La música popular llega a ser expresión del sentimiento profundo de los
pueblos. En ocasiones perduran los cantos y desaparecen los autores.
La memoria colectiva los hace suyos y por qué perduran es a veces inefable.
Mucha de la gran música que hoy conocemos como clásica nació popular; el vals y la mazurca, por ejemplo.
Los salvadoreños absorbemos con facilidad la música foránea; poca hemos construido para sentir que nos refleja; muy poca es realmente la que nos representa.
“El carbonero” es una de esas pocas canciones locales que han resistido el tiempo; casi toda la población se la sabe o la identifica. Hay quienes, presuntuosos, la desprecian y, en plena pose, exclaman: “¡Ah! La cancioncita esa, ya deberíamos buscar otra”. Lo peor es que algunos de ellos son ¡músicos o compositores!
“El carbonero” ha sido grabada por grandes voces nacionales e internacionales. Fue la música de fondo para la película salvadoreña “Cinco vidas y un destino” (José Baviera, 1956), que fue producida por Izalco Films. En la pantalla vemos a Eugenio Acosta Rodríguez cuando la canta mientras baja del volcán al que la letra hace referencia. En arreglo orquestal, con marimba y guitarra, se escucha durante todo el filme.
Durante la clausura del recién III Festival Internacional de Poesía, la ecuatoriana Margarita Laso, poeta invitada y cantante de dulce voz, la interpretó como gesto de agradecimiento a los salvadoreños. Se la aprendió en dos días. Margarita consiguió que el público la cantara con ella; después de todo, el autor de la canción, Pancho Lara, también era poeta, de los sencillos, de los cargados de emotiva sinceridad, de los populares.
Siete décadas han pasado desde su canto inicial. “El carbonero” no es una canción salvadoreña más; es eso que llamamos identidad. El pueblo lo ha decidido así.