Oliver Sacks, autor de numerosos libros que van desde Diario de Oaxaca hasta El hombre que confundía a su esposa con un sombrero, es un distinguido neurólogo que, por decirlo de alguna manera, se especializa en lo paradójico y lo insólito. Sus
pacientes, afirmó en una ocasión, son una especie de viajeros a tierras inimaginables.
Uno de ellos, cuyo caso abordó hace unos dos años en The New Yorker, era una pianista que, aparentemente debido a un proceso degenerativo, perdió la habilidad de decodificar textos y más tarde se volvió incapaz de reconocer objetos comunes
y corrientes. Vino entonces a depender de su memoria musical, que se volvió prodigiosa, y aprendió a orientarse por la posición, la textura y el sonido de las cosas.
En Un antropólogo en Marte, un libro que aborda lo que él llama el potencial creativo de las enfermedades, Sacks relata siete historias fascinantes que revelan la prodigiosa adaptabilidad del cerebro para responder a percances como la ceguera repentina o el síndrome
de Tourette.
Una de mis favoritas es El caso del pintor que no podía distinguir los colores. Después de un accidente automovilístico, el artista I. describe el cambio, trágico para él, en una carta al neurólogo. Mi perro café se ve gris oscuro.
El jugo de tomate es negro. La televisión a color es un remolote.
En compensación, I. adquirió vista de águila: podía distinguir un gusano arrastrarse a una cuadra de distancia o mirar gente a 800 metros de donde se encontraba.
Una vez que se convenció de que nunca iba a recuperar la facultad perdida, empezó a avenirse a sus descoloridas circunstancias.
Poco a poco se convirtió en una persona nocturna y le dio por explorar distintas ciudades, siempre al caer la tarde.
Empezó a trabajar de noche y su nueva visión le abrió un campo nuevo, un mundo de formas puras, no corrompido por el color.