La experimentación literaria parece haber agotado ya toda posibilidad de novedad. Pero también de abuso y disparate. Ahí está James Joyce y su sucursal latinoamericana más significativa: Julio Cortázar. Ambos son modelos y también, paradójicamente, son tumbas de esas exploraciones. Después de ellos, el diluvio de la copia a la enésima potencia: la nada repetitiva.
Huérfano o rechazador de la capacidad de invención, el escritor contemporáneo, en general, se dedica a opinar sobre la realidad nacional, a cambiar o suprimir los signos de puntuación o las reglas de la sintaxis, o a confesar (con tanto patetismo como impudicia) sus propias limitaciones y aberraciones psicológicas. Es decir: a inferirle al desdichado lector la suma de sus “grandes preocupaciones existenciales, políticas o sexuales”. Y el resultado es que ya nadie lee novelas.
El viejo y buen relato policial, en cambio, que es un juego razonable y que impone la obligación de inventar, limitado a su antigua y simple estructura: principio, trama y desenlace, no cesa de maravillarnos desde que Edgar Allan Poe fundó el género a mediados del siglo diecinueve.
“¿Qué leo?”, me preguntan una y otra vez jóvenes inquietos. Y respondo de nuevo: a los clásicos. Hablo de los narradores más conocidos del siglo diecinueve, desde Honore de Balzac a Nicolás Gogol; desde León Tolstoi a Gustave Flaubert, pasando por Maupasant, Eugene Sue, Stendhal y Dumas.
Lo peor es que los grandes premios internacionales guíen nuestras prioridades de lectura: eso es solo moda y nada más. Ni Marcel Proust ni León Tolstoi y, más cercano a nosotros, ni Jorge Luis Borges ni Jorge Amado fueron galardonados con el Nobel. Y tristemente a ellos se los lee menos que a ciertas señoras y señoritos de la pluma muy celebrados por las transnacionales editoriales.
Pero, al fin, todo lector tiene justamente al escritor que se merece. ¿O todo es, en resumen, una cuestión de gustos?