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¿Planeta
o miniestrella fallida?
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Alicia Rivera (El País Internacional)
El hallazgo, en 1995, del primer planeta ajeno al Sistema Solar,
fue el pistoletazo de salida para una apretada carrera entre astrónomos
cazaplanetas. Por el momento se contabilizan 150 de estos cuerpos,
pero el primero en ser directamente fotografiado es, o será,
todo un trofeo, que un equipo alemán puede haber conquistado.
Los autores alemanes del descubrimiento ha utilizado los mejores
telescopios del mundo, pero muestran cautela y honestidad a la hora
de presentar en público la imagen y su interpretación:
sí, puede ser un planeta, pero no cabe descartar que es una
enana marrón, una estrella tan pequeña que su masa
es insuficiente para encender las reacciones nucleares que la harían
brillar como los soles normales.
En la fotografía se distinguen dos cuerpos luminosos, uno
grande y otro minúsculo a su lado. La estrella es GQ Lupi
A, un astro muy joven, aún en proceso de formación,
con una edad estimada entre 100,000 y 2 millones de años
(el Sol tiene unos 4,500 millones de años), que está
a 400 o 500 años luz de distancia de la Tierra.
Desde luego no es el primer planeta extrasolar localizado si
es que este lo es, pero sí sería el primero
fotografiado directamente.
La mayoría de los 150 ya conocidos se han detectado indirectamente,
por su efecto gravitatorio en sus estrellas respectivas, no viéndolos
como tales en el cielo.
La foto, en infrarrojo cercano, de GQ Lupi A con su puntito compañero,
ha sido tomada con uno de los cuatro telescopios gigantes VLT (En
Paranal, Chile), del Observatorio Europeo Austral (ESO).
¿Cuál es el problema para poder determinar que se
trata de un planeta y no de una estrella que no llegó a serlo
(enana marrón)? La diferencia es el tamaño. Un planeta
no debe superar en 13 veces la masa de Júpiter y una enana
marrón es más masiva. Ese límite marca la masa
necesaria para que en el cuerpo estelar no se encienda el hidrógeno,
el principal combustible de las estrellas.
El pequeño objeto fotografiado está lejos de su
estrella: a 100 veces la distancia de la Tierra al Sol, lo que ayuda
a distinguir a ambos separados, mientras que la mayoría de
los planetas extrasolares detectados antes están muy cerca
de su astro respectivo.
En los análisis de la luz del planeta o enana marrón
se distinguen las firmas del agua y del monóxido de carbono;
su temperatura estaría entre 1,600 y 2,500 grados.
Hace poco otros astrónomos anunciaron haber captado por
primera vez la luz de un planeta extrasolar, pero no era una fotografía,
sino de la luz del objeto restada de la de la estrella.
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En el universo existen galaxias tan lejanas que no se ven, aunque sí
pueden escucharse. Los telescopios ópticos no son capaces de visualizarlas,
pero los astros que las conforman emiten radiaciones electromagnéticas
que llegan a la Tierra, son detectadas por los radiotelescopios y convertidas
en señales audibles mediante complejas herramientas informáticas.
Son las lejanas voces de las estrellas, cuyo estudio permite elaborar
mapas del cosmos invisible y conocer las intimidades de la materia y energía
de los astros, entre ellos nuestro vecino Sol.
Los telescopios ópticos observan la luz visible, pero solo pueden
estudiar algunas longitudes de onda del espectro electromagnético
que provienen del espacio. En cambio, los radiotelescopios detectan otras
longitudes de onda como las de radio, de las cuales se obtiene mucha información
sobre el objeto espacial emisor, denominado radiofuente.
Desde que se detectaron casualmente las primeras ondas radiogalácticas,
los radiotelescopios han captado desde las emisiones de los planetas,
sus satélites y la Luna, hasta las del Sol, el hidrógeno
interestelar y las galaxias, y pasan por las de objetos tan raros y distantes
como las supernovas, los pulsares y los quasares.
Las primeras ondas electromagnéticas llegadas del espacio las
captó el estadounidense Karl Jansky en la década de 1930.
Las tradujo por medio de un radiorreceptor en mensajes acústicos
audibles, y desde entonces se ha perfeccionado mucho la audición
e interpretación de la denominada voz de las estrellas.
