¿Adónde van a parar los valores? Es legítimo que la UNESCO, en su condición de organización que se esfuerza por arraigar valores de paz en la mente de los hombres, plantee esta pregunta en un momento en que el mundo parece atravesar por una crisis de valores sin precedentes.
Entre la impresión bastante extendida de que ya no hay valores, por un lado, y el retorno al “orden moral” que algunos esgrimen como una amenaza aquí y allá, por otro lado, todavía queda espacio para proceder a un análisis prospectivo. En una obra, que se acaba de publicar en francés bajo la dirección de Jérôme Bindé con el título ¿Adónde van a parar los valores? (Albin Michel/Ediciones UNESCO) y que consta de cincuenta ponencias de autores eminentes presentadas en los Coloquios del Siglo XXI organizados por la UNESCO, se proponen varios temas de reflexión sobre este particular. En efecto, los valores perduran realmente, aunque no presenten la misma faz que antaño. Es muy posible, además, que en la historia de la humanidad no haya habido nunca tantos valores como hoy en día, porque uno de los efectos más notables de la mundialización ha sido el de revelar la extraordinaria pluralidad de valores y culturas existentes en nuestro mundo.
Para abrir el debate sobre este tema, desearía plantear algunas preguntas insoslayables:
¿Se puede hablar de un “crepúsculo de los valores”? Preguntarse si afirmar de entrada que los valores están en decadencia no equivale a olvidar que en muchas regiones del mundo las raíces tradicionales siguen sirviendo de base a referencias aparentemente estables, a partir de las cuales se organiza la vida en sociedad y se elabora el sentido de la existencia personal de los individuos. Desde este punto de vista, se podría decir que la crisis de los valores no es universal. De ahí que la pregunta que debería plantearse en algunos países no sea tanto “¿adónde van a parar los valores?”, sino más bien “¿adónde van a parar ‘nuestros' valores’?” Todas las culturas son iguales en dignidad y en cada una de ellas se plasma realmente una imagen concreta de la totalidad humana. Todas las culturas deben ser respetadas, aunque esto no significa en modo alguno que se deba permitir cualquier clase de actos o justificar todo tipo de crímenes en nombre de la diversidad cultural.
Si hoy en día todos los valores coexisten, cabe preguntarse si vamos a presenciar una colisión entre un mundo que se construye sobre la base del rechazo de los valores ancestrales y otro mundo que se niega a aceptar ese rechazo, que provoca lo que podríamos llamar un “choque entre los valores”. También podemos preguntarnos si, por el contrario, no vamos a presenciar un mestizaje o hibridación de los valores. Podemos responder a estos interrogantes al señalar que dentro de cada cultura hay individuos y grupos que distinguen lo justo de lo injusto y que, por lo tanto, efectúan evaluaciones. Esto significa que los valores evolucionan, que pueden elaborarse en común y que pueden ser objeto de debates y contratos entre protagonistas muy diferentes a veces. Hoy en día, se plantea el reto de que una gran parte de la labor ética debe hacerse a escala de una comunidad mundial y de que la nueva orientación ética tiene que basarse en la noción del diálogo entre las culturas. Ese diálogo se basaría en la idea de que todas las culturas deben respetarse, mientras que los valores pueden ser objeto de una evaluación conjunta. En estas condiciones, se podría prever que el futuro de los valores consistiría en una hibridación de la que surgirían nuevas síntesis como resultado del encuentro de pluralismos antiguos y actuales.
No obstante, incluso si esta hipótesis resultara cierta, podemos temer que los valores sean objeto de un juego especulativo.
También podemos preguntarnos sobre las consecuencias de las posibles evoluciones de los valores religiosos y espirituales, así como de la pujanza de nuevos valores políticos. En efecto, mientras que la democracia representativa da la impresión de estar en crisis en muchos países, la democracia asociativa se halla en pleno auge. Hay que preguntarse de qué valores son portadoras las nuevas redes de afinidad, alianza y comunicación que están surgiendo. Este es el reto que se plantea al diálogo entre las civilizaciones y las culturas, que debemos fomentar a toda costa para evitar el ensimismamiento de las comunidades humanas del que tan a menudo han brotado malentendidos y conflictos.
También debemos estar vigilantes para evitar dos peligros: la erosión de la diversidad cultural y el aumento de las desigualdades. Sobre el futuro de los valores pesa dramáticamente la enorme asimetría que se da en nuestro mundo actual, donde las tres cuartas partes de la humanidad se ven privadas del acceso al saber y donde millones de seres humanos son víctimas de las desigualdades generadas por la extrema pobreza.
En nuestra época de mundialización y auge de las nuevas tecnologías, el nuevo reto que se va a plantear es el de la preservación de la diversidad cultural. Hoy en día, todavía se hablan unas 6,000 lenguas en el mundo, pero es posible que su número se reduzca a la mitad de aquí a finales del siglo XXI. Un riesgo idéntico amenaza al patrimonio cultural e inmaterial, que debemos tratar de conocer mejor a fin de preservarlo en calidad de bien común del conjunto de la humanidad. Ante la erosión de la diversidad cultural, nuestro deber es elaborar una ética de la responsabilidad a fin de garantizar a todas las culturas condiciones viables para su existencia y su transmisión a las generaciones venideras.
La pérdida de sentido quizás sea solamente una ilusión. Sería necesario hablar más bien de desplazamiento de sentidos y de creación de nuevos sentidos. Atrevámonos a apostar por el futuro: ¿Por qué no han de ser el saber y su difusión los que logren echar los nuevos cimientos de los valores que todos anhelamos? En efecto, el saber consiste esencialmente en crear, renovar e intercambiar. Es evidente que en las sociedades del conocimiento que están surgiendo no van a faltarnos valores, sino todo lo contrario. Nuestro problema no va ser el de su pérdida, sino el de la elección entre una multiplicidad de ellos. La vocación de la UNESCO es suscitar y propiciar debates sobre todas estas cuestiones para poder redefinir los valores del mañana y preverlos. Plantear la pregunta “¿Adónde van a parar los valores?” responde fielmente a esa vocación.