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Sobre la mediocridad no cabe duda. Las interrogantes las pongo por lo de atrapados, porque siempre es bueno conservar un poco de esperanza. Pero ya han corrido varias décadas en las que nuestro fútbol sólo ha mostrado pequeñas y fugaces mejorías. Permanecemos en las tinieblas de la caverna de Platón, convencidos de que las sombras son la realidad, y cada cuatro años, con ocasión de las eliminatorias para los mundiales, nos vemos forzados a salir y a soportar la luz de la verdad. Nada nuevo bajo ese sol tan deslumbrante.
Este día comienza un nuevo ciclo.
Nos medimos frente a Panamá y el compromiso se nos presenta como un gran desafío. Pensemos en lo que esto significa. Nos vemos en apuros frente a un país que hasta hace pocos años apenas conocía la palabra fútbol y al que debiéramos poder superar holgadamente. Pero, lejos de eso, estamos “socando”, como siempre, y nos daremos por bien servidos con una apretada victoria. Ni pensar en lo que sucedería si, arañando, lográramos la oportunidad de medirnos con los grandes.
Y entre los grandes se encuentran ya otros países que también empezaron mucho más tarde que nosotros a patear el balón. ¿Cómo se explica y por qué habría de preocuparnos un estancamiento tan prolongado? El tema merece atención porque el fútbol es un elemento importante en nuestra cultura. La selección nacional es una de las pocas cosas que nos despierta el sentido de unidad e identidad nacional. Es también una ventana al mundo, una oportunidad para darnos a conocer como país exitoso, o una ocasión más para acentuar la imagen de país irrelevante.
Pero hay otra razón por la que debemos poner atención al estancamiento futbolístico. Sus causas son las mismas que las de nuestra mediocridad en otros ámbitos de la historia y de la vida nacional. Es muy fácil echarle el muerto al técnico de turno, pero aunque algunos lo sean, los técnicos no pueden ser todos tan malos todo el tiempo. Debe haber algo más que no queremos aceptar ni corregir.
Uno de los problemas de fondo radica en la institucionalidad y, de manera muy particular, en la legislación que establece los criterios y mecanismos para elegir y pedir cuentas a los integrantes de la federación. La FIFA, por su parte, impone normas que pueden tener validez en países con niveles elevados de desarrollo cultural e institucional, pero son contraproducentes en países en los que las ligas nacionales no cuentan con verdaderos clubes ni con verdaderos dirigentes.
Como resultado de lo anterior y habida cuenta de unas po- cas excepciones, a la federación sólo lle- gan personas provenientes de ese mundillo de corrupción, oportunismo y falta de visión al que la misma federación debiera transformar.
La prensa deportiva tiene también una parte importante de responsabilidad. Hay poco pensamiento crítico, poco entendimiento de las relaciones entre el deporte y otros aspectos de la vida nacional, poco señalamiento de las deficiencias en la conducción del deporte organizado.
Pero no sólo eso. La prensa está siempre elevando expectativas sin fundamento en la realidad, dando tratamiento de héroes a jugadores que no tienen otro mérito que el de jugar a ratos medio bien. Sin darse cuenta, la prensa establece y legitima la mediocridad como estándar de rendimiento deportivo, con lo cual contribuye a frenar cualquier voluntad de superación.
Esta última observación me lleva a la dimensión personal de la mediocridad colectiva. Tenemos bastantes jugadores que no prestan ganas para endiosarse. Les basta con un poquito de la desmedida atención que les da la prensa. Desde su pedestal, resienten la crítica y se resisten a las exigencias que tratan de imponer los entrenadores.
En la preparación de los deportistas no se le ha dado la debida importancia a los aspectos psicológicos, a la inteligencia que hace falta para entender la lógica del juego, a la humildad necesaria para reconocer errores y aceptar orientaciones, a la disciplina que se requiere para esforzarse, al compañerismo y a la capacidad para trabajar en equipo, a la madurez emocional para manejar las presiones, los elogios y las adversidades.
No se puede ser en la cancha lo que no se es fuera de ella. Hay genios, como el Mágico, Pelé, Maradona y Ronaldinho. Pero el resto de jugadores que alcanzan la excelencia lo hacen con esfuerzo, disciplina, buenos hábitos y actitudes positivas. En nuestra historia deportiva, no es casual que se hayan destacado jugadores como Pipo, la Chelona, el Pájaro y Mauricio Cienfuegos. Su ejemplo es nuestra esperanza para superar la mediocridad.
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