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La mano derecha comienza a jalar lentamente la cuerda, en tanto que la
izquierda asegura el arco con firmeza. El esfuerzo es enorme equivalente
a estar tirando horizontalmente de una maleta de 35 kilos pero no
puedo temblar, necesito mantener los dos ojos abiertos, los pies deben
estar firmemente apoyados en el suelo. Entro en una especie de trance:
soy al mismo tiempo el arco, la flecha, y el blanco que se encuentra frente
a mí, a 28 metros de distancia.
Y he aquí que, cuando siento que llegó el
momento, la mano se abre y la flecha parte en dirección a su objetivo.
A partir de ahí, todo lo que resta al arquero es contemplar su
vuelo, sabiendo que dio lo mejor de sí, mantuvo el control, sintió
alegría durante todo el proceso de tiro. La paradoja es visible:
hice todo este esfuerzo para traer hasta mi pecho, hasta mi rostro, algo
que debo dejar partir al momento siguiente, y sobre lo cual no tengo ya
la menor posibilidad de modificar su curso.
Oigo sonar el teléfono, pero eso puede esperar un poco. Estoy
acompañando el vuelo de la flecha, y es algo semejante al momento
que vivo en mi carrera: mi nuevo libro sale este lunes, día 21
de marzo, de aquí a cuatro días. ¿Qué siente
el arquero después de tirar, pero antes de que el blanco sea alcanzado?
¿Qué siente el escritor cuando sabe que dentro de poco su
trabajo estará en las manos de aquellos a quienes fue dirigido
los lectores, los que se sumergirán en sus páginas,
y entenderán (o no) las emociones que trató de compartir?
Si pudiese resumirlo en dos palabras, estas serían: excitación
y alegría.
Decían los antiguos arqueros zen que cada flecha es una vida,
y el hombre debe respetar eso. Cada libro es una flecha, un poco de mi
vida que se revela, primero para mí, y después para mis
lectores. Es evidente que ya he lanzado libros antes, cada uno provocando
una emoción distinta, pero en El Zahir algo es diferente:
habla más de mí que cualquier otro de mis textos excepto,
tal vez, El diario de un mago. Ahí, yo buscaba con
persistencia y ansiedad mi espada por el camino de Santiago. Ahora, comparto
con las personas lo que hice con mi espada.
La flecha es la intención del arquero: es ella la que une la
fuerza del arco con la dulzura del blanco. Por lo tanto, esta intención
tiene que ser cristalina, recta, bien equilibrada. Una vez que parte,
no volverá, entonces es mejor interrumpir un tiro porque
los movimientos que llevarán hasta él no eran precisos ni
correctos que actuar de cualquier manera, solo porque el arco ya
estaba tenso y el blanco estaba esperando.
Hice eso muchas veces: borré libros enteros de mi computadora,
porque no estaba consiguiendo expresarme bien. Pero jamás dejé
de soltar mis flechas, mis textos, por temor a errar. Si hice los movimientos
correctos, abro la mano y suelto la cuerda. Si estoy por entero en cada
palabra que escribí, ellas ya no me pertenecen más, el blanco
pasa a ser un espejo, me veo reflejado en los ojos de mis lectores.
El teléfono suena de nuevo, y es mi número privado.
Solo cinco personas tienen acceso a él, decido contestar. Es
Mónica Antunes, mi amiga y agente, que acaba de volver de la Feria
del Libro de Londres. Estuvo con todos los editores, entusiasmadísimos,
a final de cuentas, son 8 millones de copias de tiraje inicial en el mundo
entero. Dice que todos concordaron con el hecho de que yo conceda solo
una entrevista por país (a excepción de Brasil, que es mi
tierra). Comienza contando que los ingleses están haciendo un anuncio
para ser proyectado en las salas de cine. Y que el editor japonés
colocará anuncios en el metro de Tokio.
Sentí un frío en el estómago, Paulo. Esos
anuncios en el metro cuestan una fortuna.
Prefiero cortar ahí la conversación. Después de
esa historia de Tokio, no quiero saber más detalles. Agregaré
una expresión más a las dos palabras anteriores: excitación,
alegría y... una sensación de frío en el estómago.
Es mejor volver a mi arco y flecha. Existen dos tipos de tiro.
El primero es aquel que es realizado con precisión, pero sin
alma. En este caso, aunque el arquero tenga un gran dominio de la técnica,
se concentró exclusivamente en el blanco y a causa de eso
no evolucionó, se volvió repetitivo, no consiguió
crecer, y un día dejará el camino del arco, porque descubrirá
que todo se transformó en rutina.
El segundo tiro es aquel que es hecho con el alma. Cuando la intención
del arquero se transforma en el vuelo de la flecha, su mano se abre en
el momento preciso, y su cuerda hace cantar a los pájaros, y el
gesto de arrojar algo a la distancia provoca paradójicamente
un retorno y un encuentro consigo mismo. Para eso, es preciso tener conciencia
del esfuerzo que costó abrir el arco, respirar profundo, concentrarse
en el objetivo, tener clara la intención, mantener la elegancia
de la postura, respetar el trabajo.