Música de las esferas
Conjugando la ciencia con el arte, expertos del Laboratorio de Informática
Musical de la Universidad de Milán, en Italia, y del Centro de
Música Experimental de la Universidad de San Diego, en California
(EUA), incluso han musicalizado los remotos mensajes radiogalácticos,
captados por los radiotelescopios.
Este proceso de conversión acústica ha exigido cálculos
complejos y se ha efectuado mediante un programa informático que
construye sonidos a partir de series de datos numéricos.
El equipo ítalo-americano ha tratado las ondas radiogalácticas
según su intensidad, para producir sonidos más fuertes o
débiles, y según su frecuencia, para generar sonidos más
agudos o graves. Así, las ondas estelares fueron transformadas
en música. Esta técnica permite efectuar mapas sonoros del
cosmos, con las señales que llegan desde sus más remotos
confines.
Una de las voces estelares más conocidas e investigadas por los
radioastrónomos, debido a su relativa proximidad en términos
astronómicos, unos 150,000 millones de kilómetros, es la
de estrella más cercana a nosotros: nuestro vecino, el Sol.
Esta estrella produce enormes arcos de plasma de temperaturas ultraelevadas
que alcanzan una distancia de 500,000 kilómetros y producen una
energía equivalente a la explosión simultánea de
40,000 millones de bombas nucleares.
Desde hace tiempo, los astrofísicos han intentado utilizar las
ondas de sonido que producen esas explosiones para entender mejor esos
fenómenos monstruosos, sin conseguirlo.
Pero hace poco, investigadores de la Universidad inglesa de Warwick en
colaboración con los del laboratorio solar y astrofísico
Lockheed Martín, de California, en EUA. han descubierto cómo
escuchar esas enormes explosiones, tan importantes que pueden
afectar a las telecomunicaciones por satélite, terrestres e incluso
al suministro eléctrico terrestre.
Los científicos han descubierto un medio de detectar y aprovechar
esos intensos temblores producidos por las explosiones para
hacerse una idea más clara de su estructura.
Susurro solar
El equipo de la Universidad de Warwick ha descubierto que puede utilizar
ondas de radio y observaciones por rayos X para detectar los temblores
u oscilaciones que se producen en esos fenómenos que generan temperaturas
de decenas de millones de grados Kelvin, y se comportan como si fueran
ondas acústicas.
Hasta ahora, los investigadores habían observado esas oscilaciones
acústicas, pero les habían prestado poca atención
porque estaban convencidos de que se disipaban rápidamente y resultaban
de poca utilidad para la Ciencia.
El investigador Valeri Nakariakov y su grupo han demostrado que no es
así, dado que se mantienen por un lapso de entre 10 segundos a
cinco minutos, con lo cual los datos obtenidos son mucho más útiles
y, junto a otras registros astrofísicos, permiten calcular la temperatura
y duración de cada explosión de plasma.
Estos resultados son fruto de un nuevo método de diagnóstico
a distancia de la estructura del plasma, descubierto por astrofísicos
de la Universidad de Warwick, llamado sismología por MHD.
Según otros expertos, nuestro vecino Sol oscila como si fuera
una campana o un tambor, con diferentes frecuencias y produce una especie
de música espacial.
Lo han descubierto investigadores de la firma Bell, que investigan, sintonizan
y descifran las vibraciones solares que se propagan por el espacio interplanetario,
para desvelar algunos secretos del sol.
Esas vibraciones
El Sol, como cualquier instrumento musical, vibra cuando se le excita
y efectúa oscilaciones que determinan las condiciones físicas
de presión, temperatura y composición química del
interior de este gigantesco horno nuclear, que transforma hidrógeno
en helio.
El estudio de ese astro, dentro de la denominada sismología solar,
ha permitido conocer datos sobre la estructura, dinámica y evolución
del astro y su rotación interna.
Según los expertos, el Sol canta como un bajo profundo,
de acuerdo al estudio de una serie de vibraciones registradas en el viento
solar, la lluvia de partículas que lanza la estrella al espacio,
la cual se encuentra en el rango grave, es decir, entre 1,000 y 5,000
millonésimas de ciclos por segundo.
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