Te has vuelto un ojo panorámico que sale disparado por los muros de contención
de ozono de la atmósfera terrestre. Se te aleja la Tierra.
Cuando el pequeño punto azul en el que acaba convertida tu casa se termina de borrar, volvés la nueva vista cerebral hacia el frente de tu viaje y te sentís volar amorfo a trillones de años luz por segundo. Empezás a visitar galaxias. Te recorren bolas de fuego cobalto y anillos nebulosos que rodean ese vientre celestial en donde nacen las estrellas. En el fondo de ese vientre, en la matriz, los astros neonatos son difusos puntos mutables en la oscuridad.
Adelante, un nuevo universo, túnel de tiempo-gusano celeste estrellándose contra nuevas nebulosas y cuerpos que emiten gigantescos sonidos: variaciones tónicas de sus respectivas luces. Te metés en las vísceras de las tonadas; te volvés un punto de rapsodia circular en sus entrañas, y calinosas fuerzas te atrapan y succionan. Te estrellás, perseguidor de universos, en el centro de un agujero negro o centro Laya, prieto como la más prieta noche de embriaguez. Se te pierde la luz en el intento por no dejarte libar por el monstruo; pero qué podés hacer si ya no existe el tiempo ni para alegar retraso, si se hizo añicos contra el margen de la nada, y vos con él.
La nada haciendo bulla en tu carencia mortal de poros... De pronto, implosionás del otro lado y te revientan de nuevo en la nariz nuevas estrellas. Pasaste a un estadio más sin tiempo. Sentís el aliento vital, ése que le fue soplado a los primeros hombres, haciendo estragos en tu ser.
El tope de los topes está cerca: luz inédita contra la que vas directo a zambullirte y no hay manera de parar. Llegás y la luz te empapa, te parte, te segrega. Nuevas fronteras saltan hacia vos, atomizadas. Y sólo así, sólo entonces, lográs darte cuenta de que recién estás comenzando a salir de tu cabeza.