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[ Reportaje ]
¿CREÉS QUE LO MATÉ?
rdominical@laprensa.com.sv
Manuel y su prima Irene. Alma y su reciente amigo Gustavo. Saúl Bell y su novia Lorena. El único que quedaba suelto era Harold Bell, que jugó durante largo tiempo con el papel de amante clandestino en el extranjero. Ahora estaba ahí, en suspenso, quizás buscando sin mucho esfuerzo una nueva aventura.

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Era del tipo de los que nunca están quietos en su propia intimidad. Lo que más temía era, precisamente, el aura de la intimidad. Y eso lo mantenía en una cómoda expectativa, sin animarse a asumir ningún otro compromiso. Puras aventuras circunstanciales. Alma era de afuera. Adentro, cambiaban los rostros y los cuerpos. La última había sido...
—Cecilia.

—¿Cómo dice?

El nombre lo había pronunciado un hombre moreno, fornido, con talla de luchador de los de antes. Una luz siniestra le circulaba por los ojos oblicuos.

—Cecilia.

—No me acuerdo.

Harold estaba solo en su despacho de la compañía. Su asistente había dejado entrar a aquel hombre que se anunció como corredor de seguros. Era extraño que su asistente dejara pasar a alguien que no conocía. De seguro aquella mañana había despertado distraído.

—¡Cecilia, cabrón!

Y cuando el hombre pronunció la frase amenazante entre dientes, Harold buscó auxilio. Hizo el impulso de apretar un botón que estaba frente a su sillón, en el escritorio. Pero el movimiento del hombre fue más rápido. El arma brilló por un par de segundos, y la sucesión de balas silenciosas se alojó en el cuerpo de Harold. Se desplomó sobre la alfombra, como un peso muerto. El hombre lo miró por otro par de segundos, con relámpago de odio, y luego salió, cerrando la puerta tras de sí. El asistente se había levantado de su puesto, y no había nadie en la antesala. El hombre desapareció como si nunca hubiera existido. En su charco de sangre, Harold braceaba sin moverse, queriendo alcanzar la otra orilla.

Cuando el asistente asomó, la confusión ya estaba en marcha. En un instante, el enjambre movilizó todas sus avispas. Y llegó la Policía:

—¡Apártense, apártense, no contaminen la escena del crimen!

Y la escena del crimen estaba siendo invadida por otra especie de insecto: los que zumban alrededor del escándalo. No tardaron los reporteros y los fotógrafos. Un flash reveló el ojo abierto de Harold. Y alguno exclamó:

—¡Está vivo!

La movilización cambió de impulso. Ahora la prisa era un apuro por levantar el cuerpo y llevarlo en una camilla hacia la ambulancia que aullaba.

—¡Llamen a la familia!

—¿A quién?

—¡Dicen que tiene un hermano! La mujer y los hijos viven fuera...

—¡Lo que tiene es otra vieja!

—¿Quién es?

—Ummm... Voy a hacer una llamada.

Cuando el teléfono sonó, Alma estaba recostada en su cama, leyendo. Una novela de Danielle Steel, para variar. El romanticismo en su expresión más seductora y popular. En el libro, una mujer estaba a punto de intentar un suicidio por el abandono de su hombre, aunque todo hacía traslucir que el intento sería fallido. El teléfono siguió sonando. La mujer se tomaba las pastillas con un solo sorbo de agua. En el último latido del teléfono descolgó:

—¿Quién habla?

—Señora, el señor Harold Bell acaba de sufrir un atentado. Queríamos avisarle.

Se quedó en blanco. Sólo atinó a preguntar:

—¿Por qué a mí?

—Alguien nos dio su número.

—Llamen a su oficina.

—El hecho ocurrió en su oficina.

—¿Entonces?

—Disculpe, alguien nos dio su nombre.

—Y... ¿cómo está él?

—Falleció.

Alma pareció volver a la vida. Un extraño sentimiento de liberación le desató la voluntad. Después de todo, la muerte es un punto y aparte.

—Muchas gracias. Le agradezco el aviso.

Y colgó. El primer impulso que tuvo, sin ningún procesamiento consciente, fue tomar contacto con Gustavo Ramírez. Tenía muy poco sentido aparente, pero allá en la interioridad las imágenes de Harold Bell y de Gustavo Ramírez se le cruzaban en la atmósfera de las culpas volátiles.

—¿Aló? ¿Gustavo?

—Sí, soy yo.

—Te estoy llamando para contarte que Harold ya no está aquí.

—¿Dónde?

—En este mundo.

Gustavo se quedó esperando. Alma ni siquiera intentó evitar la risa nerviosa.

—¿Qué ha pasado? –le preguntó él, sin atar cabos.

—Se fue.

Seguía riéndose, cada vez en tono más alto.

—¿Cómo estás, Alma? –se alarmó por aquella conversación que tenía toda la pinta de ser un desvarío.

—¿Yo? ¡Perfectamente!

Gustavo se puso en guardia. Y, luego de unos segundos, se animó a indagar, con voz suave y persuasiva:

—¿Qué le hiciste?

—¡Yo nada! ¿Creés que lo maté?

Y continuaba riéndose, aunque bajando progresivamente el volumen de la risa.

—Bueno... uno nunca sabe. ¿Es cierto que se murió?

—No te estaría llamando si no fuera cierto.

—Pues lo siento mucho, de veras. ¿Qué pasó?

—Simplemente lo mataron en su oficina. Es todo lo que sé. Y no necesito saber más.

En ese instante, Alma recibió una especie de golpe interior, como si alguien le sacudiera el nervio más sensible.

—Fijáte que me llamaron para avisarme. ¿Por qué a mí? Alguien me asoció con él. Es muy extraño. Quizás se sabía lo nuestro.

—Sí, se sabía. A mí me lo dijo mucha gente. Esas cosas no se ocultan. Además, él no era muy discreto. Quizás alardeaba.

—¡Ve qué hijoeputa!

—Hay que respetar a los muertos, Alma.

—¡Si ellos lo respetan a uno!

Gustavo sintió que tenía que hacer algo más que oír a Alma a través del hilo telefónico.

—¿Querés que hablemos hoy?

—Sí, pero no en Café Memorias. Te invito a un sitio más privado. ¿Te animás?

—Por supuesto –respondió él, sin atreverse a imaginar nada.




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