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Juego de presiones
Cazadores de odio

Jorge Ramos Ávalos
opinion@laprensa.com.sv

Colaborador de
LA PRENSA GRÁFICA

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Los cazadores de indocumentados que se reúnen en Arizona durante el mes de abril, bajo el llamado Proyecto Minuteman, no lograrán detener el constante flujo de inmigrantes hacia Estados Unidos. Es puro show con tintes racistas. En cambio, sí están demostrando una absoluta falta de comprensión del fenómeno de la inmigración y pueden generar graves peligros en la frontera. Son cazadores de odio.

El Proyecto Minuteman tiene como objetivo, según su propia información, “crear un bloque en contra de la entrada a Estados Unidos de extranjeros ilegales, narcotraficantes y terroristas potenciales”. Cientos de voluntarios han estado patrullando el valle de San Pedro, en la frontera entre Arizona y México, para “detectar a extraños que entren ilegalmente en Estados Unidos”. Ellos aseguran que no harán ningún arresto y que ni siquiera tocarán a los indocumentados, pero que sí los seguirán y reportarán a la Patrulla Fronteriza hasta que sean arrestados. O sea, que van a ser su sombra.

¿Qué tipo de gente se puede dedicar 30 días a perseguir indocumentados sin paga? Lo irónico es que los alimentos que comen estos cazadores y las casas donde viven fueron cosechados y construidas, seguramente, por los mismos inmigrantes que persiguen. Doble moral: critican a los indocumentados, pero se benefician de su trabajo.

El Proyecto Minuteman es puro humo. Sus voluntarios, tomando la justicia en sus propias manos, solo piensan patrullar 20 millas, pero se les olvida que hay otras 1,931 millas de frontera entre México y Estados Unidos. Detener a los indocumentados de esa manera es como tratar de parar el cauce de un río con una piedra; el agua y los indocumentados se van a ir por los lados, por el lugar de menor resistencia. En la primera semana de abril, las 121 llamadas telefónicas de este grupo a la Patrulla Fronteriza culminaron únicamente en el arresto de 228 personas. Miles más se les escaparon o cruzaron por otros lados.

Pero el verdadero peligro de esta operación paramilitar es que genere aún más muertes en la frontera. Es una fórmula explosiva. Los 500 agentes adicionales que ya envió la Patrulla Fronteriza no son suficientes para evitar actos violentos y para salvar vidas. Los inmigrantes y los coyotes que los guían saben perfectamente lo que está ocurriendo en la frontera con Arizona y ya están tomando rutas alternativas más peligrosas.

Quizás en lo único que coinciden las organizaciones antiinmigrantes, como la Minuteman, y las que defienden los derechos de los indocumentados es que la frontera está fuera de control y que algo se tiene que hacer al respecto.

Cada día, en promedio, 4 mil personas tratan de cruzar ilegalmente la frontera de México a Estados Unidos. Unos 3 mil son arrestados, unos 1 mil indocumentados sí logran cruzar con éxito y uno muere. Y como la apuesta está a favor de la vida —solo tienen una probabilidad en mil de morir— los indocumentados se la siguen jugando todos los días.

El presidente norteamericano, George W. Bush, y el mexicano, Vicente Fox, han demostrado una clara falta de voluntad política para resolver el problema de las muertes en la frontera común. Eso sí, dan muchos discursos y se quejan de lo que ocurre, pero desde el año 2000 no han hecho nada concreto para evitar las casi 400 muertes de inmigrantes anuales en la frontera.

¿Qué pueden hacer? Tres cosas:

1) Legalizar la situación de los 11 millones de inmigrantes indocumentados que hay actualmente en Estados Unidos, según el más reciente estudio del Pew Hispanic Center. No se trata únicamente de una cuestión humanitaria; es también una de seguridad nacional. Si Estados Unidos se va a tomar en serio la lucha contra el terrorismo tiene que saber quien vive en su país. Y, de paso, puede ser justo con quienes tanto aportan a la economía de este país.

2) Negociar un acuerdo migratorio entre México y Estados Unidos. Solo eso puede garantizar un flujo ordenado de los inmigrantes que tanto necesita Estados Unidos y evitar las muertes en la frontera.

3) Crear un gigantesco programa de inversión norteamericana en México y el resto de América Latina —una especie de Plan Marshall para la región—. Esto generaría trabajos bien remunerados en Latinoamérica y evitaría que muchos de sus habitantes vieran el viaje a Estados Unidos como su única alternativa económica.

El problema migratorio no se resolverá con una varita mágica, ni con declaraciones populistas, ni con visitas a ranchos presidenciales. Mientras haya trabajadores desempleados en México y trabajos para ellos en Estados Unidos con salarios 10 veces superiores a los que hay en América Latina, seguirá existiendo la inmigración ilegal hacia el norte.

Por eso los desplantes de xenofobia, como el del Proyecto Minuteman, no resuelven nada y, en cambio, sacan a relucir la gran contradicción norteamericana: que este país, que fue creado por inmigrantes, ahora les está dando la espalda y los deja morir en el desierto.



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