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Era del tipo de los que nunca están quietos en su propia intimidad.
Lo que más temía era, precisamente, el aura de la intimidad.
Y eso lo mantenía en una cómoda expectativa, sin animarse
a asumir ningún otro compromiso. Puras aventuras circunstanciales.
Alma era de afuera. Adentro, cambiaban los rostros y los cuerpos. La última
había sido...
Cecilia.
¿Cómo dice?
El nombre lo había pronunciado un hombre moreno, fornido, con
talla de luchador de los de antes. Una luz siniestra le circulaba por
los ojos oblicuos.
Cecilia.
No me acuerdo.
Harold estaba solo en su despacho de la compañía. Su asistente
había dejado entrar a aquel hombre que se anunció como corredor
de seguros. Era extraño que su asistente dejara pasar a alguien
que no conocía. De seguro aquella mañana había despertado
distraído.
¡Cecilia, cabrón!
Y cuando el hombre pronunció la frase amenazante entre dientes,
Harold buscó auxilio. Hizo el impulso de apretar un botón
que estaba frente a su sillón, en el escritorio. Pero el movimiento
del hombre fue más rápido. El arma brilló por un
par de segundos, y la sucesión de balas silenciosas se alojó
en el cuerpo de Harold. Se desplomó sobre la alfombra, como un
peso muerto. El hombre lo miró por otro par de segundos, con relámpago
de odio, y luego salió, cerrando la puerta tras de sí. El
asistente se había levantado de su puesto, y no había nadie
en la antesala. El hombre desapareció como si nunca hubiera existido.
En su charco de sangre, Harold braceaba sin moverse, queriendo alcanzar
la otra orilla.
Cuando el asistente asomó, la confusión ya estaba en marcha.
En un instante, el enjambre movilizó todas sus avispas. Y llegó
la Policía:
¡Apártense, apártense, no contaminen la escena
del crimen!
Y la escena del crimen estaba siendo invadida por otra especie de insecto:
los que zumban alrededor del escándalo. No tardaron los reporteros
y los fotógrafos. Un flash reveló el ojo abierto de Harold.
Y alguno exclamó:
¡Está vivo!
La movilización cambió de impulso. Ahora la prisa era un
apuro por levantar el cuerpo y llevarlo en una camilla hacia la ambulancia
que aullaba.
¡Llamen a la familia!
¿A quién?
¡Dicen que tiene un hermano! La mujer y los hijos viven
fuera...
¡Lo que tiene es otra vieja!
¿Quién es?
Ummm... Voy a hacer una llamada.
Cuando el teléfono sonó, Alma estaba recostada en su cama,
leyendo. Una novela de Danielle Steel, para variar. El romanticismo en
su expresión más seductora y popular. En el libro, una mujer
estaba a punto de intentar un suicidio por el abandono de su hombre, aunque
todo hacía traslucir que el intento sería fallido. El teléfono
siguió sonando. La mujer se tomaba las pastillas con un solo sorbo
de agua. En el último latido del teléfono descolgó:
¿Quién habla?
Señora, el señor Harold Bell acaba de sufrir un
atentado. Queríamos avisarle.
Se quedó en blanco. Sólo atinó a preguntar:
¿Por qué a mí?
Alguien nos dio su número.
Llamen a su oficina.
El hecho ocurrió en su oficina.
¿Entonces?
Disculpe, alguien nos dio su nombre.
Y... ¿cómo está él?
Falleció.
Alma pareció volver a la vida. Un extraño sentimiento de
liberación le desató la voluntad. Después de todo,
la muerte es un punto y aparte.
Muchas gracias. Le agradezco el aviso.
Y colgó. El primer impulso que tuvo, sin ningún procesamiento
consciente, fue tomar contacto con Gustavo Ramírez. Tenía
muy poco sentido aparente, pero allá en la interioridad las imágenes
de Harold Bell y de Gustavo Ramírez se le cruzaban en la atmósfera
de las culpas volátiles.
¿Aló? ¿Gustavo?
Sí, soy yo.
Te estoy llamando para contarte que Harold ya no está aquí.
¿Dónde?
En este mundo.
Gustavo se quedó esperando. Alma ni siquiera intentó evitar
la risa nerviosa.
¿Qué ha pasado? le preguntó él,
sin atar cabos.
Se fue.
Seguía riéndose, cada vez en tono más alto.
¿Cómo estás, Alma? se alarmó
por aquella conversación que tenía toda la pinta de ser
un desvarío.
¿Yo? ¡Perfectamente!
Gustavo se puso en guardia. Y, luego de unos segundos, se animó
a indagar, con voz suave y persuasiva:
¿Qué le hiciste?
¡Yo nada! ¿Creés que lo maté?
Y continuaba riéndose, aunque bajando progresivamente el volumen
de la risa.
Bueno... uno nunca sabe. ¿Es cierto que se murió?
No te estaría llamando si no fuera cierto.
Pues lo siento mucho, de veras. ¿Qué pasó?
Simplemente lo mataron en su oficina. Es todo lo que sé.
Y no necesito saber más.
En ese instante, Alma recibió una especie de golpe interior, como
si alguien le sacudiera el nervio más sensible.
Fijáte que me llamaron para avisarme. ¿Por qué
a mí? Alguien me asoció con él. Es muy extraño.
Quizás se sabía lo nuestro.
Sí, se sabía. A mí me lo dijo mucha gente.
Esas cosas no se ocultan. Además, él no era muy discreto.
Quizás alardeaba.
¡Ve qué hijoeputa!
Hay que respetar a los muertos, Alma.
¡Si ellos lo respetan a uno!
Gustavo sintió que tenía que hacer algo más que
oír a Alma a través del hilo telefónico.
¿Querés que hablemos hoy?
Sí, pero no en Café Memorias. Te invito a un sitio
más privado. ¿Te animás?
Por supuesto respondió él, sin atreverse a
imaginar nada.
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