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Juego de presiones
La transfiguración de un siervo de Dios

Joaquín Samayoa
jsamayoa@fepade.org.sv

Columnista de
LA PRENSA GRÁFICA

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Hasta hace unos días le llamábamos Ratzinger, a secas o anteponiéndole su título honorífico. Ratzinger, decíamos, como decimos Einstein o Beethoven, para referirnos a alguien ampliamente conocido por sus méritos sobresalientes como intelectual, artista o científico.

Pero ya hemos empezado a llamarle Benedicto, a medida que vemos surgir a un hombre a quien todavía no conocemos, a un hombre que empieza a asumir una nueva misión, una nueva identidad, una responsabilidad y una inspiración que él mismo jamás pudo imaginar.

En las últimas tres semanas, hemos visto a la Iglesia católica en todo su esplendor. Solemnidad, misterio, liturgia y ritos ejecutados a la perfección, como si hubieran sido ensayados un millón de veces, creando un ambiente de orden, unidad y recogimiento, un ambiente de expectativa y reflexión, una señal inequívoca de que algo grande está ocurriendo.

Y, en efecto, algo grande está ocurriendo. Algunos no lo ven, porque muchas cosas no se alcanzan a ver desde la prisión de los prejuicios. Otros, acostumbrados a juzgar por las apariencias, solo ven el gesto tímido de un hombre al que le sobran razones para estar asustado. Y no faltan los que están contentos, pero tampoco logran ver más allá de unas ideas que en el pasado reforzaron sus propios esquemas ideológicos.

Pero, cualesquiera hayan sido la actitud, los temores y las expectativas con las que unos y otros hemos recibido al nuevo papa, lo cierto es que todos hemos estado pendientes de lo que estaba ocurriendo en este importante momento de transición de la Iglesia católica.

Podría decirse que ha sido un fenómeno mediático el que cautivó la atención de millones de creyentes y no creyentes. Pero hay una explicación más profunda y fue el mismo papa quien la señaló en la homilía de la ceremonia de investidura. La humanidad se instaló en la Plaza de San Pedro porque necesita liderazgo espiritual.

Hay muchas personas que vagan por el desierto, dijo el papa, y explicó que hay muchas formas de desierto: “El desierto de la pobreza, el desierto del hambre y de la sed; el desierto del abandono, de la soledad, del amor quebrantado. Existe también el desierto de la oscuridad de Dios, del vacío de las almas que ya no tienen conciencia de la dignidad y del rumbo del hombre. Los desiertos exteriores se multiplican en el mundo, porque se han extendido los desiertos interiores”.

Con ese dictamen certero, Benedicto XVI deja atrás la imagen del intelectual frío y se proyecta como un humanista, sensible ante el complejo drama de los hombres y las mujeres concretos, consciente de los vacíos existenciales de las personas, pero también de las lacras sociales que aquejan a la humanidad.

Al explicar el simbolismo del palio que le pusieron sobre los hombros, el papa enfatizó también su rol como pastor, su responsabilidad de salir en búsqueda de las ovejas perdidas, es decir, de aquellos que se han distanciado o han sido distanciados de la Iglesia. Y añadió un importante matiz al recordar: “El pastor de todos los hombres, el Dios vivo, se ha hecho Él mismo cordero, se ha puesto de la parte de los corderos, de los que son pisoteados y sacrificados”.

La aceptación de su misión como pastor y su potencial para convertirse en un pensador humanista le permitirán al papa ver su trabajo anterior desde una perspectiva nueva. Hasta podría empezar a enmendar esa confusión que ha mantenido la Iglesia por demasiado tiempo, la de ejercer su autoridad como si el hombre es para la ley y no la ley para el hombre.

En relación con lo anterior, es interesante notar que las únicas referencias documentales que contiene la homilía del papa son pasajes de los evangelios. Ojalá esto sea presagio de un retorno al fundamento más auténtico de la religión católica, la palabra y la vida de Jesús, tantas veces contrariadas por normas eclesiales vacías de espíritu cristiano.

En ello podría radicar una de las principales diferencias entre el cardenal Ratzinger y Benedicto XVI. Para las tareas de elaboración doctrinaria se bastaba a sí mismo. Pero al asumir “este cometido inaudito, que supera realmente toda capacidad humana”, se reconoce “débil siervo de Dios” y concluye que no tiene que llevar él solo lo que nunca podría soportar él solo.

“Mi verdadero plan de gobierno —ha dicho el Papa— no es hacer mi voluntad, no es seguir mis propias ideas, sino ponerme, junto con toda la Iglesia, a la escucha de la palabra y de la voluntad del Señor.”



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