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Los trucos de míster “Fahrenheit 9/11”

Héctor Silva Ávalos

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Michael Moore, el director de “Fahrenheit 9/11”, conoce muy bien su oficio. El asunto es cuál es su oficio. ¿Documentalista o propagandista?

Su más reciente filme, que ya dio la vuelta al mundo y se subió al podio en Cannes, tiene un poder de sugestión que es innegable.

Con las técnicas cinematográficas que ya hizo habituales, Moore ha montado una cinta de dos horas sobre su particular visión de la guerra en Iraq y de las maniobras oscuras que él atribuye a la administración Bush en el asunto.

El señor Moore ha vendido el producto como un documental —bajo esa categoría ha sido premiado—, aunque él se llama a sí mismo filmaker (creador de películas es la traducción literal al castellano).

La diferencia es importante. No tengo ninguna duda de que Moore es un creador de películas muy bueno. No estoy tan seguro de que sea un buen documentalista.

“Fahrenheit 9/11” es, me parece, un excelente ejercicio de propaganda política que utiliza con mucho tino las mejores técnicas del documental cinematográfico.

El mismo cineasta ha admitido que su obra está cargada de intenciones que él denomina de “denuncia social”, tanto el caso de “Fahrenheit” como en el de “Bowling for Columbine”, su anterior producción —que le valió un Oscar.

En el caso de “Bowling”, la prensa europea cuestionó la exactitud de algunos datos en que el cineasta basó su discurso visual. El mismo reproche han recibido algunas líneas de “Fahrenheit”.

Pero Michael Moore siempre ha sido claro cuando ha hablado sobre la intención de su último filme: tratar de que los estadounidenses no reelijan a George W. Bush.

De hecho, deja clara esa idea en el prólogo de “Fahrenheit 9/11”.

No creo que sea pecado utilizar el cine para transmitir una idea política o una postura ideológica (Leni Riefenstal o el Sistema Venceremos fueron hitos en su momento al hacerlo).

Lo que no me gusta es que se llame documental a algo que no lo es. Porque lo de Michael Moore es propaganda: uso de la herramienta para defender o atacar un discurso político en forma explícita, según la definición más purista.

El documental es más sobrio, más neutro, más periodístico si se quiere; es un producto donde la imagen se casa con el dato para contar una historia verificable. Es algo menos truculento, aunque no más aburrido.

Se puede o no estar de acuerdo con las posturas de Michael Moore.

Se puede o no creer que George W. Bush se ha beneficiado de la guerra en Iraq.

Se puede o no comprar que el presidente de los Estados Unidos le ha mentido a su gente y al mundo para declarar su guerra particular.

Lo que no me parece honesto es que para decir eso se utilice el buen nombre del documental y se pretenda que este cineasta ha reinventado el género.

En fin, que para ver un buen documental sigue siendo mejor Discovery Channel.

Lo que no quita

El mal uso del concepto, sin embargo, no quita que “Fahrenheit 9/11” tiene muchos méritos técnicos, porque, como dije arriba, Michael Moore conoce muy bien su oficio como propagandista.

Su discurso tiene una gran fuerza visual en algunos tramos porque, precisamente, utiliza bastante bien las técnicas que dan fuerza al documental.

Las entrevistas con soldados estadounidenses en Iraq tienen mucha potencia. O el seguimiento que el director hace a una madre que ha perdido a su hijo en Kerbala y viaja hasta la Casa Blanca para pedir explicaciones. Sí, hay chispa.

Al final, sin embargo, me parece que Moore empieza a repetirse a sí mismo con la técnica: narración en primera persona, presencia constante ante cámara y efecto sonoro altisonante.

“Fahrenheit 9/11” no es un documental. Lo siento.



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