El
cielo amenazaba tormenta, pero el sol, necio, se impuso a toda costa, como haciendo
un homenaje a Camilo Minero, quien gustaba de ese intenso color para sus pinturas.
Los sabedores de ello, su familia más cercana y algunos amigos sustituyeron
el severo negro por amarillos brillantes; y los tradicionales claveles, por alegres
girasoles, que más que una despedida, eran un saludo y honor para el pintor.
Una
gran cantidad de personas acudió al sepelio: músicos, pintores, teatreros e incluso
políticos.
Varias de las personas que hablaron, antes de la inhumación del
féretro, destacaron una característica en común del pintor: su lucha e interés
por las clases sociales explotadas.
Las reacciones por el deceso del pintor
Camilo Minero han sido numerosas y de varias voces.
Dagoberto Gutiérrez,
ex militante del FMLN, afirmó que “los artistas no mueren, son invencibles”.
El pintor Miguel Ángel Orellana comentó de viva voz que “la patria
está de duelo”.
El escritor Tirso Canales leyó una canción, escrita
por él, dedicada al maestro Minero.
Al funeral también se hizo presente
Federico Hernández, presidente del Consejo para la Cultura y el Arte (CONCULTURA),
quien aseguró que en el caso de Minero “su obra trasciende la política”.
Unos minutos antes, un asitente al funeral había señalado que las autoridades
oficiales no se atrevían a señalar claramente la militancia política del pintor.
Minero perteneció a la generación de los pintores que formaron parte
de la Escuela de Artes Gráficas, dirigida por Carlos Imery, entre las décadas
de los años treinta y cuarenta.
Su obra es reconocida internacionalmente,
y su ideología particular le granjeó exilio y persecución.
Hace poco más
de dos semanas, el concejal de la Alcaldía de San Salvador, Eduardo Linares, propuso
bautizar la 20 avenida norte con el nombre del artista.
El pintor, quien
incursionó también en el grabado y el mural, ya había recibido reconocimientos
en vida, como el Premio Nacional de Cultura (1996).
El más reciente fue
el 19 de abril de este año, cuando la alcaldía capitalina lo nombró Hijo Meritísimo.
Al
final, con música de marimba como réquiem, el pintor fue enterrado con tres pinceles
sobre su cuerpo: uno viejo, otro a mitad de su uso y uno nuevo, como símbolos
de las generaciones con las que convivió y amó.