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Juego de presiones
V: Desamores que rondan

Francisco Andrés Escobar
Columnista de LA PRENSA GRÁFICA



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Desperté después de una prolongada inmersión en el letargo. Sentí dolores y punzadas. Los vestigios de los líquidos que me habían inyectado no se habían desvanecido del todo. Padecía secretas oleadas internas. Y marismas continuas de frío y ardor me llevaban hasta los lindes del hielo y la fiebre. Uno de mis ojos, hinchado hasta la exageración, me impedía ver bien mi cárcel de oscuranas. Quise gemir, pero tuve miedo. En derredor aún había penumbras, soledad, silencio.

Cuando los ramalazos de una claridad matinal aún incompleta se adentraron en mi cautiverio, me sentí renacido, a pesar del quebranto. El sonido de unos pasos me llenaron de consuelo. Pero la realidad siempre fue más brutal que mis ilusiones. Cuando la puerta se abrió y la amiga de mi madre, con toda la fuerza de una visión malévola, apareció ante mí, supe que principiaba otro mal día.

Mis nervios y mi corazón rechazaron su presencia. Un pálpito me dijo que sus ojos rasgados, su boca pintarrajeada y su vestido estrafalario ocultaban intenciones malignas. Mi madre se hizo presente, a su espalda. Sentí una oleada de amor; pero se me hizo frío cuando me cercioré de su mirada perdida, indiferente. Estaba ebria, abotagada. Su aliento era pesado; sus pasos, oscilantes. Se apoyó en la otra mujer, le ensalivó la mejilla; y ambas se acercaron a mirarme.

Fingí dormir; pero tenía hambre. Sentía sed. Tenía escaldadas la boca y la garganta. Me ardía el estómago. Y aunque mi voluntad se esforzara por atajar los reclamos, mi cuerpo buscaba modos para subsistir. Hubiera dado no sé qué por un poco de compasión. A veces, uno de niño no llora por capricho. Eso no lo entienden muchos mayores. A veces, uno llora porque el cuerpo se rebela cuando peligran las posibilidades de vida. Surgen entonces movimientos y gritos que cesan solo cuando llega la salvación. Pero muchos no comprenden. Por eso lo maltratan a uno. No se esfuerzan en interpretar los signos de un cuerpo pequeño que, movido por la fuerza de la conservación, busca modos para no sucumbir.

Mi madre y su compañera no eran excepciones en esta ceguera. Ellas, además, agregaban suplicios. Muchas madres, cuando no pueden comprender, miman, acarician, se afligen y hasta lloran cuando no pueden entender lo que pasa. Mi madre y su amiga no. Ellas, al oír mis gritos, se abandonaron a la furia y me aturdieron a golpes. Allí tuve la certeza definitiva de que me odiaban.

Los ojos desorbitados de las dos, sus gritos, sus babas y sus golpes me llevaron al temblor. Nunca había temblado; pero esa vez conocí el terror absoluto. Esa vez entendí que los miedos más tenebrosos de la infancia no provienen de fantasmas etéreos que nos buscan, sino de los desamores que nos rondan.

Saciado su encono, las dos se marcharon. Me dolió el alma cuando vi salir a mi mamá. Lacerado casi hasta la expiración, quedé sumido en daños atroces y en sombras. Cuando pasado no sé qué tiempo la fiebre me cubrió, fui cayendo en una benéfica inconsciencia. Unas ratas musitaban en los rincones vecinos. Mientras, el final de mi vida se acercaba, inexorable. (Seguirá)



Agua Caliente, riqueza entre montañas

   


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