La flecha no puede salir antes de que el arquero esté listo para
el disparo, porque su vuelo sería pequeño. No puede salir
después de que se han logrado la postura y la concentración
exactas, porque el cuerpo no resistiría el esfuerzo y la mano comenzaría
a temblar.
Tiene que partir en el momento en que el arco, el arquero y el blanco
se encuentran en el mismo punto del universo: eso se llama Inspiración.
En El Zahir, yo me detengo en esta palabra, ya que su personaje
principal es un escritor. Escribir es una de las actividades más
solitarias del mundo. Una vez cada dos años, me pongo frente a
la computadora, observo el mar desconocido de mi alma, veo que ahí
existen algunas islas ideas que se desarrollaron, y que están
listas para ser exploradas. Entonces subo a mi barco llamado Palabra
y decido navegar hacia la que esté más próxima.
En el camino, me enfrento a corrientes, vientos, tempestades, pero continúo
remando, exhausto, ahora ya consciente de que fui apartado de mi ruta,
la isla a la que pretendía llegar no está más en
mi horizonte.
Aun así, no vuelvo atrás, necesito seguir de cualquier
manera, o me quedaré perdido en medio del océano en
este momento me pasa por la cabeza una serie de escenas aterrorizantes,
como pasar el resto de la vida comentando los éxitos pasados, o
criticando amargamente a los nuevos escritores, simplemente porque ya
no tengo el coraje de publicar nuevos libros. ¿Mi sueño
no era ser escritor? Pues debo continuar creando frases, párrafos,
capítulos, escribiendo hasta la muerte, sin dejarme paralizar por
el éxito, por la derrota, por las trampas. En caso contrario, ¿cuál
es el sentido de mi vida: irme a vivir en un molino en el sur de Francia,
y cuidar del jardín? ¿Dar conferencias, pues es más
fácil hablar que escribir? ¿Retirarme del mundo de una manera
estudiada, misteriosa, para crear una leyenda que me costará muchas
alegrías?
Movido por estos pensamientos aterradores, descubro una fuerza y un
coraje que desconocía que existieran: ellos me ayudan a aventurarme
por el lado desconocido de mi alma, me dejo llevar por la corriente, y
termino anclando mi barco en una isla a la que fui conducido sin querer.
Paso días y noches describiendo lo que veo, preguntándome
por qué estoy actuando así, diciendo a cada instante que
no vale la pena el esfuerzo, que ya no es necesario probar nada a nadie,
que ya conseguí lo que deseaba y mucho más de lo que
soñaba.
Noto que el proceso del primer libro se repite cada vez: despierto a
las nueve de la mañana, dispuesto a sentarme ante la computadora
inmediatamente después del café; leo los periódicos,
salgo a caminar, voy hasta el bar más próximo a conversar
con las personas, vuelvo a casa, miro la computadora, descubro que tengo
que hacer varios telefonemas, miro de nuevo la computadora, ya estoy en
la hora del almuerzo, me alimento pensando que debía estar escribiendo
desde las 11 de la mañana, pero ahora es preciso tomar una serie
de providencias, voy a verificar la correspondencia electrónica,
me doy cuenta de que el internet no está funcionando bien, tengo
que salir e ir hasta un lugar a diez minutos de la casa donde es posible
conectarme, ¿mas no será que antes, solo para liberar a
mi conciencia de este sentimiento de culpa, debería escribir por
lo menos media hora?
Comienzo por obligación mas de repente la cosa
se apodera de mí, y ya no paro. La empleada me llama a comer, pido
que no me interrumpa, una hora después ella vuelve a llamarme.
Tengo hambre, pero solo una línea, una frase, una página
más. Cuando me siento a la mesa, el plato está frío,
como rápidamente y vuelvo a la computadora ahora ya no controlo
mis pasos, la isla está siendo desvendada, soy empujado a través
de sus sendas, encontrándome con cosas que nunca había pensado
o soñado. Tomo café, tomo más café, y a las
dos de la mañana finalmente paro de escribir, porque mis ojos están
cansados.
En El Zahir, el personaje principal hace exactamente esta
misma reflexión: escribir y descubrir la historia no contada a
sí mismo, viajar hasta la isla desconocida, e intentar compartirla
con mi semejante. Y para mi constante sorpresa, otras personas también
estaban buscando aquella isla, y la encontraron en el libro. A partir
de ahí, ya no soy más un hombre perdido en la tempestad:
me descubro a través de mis lectores, entiendo lo que escribí
cuando veo que otros también entienden nunca antes de eso.
Estoy admirando el vuelo de la flecha: junto con ella va mi corazón,
y tengo la certeza, la absoluta certeza, de que a pesar de la alegría,
la excitación y el frío en el estómago, puedo decir
que me iré a dormir tranquilo esta noche: junto con esta flecha,
también está volando mi corazón.
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