En El Salvador conocimos “el flujo musical de voces y contravoces que con extraordinario entusiasmo lingüístico revelan lo absurdo de los clichés de la sociedad y su poder subyugante” que describe el jurado de la Academia Sueca, a través de la versión cinematográfica de “La
profesora de piano”, una de sus impúdicas novelas.
Elfriede Jelinek nació el 20 de octubre de 1946 en Estiria. Estudió teatro, música e historia del arte en Viena. Es miembro del Partido Comunista de Austria. Su obra abarca poesía, nueve novelas, más de 15 obras de teatro, guiones para radio y ensayos.
Sexualidad y nazismo
Desde sus primeras novelas —“Wir sind lockvoegel, baby!” (1970) y “Die liebhaberinnen” (1975)— se presentó como libre defensora de la literatura con firma de mujeres. La sexualidad femenina y la lucha de los sexos han sido materia prima.
Sus herramientas lingüísticas vienen de la jerga obscena —de la calle y de la cama— para hacer geniales parodias a partir de los hábitos más triviales del consumismo actual.
Con su novela “La profesora de piano” (1983) y obras de teatro como “Raststaette oder si machen’s alle” (1994), Jelinek hace alarde de una pluma docta en las obscenidades de incuestionable valor literario. En esta línea, el clímax llegó con “Lust” (1989).
Como una virtuosa pianista, mientras con la mano derecha toca la sexualidad, con la mano izquierda toca la política. Su postura ideológica la convirtió en blanco de la derecha y la prensa sensacionalista.
Sus bajos hacen resonar el manejo del pasado nacionalsocialista en su novela “Die kinder der toten”, en la que desmiente a Austria como víctima de la invasión alemana nazi y la denuncia por la persecución de judíos y de quienes pensaban de manera diferente.
Jelinek es la dramaturga austriaca contemporánea más representada en los últimos años y ha recibido, entre otros galardones, los premios al mejor dramaturgo de Muelheim, el George Buechner, el del Teatro de Berlín y el Heinrich Boell, de la ciudad de Colonia.
Ahora un sorpresivo Nobel. Se esperaba que este año fuera para una mujer, pero el nombre de Jelinek no figuraba entre las favoritas. Aunque, seguramente, al ver sus temas y su acera política, Borges volvería a sonreir sarcástico y resignado.