Podría pararse de puntas, sobre un duro taco de tela, saltar sobre él, que no abarca una superficie de más de 5 por 5 centímetros, y luego sonreír? ¿O dar 26 giros sobre sí mismo y luego, otra vez, sonreír?
Ese tipo de destreza y disciplina pusieron de manifiesto los bailarines de la Compañía Ballet de El Salvador, dirigida por Alcira Alonso.
El espectáculo, originalmente programado para las 8:00 p.m., inició en realidad a las 8:25, luego de las obligatorias tres llamadas y las palabras de apertura de miembros de la Fundación Ballet y del Consejo Nacional para la Cultura y el Arte (CONCULTURA).
Entre el jolgorio y el asombro
Tanto Enrique Rebollo, presidente de la Fundación Ballet de El Salvador, como Federico Hernández, presidente de CONCULTURA, hicieron símiles entre los artistas, el esfuerzo y las eternas fantasías de Don Quijote.
Al parecer, la explosión de actividades culturales de los últimos años está, al fin, surtiendo efecto. Los sonidos de celulares durante el espectáculo fueron casi nulos.
Casi, porque no faltó uno que otro incauto que se delatara con la campanilla electrónica.
El público llenaba un poco menos de la mitad la capacidad del Teatro Presidente.
El telón se abrió, y Don Quijote (el actor y poeta Roberto Laínez) se paseaba soñando, leyendo, libro en mano, y fantaseando con ser un gran caballero andante.
Sancho, la contraparte de la circunspección del hidalgo, se negaba rotundamente, entre salto y salto, a seguir las aventuras que le proponía Alonso Quijano.
Sin embargo, pronto accedió y el jolgorio se hizo.
El ballet “Don Quijote” rebosa de escenas cómicas, de alegría y vivacidad. Está basado en el capítulo XX de la obra cervantina, “Las bodas de Camacho”.
Sin embargo, es un tanto extraño que la presencia que da nombre al ballet sea un tanto etérea. “Don Quijote” es, durante casi todo el ballet, omnipresente, determina el paso de una a otra escena, mas quienes le dan carácter a la historia son Kitri (Irina Flores, primera bailarina) y Basilio (Víktor Filimonov, primer bailarín).
Las destrezas
El ballet “Don Quijote” tiene una duración aproximada de dos horas. Dividida en tres actos, el primero de los cuales consta de dos escenas. Este tiempo es suficiente para exhibir las destrezas de los bailarines, cuasi acróbatas.
Esta es la primera vez, según dijo Filimonov anteriormente, que pone una coreografía de su autoría: la de los piratas de la taberna.
Ebrios, y con ganas de celebrar el amor de Kitri y Basilio, saltan, y saltan, como impulsados por resortes.
Diana Aranda, solista del ballet, y enamorada del torero Spada (José María Vásquez, bailarín argentino invitado), hizo gala de contorsiones y fuerza interpretativa: cada giro tenía como fin atraer la galantería del torero.
Sin embargo, hubo algunos fallos técnicos evidentes. La música, por momentos, parecía carraspear.
Don Quijote, al final, resignado a que el amor de su amada Dulcinea no residía en Kitri, se dejó llevar por el ensueño, dejando felices a los futuros esposos.
El hidalgo de la Mancha, junto con Sancho, sale del escenario, tal vez dejándose llevar por la bruma de ese molino gigante que se mueve y por los gráciles movimientos de las dríadas, quienes lo llaman a más aventuras.
Al final, el público se puso de pie, palmas golpeándose una con otra, y los bailarines, tras dos horas de baile, saltos, piruetas, puntillas y giros, aún sonreían, agradecidos.