Una “prima ballerina” salta al escenario con gráciles movimientos. Sus piernas perfectamente apuntadas terminan en unas lustrosas zapatillas de satén.
A cada movimiento, el tutú tiembla, como estremeciéndose de timidez ante el escenario, la música, las luces y toda la parafernalia teatral y danzística.
Sonia Juárez, directora escénica del ballet “Don Quijote”, que se estrena hoy en el teatro Presidente, comenta que mucho de este esfuerzo es, a veces, poco visible para la mayoría del público.
Vestuario: fundamental
El ballet clásico posee numerosas características que lo hacen reconocible a primera vista: los moños levantados en las mujeres, los tutús, las mallas y las figuras estilizadas, los movimientos estrictamente dosificados y precisos.
Juárez, quien es guatemalteca y vino expreso para “Don Quijote” (el año pasado colaboró con “Giselle”), explica las diferencias y complejidades del vestuario.
El tutú corto o clásico, esa pequeña y graciosa faldita endurecida que usan las bailarinas, es utilizado en escenas clásicas y románticas. “Son usados para ballets muy soñadores”, afirma Juárez.
Para “Don Quijote”, en cambio, se usarán tutús “románticos”, los cuales son a la altura de la rodilla, con vuelos y encajes. Esto se debe a que trata de emularse el vestir español y del pueblo.
“Don Quijote”, al igual que la mayoría de ballets clásicos, tiene un vestuario definido, en el cual no se pueden hacer muchas variaciones. Sin embargo, por ser este más divertido y cómico, los colores utilizados no son los clásicos pastel, “tiene que jugarse mucho con la psicología del color”, explica Juárez.
Por esto, los colores son más vivos, para recrear el ambiente de jolgorio popular.
Todo el vestuario del ballet, en general, debe ser flexible, suave, liviano y resistente, para que permita una absoluta libertad de movimientos, sin temor a que se rasgue. “Los vestuarios son siempre ceñidos al cuerpo, para apreciar la figura de los bailarines”, señala.
Un detalle: esas famosas zapatillas de bailarina con una firme punta no es madera ni yeso. “Es tela de fibra natural, enrollada fuerte con goma, para que permita formar un casco.”
Hacer de todo
Sonia Juárez, quien está en el país para hacer el “ensamblaje” final de “Don Quijote” entre danzas, escenografía y espacio, destaca: “En nuestros países no hay profesionales en este campo (del vestuario)”.
De ahí que el propio artista asuma el rol de “todólogo”. Muchas bailarinas, la misma Juárez en cuenta, aprenden a fabricar su propio vestuario.
“Un tutú se lleva alrededor de 14 yardas de tela, y se hace en un mes”, asegura Juárez. La extensión cintura a orilla del tutú no excede los 40 centímetros.
Esta ex bailarina explica que es necesario que exista un patrocinio o subvención para este tipo de producciones: “Este tipo de vestuario es muy caro”.
Las telas que generalmente se utilizan son raso, organza, tul, mallas, manta y otras. “Una vez vi el tutú de una ‘prima ballerina’ de la ópera de París que valía 3 mil dólares. Por supuesto, todo este vestuario está asegurado.”
Tanto ella como Víktor Filimonov, primer bailarín de “Don Quijote” y que interpreta a “Basilio”, aseguran que lo costoso es la mano de obra.
“Todos los bordados y los adornos, lentejuelas, son hechos mano”, dice Juárez.
Todos estos ornamentos tienen como fin “meter la fantasía” en la obra, según Juárez.
Filimonov asegura que su chaqueta cuesta $200, “y no es más de un metro de tela”, explica.
Sin embargo, Juárez no deja de lado que no solo se trata de vestuario, sino de todo el cuerpo técnico más bailarines: “Lo triste es que los técnicos casi nunca salen a la vista”.