Ecuador ha sido un país caracterizado por el desorden institucional endémico, que periódicamente presenta períodos de crisis explosivas. En los años más recientes, desde fines de los años noventa, esa recurrencia crítica se ha vuelto vertiginosa. Se suceden los derrocamientos de Presidentes, en un ambiente de inestabilidad incontrolable; y, en estos días, apenas a un poco más de dos años de haber llegado al poder con muchas expectativas populares, el ex militar Lucio Gutiérrez fue destituido en una confusa maniobra, en medio de un gran descontento ciudadano provocado por los graves errores políticos del gobernante.
Gutiérrez ascendió al poder como expresión del rechazo general a la corrupta “clase política”. La descomposición institucional se ha vuelto en Ecuador una constante histórica, con las consecuencias que están a la vista. Gutiérrez se instaló en la Presidencia con un evidente vacío partidario y sin un programa claro para hacer realidad sus promesas. El tiempo fue demostrando que, lejos de emprender una tarea reparadora de las lacras tradicionales, reincidió en viejos vicios como el nepotismo y en el abuso institucional, según se vio con la descarada manipulación de las estructuras judiciales. Acabó aliándose con “el loco” Bucaram, el más desprestigiado de los políticos, lo cual precipitó su fin.
Pero en Ecuador lo más serio y peligroso es que la población quiere que se vayan todos, porque el repudio es estructural, no circunstancial. En esas condiciones, ya no se cree en nada ni en nadie. El Vicepresidente que ha asumido la Presidencia habla de “refundar la República”; pero frases como ésa nunca pasan del dramatismo insustancial. Es el sistema político el que ya no se sostiene, y se trata de una situación que debe ser analizada a fondo, para sacar las conclusiones y las lecciones del caso.
Cuidemos nuestra estabilidad
Las experiencias ajenas deben servirnos para valorar lo propio, en lo positivo que tiene, así como para corregir aspectos que puedan llegar a convertirse en factores de riesgo.
En el plano político e institucional, los salvadoreños gozamos de una significativa estabilidad, sobre todo en esta etapa posterior a la solución negociada de la guerra.
Desde 1984, la sucesión presidencial es normal y pacífica. Ese es el escenario en que se viene dando nuestro proceso de democratización y modernización progresivas.
Es cierto que hay crítica ciudadana constante al desempeño de las instituciones, como lo indican los sucesivos sondeos de opinión; pero la ciudadanía sigue teniendo confianza en la salud básica del sistema, y esa confianza es lo que más hay que cuidar.
Como se ve en variadas experiencias de países sudamericanos, el riesgo más grave comienza cuando los ciudadanos rechazan la institucionalidad política en su conjunto, y se comienza a apostar a los “outsiders”, como fue el caso de Fujimori, Chávez y Gutiérrez.
Es importantísimo tener conciencia de la necesidad del permanente fortalecimiento institucional.
Sólo las instituciones sólidas y funcionales garantizan la estabilidad. En ese sentido, consideramos que nuestro país tiene una buena base de experiencia consolidada, sobre la que hay que seguir trabajando.
La responsabilidad no es exclusiva de nadie, sino compartida entre todos. Ante este desafío, las diferencias ideológicas o programáticas deben quedar de lado.