27
de diciembre. Limpio mi escritorio.
Entre proyectos y correspondencia me
encuentro con mis apuntes para una conferencia que no fue. El tema a tratar era
“Desafíos del artista en el siglo XXI”. Guiándome por mis lecturas
de Theodor Adorno y algunas ideas dispersas aún, fui trazando un breve esquema
que intentaba responder aquella temática tan compleja.
En una hoja
de papel, un círculo dibujado al centro contiene la frase “desafíos del
artista”. Cuatro flechas apuntan, a manera de brújula, a los espacios de
posible incidencia que demandan a mi juicio una respuesta.
Primera
flecha. “Punto de partida”, decía la frase que apuntaba a una breve
pero contundente lista de principios. Aquí, en primer lugar, la libertad, seguida
por la compasión, la solidaridad, la generosidad y la gratitud.
Segunda.
El compromiso de crear “una buena obra”, un desafío ineludible. Ello
implica la capacidad de imaginarse otra realidad enraizados en nuestra historia
personal y cultural. Hacer memoria para asir la propia identidad, pero también
ser capaces de renunciar a todo y salir al encuentro de lo diferente, lo nuevo
y lo inesperado.
Tercera. Involucrarnos con los demás, otro desafío
importante. El diálogo permanente con otros conlleva a una experiencia más plena
de la realidad. Adorno dice “ser uno mismo es salir al encuentro de los
demás”.
Cuarta flecha. El artista como ciudadano. Revelarse
a la identidad que la sociedad pretende imponernos para definir una voz propia
que pueda aportar, en el caso del pintor, a través del pensamiento pictórico.
Es necesario tomar conciencia y asumir una actitud crítica hacia lo que nos rodea,
pero también intentar conciliarla con una mirada esperanzada hacia el futuro.
28 de diciembre. Comienzo a pintar.