Era el viaje de retorno y la mar se hizo terrible. Las olas eran espantosas, rompiendo contra los navíos. La Pinta había desaparecido.
El almirante mandó echar suertes a ver a quién le tocaba cumplir una romería a Santa María de Guadalupe, cargando un cirio de cinco libras, a cambio de la colectiva salvación.
Él mismo sacó del bonete el garbanzo marcado con una cruz. Además, se hicieron promesas de peregrinación a Santa María de Loreto y Santa Clara de Moguer, y prometieron ir todos en procesión, apenas tocaran tierra, al primer templo que encontraran de Nuestra Señora.
Es que “ninguno pensaba escapar, teniéndose todos por perdidos, según la terrible tormenta que padecían”.
Temía el marino por encima de todo que las noticias de su proeza pereciesen con él. Si la Providencia, pensó, lo había favorecido en todo lo que se había propuesto, ¿iba a abandonarlo ahora que estaba a punto de culminar su empresa?
Al final, recurso desesperado, “tomó un pergamino y escrivió en él todo lo que pudo de todo lo que avía hallado, rogando mucho a quien lo hallase que lo llevase a los Reyes”. Lo envolvió en un paño y, tras ponerlo en un barril de madera a hurtadillas, lo mandó echar a la mar.
Así sufre el artista joven o no tan joven de obra incipiente y deliciosos delirios cuando el avión que lo conduce a alguna parte salta entre los tumbos de una señora tormenta.
Una batería de aprensiones queda reducida a una sola: más que la posibilidad de acabar calcinado o descuartizado en una explosión definitiva, es el horror del trabajo trunco o inédito sepultado en la gaveta, el taller o la computadora, que es el horror de ser por siempre nada.
Acaso ha confiado su tesoro, como el almirante a las olas, a una persona de su mayor confianza.
Pero nada garantiza que llegará a buen fin.