La piscucha dejó de volar. La cuerda cedió ante el viento y descendió poco a poco, quizá desde el juego contra Costa Rica. El llanto inundó el camerino de El Salvador. Las paredes, lúgubres y coloreadas con pintura de aceite, brillaban con tristeza igual que los ojos de los jugadores de la sub
20 cuscatleca. No era para menos. Panamá acababa de encajarles dos goles y, a pesar de haber tenido menos la pelota, quedaron arriba en el marcador. Ellos volvieron a celebrar.
Aquel viejo adagio del fútbol que dice que gana quien mete los goles y no quien domina se tradujo en una virtual eliminación para los cuscatlecos. El Salvador, desde un inicio, se entregó a buscar un resultado que a la postre nunca llegaría. En el primer tiempo, incluso, se les anuló un gol en
el que José Gómez estaba fuera de lugar. Primer aviso.
Ya asentados en el campo, los salvadoreños seguían llegando, pero la comunicación entre las líneas ofensivas era nulo. La figura del “10” que quiso manejar Acevedo con José Gómez duró poco, y la pelota dejó de pasar por sus pies. Carlos Calderón se vio anticipado en varias ocasiones
y Christopher Dulce no tenía acompañamiento adelante.
Cuando Panamá se decidió por tener la pelota e irse hacia el frente, Dennis Alas no pudo rechazar una pelota que quedó botando detrás de la entrada al área. Llegó José Gómez a tratar de ayudarlo, pero Armando Gun, el capitán canalero, la prendió ante la confusión. Henry Hernández, que estaba
salido, voló infructuoso para que la pelota se colara espectacular en su ángulo derecho. Era apenas el minuto 26. Desde ahí se cayeron. Cabizbajos, llevaron la pelota al centro.
Ataque contra defensa
Tirado atrás, Panamá se defendía hasta con ocho hombres. El contragolpe lo empezaba a gestar con Luis Gallardo desde la media cancha. El hombre que juega en el centro de alto rendimiento del Pérez Zeledón, de Costa Rica, distribuía hacia adelante.
La desesperación comenzó a hacer mella. Acevedo tuvo que meter gente de refresco. Así fue como salió “la Tuca” Gómez relevado por Adán Larios. Y todo volvió al esquema que venía trabajando desde antes. Dennis pasó a crear y Larios a marcar. Al poco rato también sacó a Christopher
Dulce. Mandó a Diego adelante y entró Henry Gómez.
Sólo quedó Carlos Calderón en punta, pero también le dio relevo. Osael Henríquez ocupó el otro puesto de delantero y Javier Posada se tiró por la banda izquierda. Su físico no lo ayudó tampoco. Ya con el equipo desdibujado, Dennis se dedicó a tirar pelotas desde lejos.
Isaac Zelaya, cuando tenía la pelota, abría las manos en señal de pregunta, y jugaba hacia atrás. Nadie se le desmarcaba. “Vamos, con amor”, les gritaba la mamá de Henry Hernández desde las gradas. Y es que eso les hacía falta: amor, riesgo, ganas de meterla al arco.
Por eso fue que Panamá volvió a usar su arma letal: el contragolpe. Luis Gallardo la tomó en el centro y la abrió hacia la izquierda, donde corría Armando Gun, quien la sirvió por encima de un defensor. Ahí encontró a David Arrué, quien, con fineza la pechó y la tomó de zurda sin que cayera al
suelo. Henry Hernández no pudo contener.
Panamá celebró otra vez, igual que contra Guatemala, pero esta vez sí había razón. Ya están casi con un pie en la siguiente ronda. Con el 2-0 metieron a El Salvador en el camerino y en la impotencia de quedar eliminados. Callados, tristes, con lágrimas en los ojos, los salvadoreños otra vez se
aferran al milagro.
El técnico de la sub 20 aceptó toda la responsabilidad en el fracaso de la juvenil.
Así fue. Entró al camerino y al poco rato salió. Sentémonos por aquí, dijo. El profe, de entrada, aceptó la culpa de todo lo que sucedió en la cancha durante este partido y el anterior. Ambos, perdidos en el marcador. El Salvador, no
obstante, dejó un buen sabor por su manera de pararse en el campo, pero los goles no llegaron luego del juego contra Guatemala.
Yo nunca me voy a enojar con mis muchachos. Yo seré el último en saltar del barco. Hoy, más que nunca, tengo que estar con ellos, aseguró con el semblante gacho. La Piscuchita vio a su equipo caer por 2-0 con un esquema que ofreció pocos
riesgos ofensivos, aunque mucho traslado de balón.
Aquí no hay otro culpable que yo. A los muchachos no los toquen, porque ellos están comenzando, y lo hicieron bien. La experiencia es la que los hará crecer. Si van a criticar, yo no le tengo miedo a la crítica, dijo el estratega. El técnico aceptó
que se perdió bien.
Los jugadores, fundidos en un círculo dentro del vestidor, mientras algunos lloraban, hicieron una oración. El grito El Salvador se escuchó una vez, y todos salieron con la maleta más pesada que cuando entraron al Saprissa. Iba cargada de tristeza.