Al inicio de los ochenta, me encontraba estudiando filosofía en un recinto tridentino, dirigido por el celoso arzobispo de Valencia (Venezuela) Mons. Luis Eduardo Henríquez Jiménez, Padre Conciliar de Vaticano II; él vigilaba personalmente la ortodoxia de la formación sacerdotal, y además, enseñaba la asignatura Ministerio Sacerdotal. El desempeño de su curia arquidiocesana, su liturgia, su seminario, su clero y su quehacer pastoral reflejaban un paisaje tan solemne como Anselmiano...
En esa época, ya teníamos las listas informales de autores prohibidos, asociados a tratamientos de la fe heterodoxos, y había dos categorías: Teólogos de la Liberación (G. Gutiérrez, L. Boff, C. Boff, J. Sobrino) y Teólogos Progresistas o Protestantes Alemanes (J. B. Metz, J. Moltmann, K. Rahner, R. Bultmann, W. Pannemberg, H. U. Von Baltasar, H. Küng, y J. Ratzinger).
Como suele suceder, al prohibir estos autores, fueron los más consultados en la biblioteca, y nuestro poco ponderado arzobispo solicitaba al bibliotecario los controles de fichas bibliográficas; fue así, cuando un día, ya en mi último año de filosofado fui llamado por una comisión de la curia (el rector Mons. Reynaldo del Prette, monseñor William Guerra y el P. Jesús Guitián) para “examinarme en la fe” debido a mis favoritos y heréticos autores leídos, particularmente por dos: “El rostro materno de Dios” de Leonardo Boff y “Teología e Historia: notas sobre el dinamismo histórico de la fe” de un tal Joseph Ratzinger, y también por escribir algunos ensayos perversos sobre “el cristo histórico y el cristo de la fe”, acusándome de falsas dicotomías y dualismos escatológicos...
Años más tarde, tuve la oportunidad de estudiar teología bajo circunstancias envidiables y antagónicas; en efecto, ante el asesinato de los padres jesuitas de la UCA, una pléyade de los mejores teólogos europeos (afortunadamente prohibidos o progresistas), en solidaridad, venían a la UCA a enseñar teología; autores como I. González Faus, J. A. Estrada, J. M. Castillo, J. Vives, J. Alegre, acompañaban a Jon Sobrino, Rafael de Sivatte y Dean Brackley, en la tarea de formar teólogos y pastores bajo el principio programático de la opción preferencial por los pobres (algo tan evangélico y paradójicamente tan criticado por la ortodoxia).
Me imagino que aquel teólogo progresista de Ratisbona, Bonn y Tübingen, que intentó historizar la clásica dogmática medieval (apoyado por Hans Küng y como editor de la revista teológica “Comunio” junto a De Lubac y Von Balthasar), un día tuvo que elegir entre el compromiso científico de la fe y las nuevas posibilidades de poder jerárquico eclesial, a tal punto de guiar los caminos presentes de la Congregación para la Doctrina de la Fe (reformada por Pablo VI en 1965, antes Santo Oficio, 1542 Pablo III e Inquisición, 1231 Gregorio IX ); desde esta perspectiva, en 1986, Ratzinger publica: “Presupuestos, problemas y desafíos de la Teología de la Liberación” desatando una persecución teórica contra un falso fantasma: Marx..., cuando el principio y fundamento de esta teología y de esta iglesia eran los pobres y oprimidos... sujetos muy raros y desconocidos en el Vaticano. Hoy Joseph cardenal Ratzinger es Benedicto XVI, un Romano Pontífice que se perfila como conservador escolástico, constructor de la paz global, unificador de la Iglesia católica, de carácter parco y transitorio; al parecer, se oyen en los pasillos de los palacios Lateranenses los ecos y las reminiscencias del dogma europeo, oculto y operante “Extra ecclesia nulla salus”, en lugar de una frase con más ternura: “Sentire Cum Ecclesia”... No obstante, detrás de los complejos y sacros símbolos petrinos y romanos, es posible el aggiornamiento y el volver a las fuentes, destellando así la luz del teólogo progresista que hay tras el nuevo papa.