El bien y el mal están en uno. Son expresiones de una misma potencia espiritual. A veces se la pone a producir en favor de acciones benignas; a veces, en favor de acciones malignas. Lo externo a uno es el conjunto de solicitaciones que mueve, a esa potencia espiritual interior, a optar por la malignidad o la benignidad.
El instrumento que pesa las solicitaciones y determina las opciones es el discernimiento.
El discernimiento viene a ser esa capacidad de oír el clamor de las solicitaciones externas y el clamor de las mociones internas, para luego establecer una forma de acción, que en cada humano es diferente. Es el discernimiento, bien o mal ejercido, el que determinará si la respuesta a una solicitación culmina en un acto de benignidad o de malignidad.
El discernimiento, como capacidad de oír y elegir, es hijo de la atemperada sensación, del lúcido intelecto y del ordenado afecto. Cuando los sentidos sensan con propiedad, y la mente piensa con racionalidad, y el afecto siente con serenidad, la moción resultante vuelve correcta la voluntad de actuar, y sensata la acción resultante. Por el contrario: cuando los sentidos se desatan, la mente se confunde y el afecto se desordena, la voluntad de actuar avanza equivocada, y la acción resultante puede ser hasta nefasta.
Nuestra crisis actual es, en buena medida, crisis de discernimiento. Por eso, el principio para ordenar el enorme desmadre de la vida actual —porque el río del vivir se ha salido de su cauce madre— está en la recuperación del discernimiento. Está en el reconocimiento, en el redescubrimiento y en la reorientación de ese enorme poder espiritual que puede hacer vivible o invivible cualquier circunstancia, según como uno haya decidido abordarla.
“El reino de Dios está en vosotros”, afirmó un carpintero llamado Jesús. El enunciado es claro, sencillo. Y allí está. Sigue diciendo mucho. Su antigüedad permanece cada día más actual.