Cuando, finalizado el cónclave, el protodiácono anunció que había Papa y pronunció el nombre de Joseph Ratzinger, el mundo católico tuvo un doble estremecimiento. “¡¡Es, justo, lo que necesitábamos!!”, dijeron unos. “¡¡¡Esto va de mal en peor!!!”, expresaron otros.
Y las euforias y las depresiones se multiplicaron “urbi et orbi”, mientras avanzaba la “mise en scene” de la entronización del nuevo pontífice. Entre tanto, por boca de otro cardenal se sabía que ningún purpurado latinoamericano recibió votos durante la elección secretísima.
Ahora, Ratzinger ya no es Ratzinger. Ahora es Benedicto XVI. De prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe, el cardenal alemán se ha convertido en el líder planetario de varios millones de católicos. Cada una de sus palabras y gestos son registrados, y luego interpretados y reinterpretados, hasta originar variopintas hipótesis sobre lo que será su ministerio petrino. Las especulaciones abundan. Asumiendo aquellas palabras de un ilustre filósofo martirizado en El Salvador, Benedicto XVI quizás bien pudiera exclamar: “¡El Papa no dice lo que dicen que dice!”
Lo que sí ha dicho, y los medios no han destacado de inmediato, es una frase inspirada, profunda y fuerte. Benedicto XVI ha expresado: “... el mundo se salva por el Crucificado, no por los crucificadores”. Más claro, ¡nada!
¿A qué tamaña contundencia teológica? ¿Cómo la asumirá la poderosa élite anglonorteamericana, rectora de los destinos geopolíticos del planeta y crucificadora de Jesús en la persona de los pobres, los débiles y las víctimas? ¿Cómo la asumirán las élites locales de los países periféricos? ¿Por qué no la han destacado los medios de comunicación?
Quizás convenga atemperar, al menos por un tiempo, entusiasmos o decepciones, en espera no de sorpresas políticas, pero sí de contundencias morales.
Quizás deba darse a Benedicto XVI, no el beneficio de la duda —que resulta un tanto cínico—, sino el beneficio de la esperanza, que tiene calor más humano y color más cristiano.