia para ilustrarnos con criterios de realidad en cuanto a la competencia
internacional, incluso a la regional, que tienen que ver con aspectos elementales,
pero con incidencia económica determinante.
En tal empresa el agua es un servicio deficiente y hubo que construir tres cisternas con capacidad suficiente para las necesidades. Ello obligó a adquirir y operar un sistema hidroneumático que alimente la red de producción y todos los requerimientos. Como el agua de cisterna se vuelve pesada, hubo que adquirir un equipo para suavizarla. Por la salud del personal se compra agua purificada a 88 centavos de colón el litro.
La energía
eléctrica oscila mucho en voltaje, aun teniendo subestación
propia, lo que obliga a instalar estabilizadores para los equipos delicados.
Como hay suspensiones frecuentes de energía, y los procesos no pueden interrumpirse, debió adquirirse una planta eléctrica auxiliar, cuya operación resulta costosa, sobre todo ahora con el precio del diésel.
En algunos procesos sofisticados de la producción —debido a que el aire es altamente sucio— se instaló un sistema oneroso para eliminar impurezas y disponer del ambiente limpio indispensable.
Como la temperatura ambiente es muy alta se instaló un sistema aeroacondicionador industrial. Todo ello genera una alta inversión inicial y elevado costo operativo.
Para que los furgones
con materia prima puedan llegar a la fábrica hay que enviar un pelotón
con no menos de seis hombres armados para escolta desde Puerto Barrios a
San Salvador. Igual protección necesitan los vehículos que
llevan los productos a las bodegas de los compradores.
La falta de espacio —y no los casos puntuales— me obliga a suspender aquí la enumeración de condiciones adversas. Todo lo descrito, que a cualquier empresario le suena harto conocido, tiene incidencia en algo básico para la industria: el alto costo del producto, que limita o hace imposible la competitividad.
Al costear todos los
desembolsos generados por deficiencias de los insumos externos y del ambiente,
de la inseguridad y de las fallas humanas por diversos motivos, así
como de otras variables fuera de control, se tiene un producto que cuesta
cerca de 45% más de lo que costaría si se produjera en otro
país de la región, Costa Rica por ejemplo, que con la mitad
de nuestra población ha llegado a tener hasta siete veces más
inversión anual que nuestro país.
¿Qué opinan de esta realidad los apologistas de la competencia internacional?
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