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Juego de presiones
Noche de luces en el Cine América

David Escobar Galindo
Columnista de LA PRENSA GRÁFICA



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La muerte muy reciente, a los 82 años, de María Antonieta Pons, la rumbera cubana que protagonizara en México tantas películas desde los años cuarenta hasta los sesenta, vuelve a recordarnos que las épocas se extinguen con las vidas de sus protagonistas. María Antonieta Pons compartió aquellos escenarios a la vez ingenuos y libertinos, de rufianes y cabareteras, de danzones sinuosos y boleros sedantes, de guarachas rumbosas y mambos exaltados, con otras figuras como Amalia Aguilar, Ninón Sevilla, Meche Barba y Rosa Carmina.

Eran los tiempos en que la fantasía más socorrida era la del pecado carnal, que en los reiterativos argumentos no se atrevía a ir más allá de una insinuante sordidez. Algunas de aquellas inefables películas se llamaban “Trotacalles”, “Cortesana”, “Si fuera una cualquiera”, y así por el estilo. Pero la Pons, cuyo primer marido fue el truculento cineasta Juan Orol, también hizo papeles de ingenua, como el de “Viva mi desgracia”, con el incomparable Pedro Infante.

Siendo tan pacífica la vida provinciana de nuestra capital, que los abuelos calificaban sin ironía como “el París de Centro América”, un niño de muy pocos años, como era yo por aquellos entonces, podía desplazarse sin ningún riesgo en la ruta de los espacios cerrados donde la fantasía se desbordaba en imágenes. Ocho eran las salas disponibles: Apolo, Nacional, Principal, Popular, Follies, América, Roxy y Cinelandia. Éste último, ubicado a media cuadra del Parque Centenario, tenía la peculiaridad de estar especializado en cine europeo, con énfasis en películas “prohibidas para menores”. Y de inmediato se agregaron el Regis y el París.

Salvo el Nacional, que ha vuelto a ser teatro, como era su vocación natural, los cines mecionados fueron despareciendo. El Apolo era el de postín. El Popular, ubicado en la esquina sureste opuesta al Parque Libertad, correspondía a su nombre. La galería del Popular era un graderío de madera. En el centro, un conjunto de rústicas butacas apiñadas. Los cines que yo más frecuentaba eran el Principal, el Popular y el América, éste ubicado en el barrio de San Esteban, más allá del Zanjón Zurita.

La remembranza me hace volver al Cine América, elevado cajón de cemento, con capacidad para una buena cantidad de espectadores. A tan corta edad, pues apenas frisaba los 10 años, mi primera pasión eran las historias contadas en la pantalla blanca, y, en consecuencia, como aspiración de emociones escénicas, las figuras moviéndose en el escenario.

Había muy pocas oportunidades de alimentar dicho anhelo sensible. Por eso, cuando supe, no recuerdo de qué manera, que en el Cine América habría un espectáculo en vivo, logré convencer a mi abuela y a mi madre de que asistiéramos. Aunque se hablaba de un homenaje al popular declamador nacional Luis Villavicencio Olano por su participación en algunas películas mexicanas filmadas recientemente en Centro América –tuvo un pequeño papel en “Cuando vuelvas a mí” [1953]–, en realidad era un agasajo de despedida al artista, que partiría a México en busca de un ilusorio éxito internacional.

Fue el sábado 28 de agosto de 1954. En la tercera página de LA PRENSA GRÁFICA de aquel día apareció una gacetilla titulada “Harán Homenaje a Artista Nacional”, que decía textualmente: “Esta noche le será tributado un homenaje al actor nacional Luis Villavicencio Olano, en el Teatro América, por parte de los más destacados artistas de radio y teatro nacional.// El homenaje brindado al artista mencionado es en celebración del acto que harán los artistas guatemaltecos condecorándole con una medalla de oro, en reconocimiento a su presentación exitosa en los escenarios de aquella nación y para premiar su actuación en los films realizados hace algunos meses.// Para esta noche se anuncia la presentación de la conocida obra titulada “Juan José”, original del escritor Joaquín Dicenta, en la que llevará actuación especial el homenajeado. Para cerrar la noche artística será presentado un acto de variedades con participación de los artistas guatemaltecos que condecorarán a Villavicencio Olano”.

El acto estaba programado para las 9:30 p. m. Hubo una gran afluencia de público. A mí, espectador precoz, lo que más me llamaba la atención era la presentación teatral, que consistía en el segundo acto del drama del español Dicenta, en el que actuaba Villavicencio Olano en compañía de Loretta Sanclemente, una joven y ya célebre actriz de radionovelas, guapa y garbosa, con su alborotada cabellera negra y sus poses de diva sensual. Las variedades consistieron en canciones, bailes y escenas cómicas. No sé si el espectáculo valía en realidad la pena, pero yo pasé un momento inolvidable. Pasada la medianoche, mi abuela, que no era dada a desvelarse, hizo que nos levantáramos. Y caminamos hacia el vehículo, por las aceras solitarias del Barrio de San Esteban... Felices tiempos, en los que circular por San Salvador estaba fuera de todo peligro. Mi madre conducía un Studebaker color vino, que había dejado estacionado a más de una cuadra. Ninguna sombra sospechosa alrededor.

Ese mismo día, y a la misma hora, se exhibía “Niágara”, la película que convirtió en mito a Marilyn Monroe, en el Apolo; “La pasión desnuda”, la única película argentina de María Félix, en el Principal; y “Scaramouche”, un intrascendente filme de capa y espada, con Stewart Granger, en el Follies. Las farmacias de turno, durante aquel fin de semana, eran las farmacias Vides, Guandique, La Buena Fe y Venus. Y una notita periodística, al pie de la columna de espectáculos, avisaba: “Para partos a domicilio llame al teléfono 36-39 del nuevo Hospital de Maternidad”. Otro mundo. Otra vida. Nada de aquello parece real.



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