Artista
de largos caminos andados por telas profusamente pobladas con figuras y colores.
En su territorio imaginado-pintado conviven muchos mundos en un espacio orgánicamente
estructurado.
Su figura cae lánguida sobre sí, devorando las distancias
con pasos lentos. Su cabeza de forma esférica y cubierta escasamente con pelos
hirsutos contiene una perenne sonrisa y mirada atenta. Sus manos, largas y lisas,
se agitan por momentos con parsimonia para luego descansar sobre su regazo.
Fue
en los tiempos después de los Acuerdos de Paz que conocí a Óscar Soles. Con Beatriz
Alcaine habían regresado por tierra desde México después de un largo exilio, y
traían ya La Luna entre las manos.
Casi una década después nos encontramos
en Barcelona. Cargaba una mirada triste y con un leve temblor en las manos me
fue relatando cómo había extraviado su pinturas, trabajo de varios meses, en el
vagón de un tren alemán.
Contagiada de la euforia y ansiedad de las grandes
urbes, lo llevé a visitar exposiciones. Pero fue al final del día, en casa de
entrañables amigos, cuando más contento lo vi. Con un whisky en mano lo habían
sentado a ver el partido mientras el aire ondulaba con las voces y risas de todos.
A orillas del lago de Coatepeque, nos volvimos a encontrar atraídos por
la radiante personalidad del pintor uruguayo Iturria. Fueron tiempos prolíficos
intercambiando historias e ideas, y pintando.
Gran conversador de tono
ameno y contrapuntos humorísticos, Óscar nos contó de la vez que se presentó en
casa de Salarrué para saludarlo. Conocía y admiraba la obra e ideas místicas del
maestro. ¿Quién lo busca? preguntaron. Al dar su nombre la puerta se abrió, dando
inicio a una larga conversación.
Después de relatarnos los detalles de ese
mágico encuentro añadió que al preguntarle por qué lo recibió tan generosamente
si ni siquiera lo conocía, Salarrué contestó: “Pensé que eras Óscar... el
carpintero”.