Este año le agregaron teatro independiente, eso la enriqueció, pero al mismo tiempo marcó la diferencia, ya existente per sé en un festival y sus participantes, con los universitarios. Sin embargo, el público obligado no asistió, y no por los horarios, sino por indolencia e ignorancia, me refiero al de las universidades.
En medio de estudiantes tomando café, platicando, perdiendo el tiempo, comiendo comida chatarra, comprando bisutería o haciendo nada, sin orientación de los docentes; las salas vacías resintieron su obligada asistencia.
Es una prueba más de que el público no existe en la medida de las oferta de los espectáculos; independientemente de las calidades, los festivales de este tipo merecen los apoyos tradicionales necesarios. En este caso se necesitó el de las universidades, no sólo por ser estudiantil, sino porque esa es su obligación.
La comunidad teatral no se vio, como en otros eventos similares. Ellos se lo perdieron, porque si bien hubo trabajos muy menores, incluso malos, los buenos también hicieron acto de presencia, un par de ellos hasta superiores a los presentados en otros festivales: la maestría del grupo argentino Teatro Independiente Mercedes (TIM) fue lo mejor del sector de los independientes, muy profesionales y conocedores. El Salvador se vio digno, aunque con reparos, con el grupo Tiempos Nuevo Teatro (TNT).
Pero el festival nació universitario y no ha perdido dicho significado. Por eso los grupos de este apartado también tuvieron buen nivel, tal es el caso de la Universidad Americana de Nicaragua, con una muy notable puesta en escena de “La edad de la ciruela”, de Arístides Vargas, buenas actrices y adecuado uso del espacio. La Universidad de Costa Rica presentó un antimachista montaje con “Divinidad pájara”, de Formenchuk, sin pretensiones y bien actuada. El Salvador dio cara con “El sueño de un ángel”, de la Universidad de El Salvador; les falta mejorar la dicción y el movimiento corporal, pero es una propuesta con agradable plasticidad y buenas luces, en conjunto la hacen bastante decente.
Pero algo maravilloso sucedió: el monólogo “Ojalá”, llegado de México y actuado por un actor parapléjico, sentó cátedra de actuación y talento, además de una lección de vida a tanto quejoso.
Y pensar que los universitarios —alumnos, docentes, autoridades– no tienen padecimientos en su mayoría, pero con su actitud frente a este digno festival parecería que al menos están en síndrome.
¿Cuándo va a crecer el público de las artes si esta vez ni los de siempre asistieron?