Qué bueno que no estaba en San Salvador para el incendio de la Casa Meléndez. Hubiera llorado. Mucho. Aquella casa siempre fue, en mi imaginación, la casa que hubiera construido si hubiera sido una princesita en 1904. A pesar de su deterioro, cuando andaba en el centro siempre me gustaba verla e imaginar sus días de esplendor.
El incendio de lo que para muchos fue conocida como la casa Munguía es un campanazo de alerta y una señal: la señal de la decadencia absoluta de San Salvador y del desprecio que sienten sus habitantes por ella.
Para el común de paisanos no habrá sido más que una “casa vieja” que había que botar porque haría estorbo para construir otro de esos horribles edificios comerciales del centro, construcciones simples de ladrillo sin imaginación ni estilo, que al sustituir a los edificios de antaño constituyen una bofetada para el patrimonio nacional y la sociedad en su conjunto. Bofetada que nos dejamos dar.
Llama la atención que los incendios ocurran siempre de noche y que casi siempre las “víctimas” son “esos edificios viejos” que forman parte de un nominal patrimonio cultural. Y digo nominal, porque lo que las autoridades hacen por salvaguardar estos edificios no es suficiente. No basta con declararlos patrimonio. No basta con prohibirle a los dueños que modifiquen o hagan renovaciones en dichos edificios. Prohibir produce rebeldía, ya se sabe. Y estos sospechosos incendios, que nadie investiga ni castiga, son clara muestra de ello.
Declarar algo como patrimonio supone un compromiso del cual no estamos nada conscientes. Es urgente una campaña acompañada de acciones concretas para rescatar y salvaguardar lo que sobrevive precariamente del patrimonio del centro. Porque nos equivocamos al pensar que el patrimonio pertenece a una entidad del Estado. El patrimonio cultural y lo que queda del centro histórico nos pertenece a todos. Y nos toca a todos preservarlo.