Una de las obras que más aprecio se titula “La Criminología en la obra de Cervantes” y me la obsequió su autor, el recordado maestro y amigo doctor Luis Garrido, ex rector de la UNAM. Se trata de su trabajo de ingreso a la Academia Mexicana de la Lengua, en 1956.
Como jurista, el doctor Garrido analiza el espíritu de justicia que impregna la novela cuya primera parte fue publicada en 1605. La justicia de Don Quijote era, para el autor, “rápida y ejecutiva”, pero con miras al perdón.
No en balde Cervantes había sido soldado; preso de las cárceles de Argel; cautivo que sufrió la pobreza cotidiana y silenciosa y visitador consuetudinario de las ventas de la época, en que convivían truhanes, pasajeros aprovechados y criadas fáciles.
Como soldado y amigo del pueblo, estudió con perspicaz inteligencia toda la gama de gente comprometida con el delito: bellacos, follones, malandrines e indeseables.
Entonces, las penas eran severas y se aplicaban con mucha frecuencia las de flagelación, las galeras y la mutilación que menciona Cervantes en una de sus obras, al contar la historia de Maniferro, sujeto que “traía una mano de hierro, en lugar de la otra que le habían quitado por justicia”.
La pena de muerte era también frecuente y a ella se alude en el episodio ocurrido cerca de Barcelona, cuando al levantar la vista Don Quijote, en el episodio de Maese Pedro, en una representación de títeres que no era sino la historia de Don Gaiferos y su esposa Melisendra, perseguidos por la caballería mora, Don Quijote, en un arranque de genial locura, desenvaina su espada y “con acelerada y nunca vista furia hace llover cuchilladas sobre la titerera morisma”.
No menos interesante es el libro “El Derecho en Don Quijote” del jurista Horacio N. Castro Dassen, en donde se mencionan algunos casos resueltos durante el efímero gobierno de Sancho Panza, en la Ínsula Barataria.
En el caso del ganadero y la mujer que se decía forzada, Sancho Panza ordena dar a esta 10 escudos y dice al condenado: “Id tras aquella mujer y quitadle la bolsa aunque no quiera y volved aquí con ella”.
Cuando el ganadero regresa con la mujer asida porque no ha podido arrebatarle la bolsa, Sancho Panza pronuncia su fallo justiciero: “Si el mismo aliento y valor que habéis mostrado para defender esta bolsa le mostrárades para defender vuestro cuerpo, las fuerzas de Hércules no os hicieran fuerza”.
Se concluye, pues, que la obra de Cervantes tuvo siempre en mira el espíritu de justicia.