En ocasiones el ser humano se comporta de manera cruel y bestial, a veces contra sí mismo y otras, las muchas, contra la naturaleza, particularmente con los animales.
De la salvaje lidia de toros, las peleas de gallos y perros, a la utilización de animales para trabajos fuertes.
Los bueyes han sido símbolos de estos últimos. Cada día se ven menos; el progreso que las carreteras y los vehículos de motor trajeron los favoreció. Muchos yugos hoy sólo decoran; pocos saben del dolor de los bueyes.
El yugo los obliga a actuar en pareja. Los inmoviliza parcialmente. Impide sus movimientos naturales. En la cabeza reciben los golpes de las ruedas cuando tropiezan con piedras, caen en hoyos o lodazales. Envejecen pronto, el matadero es el final.
Hay veces que perecen en barrancas, en crecidas de ríos, en accidentes que no salen en los diarios. Se les puya para guiarlos y se les golpea igual que a los otros mártires de la carga: los caballos y los burros.
Imagino el alivio que sienten al final de la jornada; se les quitan los yugos y se les da de beber agua, porque no les dan mientras trabajan, dicen que dejan de hacerlo con eficiencia.
Todavía ayudan a arar la tierra; la poca que se cultiva artesanalmente en El Salvador. Alfredo Espino lo vio. Su poema a los ojos de los bueyes no sólo es emotivo y hasta hermoso, es lamento también: “Pensar cómo siendo tan tristes, nunca pueden llorar”.
Cuando fui niño me entristecía ver el maltrato de que eran objeto. Al preguntar a los adultos me respondían: “No te preocupés, no sienten, son sólo animales, para eso existen”. No lo creí entonces, sigo sin creerlo.