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El
origen de las matriarcas
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La discusión sobre la existencia o no de matriarcados inició
en el siglo XIX, según la antropóloga María
Eugenia Carranza en su libro Antropología y género.
El iniciador de los estudios sobre matriarcado fue el suizo Juan
Sebastián Bachofen, colega de Friedrich Nietzsche.
En el libro El derecho materno: una investigación
sobre la ginecocracia del mundo antiguo según su naturaleza
religiosa y jurídica, Bachofen aseguraba que la existencia
de divinidades femeninas es prueba de que las mujeres dominaron
la sociedad en algún momento de la historia.
Escribió sobre la existencia de un sistema ginecocrático
o matriarcado, probado con la radical oposición al
orden patriarcal.
Bachofen aseguraba la existencia de los matriarcados, no como pensamiento
filosófico, sino como un modo de vida, por los cultos
ofrecidos a la Luna, más que al Sol, la preferencia mostrada
por la tierra más que por el mar.
Otra teórica que abordó el matriarcado fue Nancy
Chadorow quien en 1984 escribió el libro El ejercicio
de la maternidad. Ella estableció que el primer objeto
de amor para las criaturas de uno y otro sexo es la madre, con la
que establece una fuerte relación de dependencia y afecto.
Francisca Martín Cano establece en su libro Mitos
que recuerdan el matriarcado que, al principio, todas las
sociedades habrían pasado por una primera etapa de matrilinealidad,
y continuaron perviviendo instituciones matriarcales a principios
de los nacimientos de los estados, como la herencia al trono por
la vía materna.
Ramón Rivas cita también al matriarcado en la teoría
evolucionista: cuando los humanos eran cazadores nómadas,
y la mujer se quedaba en el hogar, cuidaba a los hijos, el alimento.
Pero el rol cambió con el establecimiento de la sociedad
agrícola.
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Matriarcas
de la Historia
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En varias culturas del mundo se recuerda de diferentes maneras
la existencia de matriarcados.
Algunos mitos amazónicos cuentan que los varones vivían
subyugados a las mujeres, por eso lo del mito de las amazonas.
En Ruanda se recuerda la anterior existencia del matriarcado a
través de una ceremonia en torno a una mujer llamada Nyabingi
quien liberó a los hutu de la posición subordinada
en que los mantenían los tutsi.
En la cultura maya, la relación del hombre primitivo con
la mujer era de respeto por ser esta última símbolo
de la tierra a fecundar, según Carlos Enrique Boro.
También se recuerdan como matriarcales las culturas mapuche
(Chile) y la cántabra, pueblo que habitó parte de
las actuales provincias de Cantabria, Vizcaya, Palencia, Burgos
y Asturias (España a. C.).
Las monarquías también han tenido su tinte matriarcal.
En España fue muy fuerte la figura de Isabel la Católica
(1451-1504) que dirigió el reino aun con su esposo al lado.
Patrocinó los viajes de Cristóbal Colón y expulsó
a los árabes de la Península Ibérica.
En Rusia, la zarina Catalina II la Grande (1729-1796), en el trono
desde 1762 hasta 1796, derrocó a su esposo, Pedro Romanov,
y tomó la dirección del imperio.
En Inglaterra, por ejemplo, a la muerte de Eduardo VI, hijo de
Enrique VIII (1491-1547), la corona se colocó sobre la cabeza
de una mujer. Nunca antes en Inglaterra una mujer había reinado,
pero María (1516-1558) fue monarca de Inglaterra e Irlanda
entre 1553 y 1558. Luego, la sucedió su media hermana Isabel
I (1533-1603) que reinó desde 1558 hasta su muerte. Durante
sus reinados, estas mujeres implantaron en el pueblo sus religiones:
María, el catolicismo; e Isabel, el protestantismo.
Siempre en suelo británico, Victoria I, reina de Inglaterra
y emperatriz de la India, expandió su poder por parajes exóticos
y su matrilinealidad fue tal que, curiosa y trágicamente,
influyó incluso en la salud de sus descendientes: transmitió
la hemofilia a su octavo hijo, Leopoldo, y esta enfermedad congénita
continuó hasta llegar a Alexei Romanov (1904-1918), hijo
de su nieta Alexandra Fedorovna, esposa de Nicolás II, el
último zar de Rusia.
El poder de estas mujeres fuera de su familia no implica un matriarcado
convencional; sin embargo, dirigían un pueblo al que llamaban
hijos, y ellos, las madres.
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Durante 37 años, Buenaventura Cornejo de Mátal vivió
la misma rutina: a las 6 de la mañana, su madre, Francisca de Cornejo,
se levantaba, preparaba la casa, iba a misa, administraba su finca de
café, mantenía una tienda, cocinaba, y hasta cosía
alguna ropa para los hijos. Tenía cinco: cuatro mujeres y un hombre.
Doña Buenaventura era la última mujer, y tenía seis
años cuando murió su padre.
Mi mamá quedó viuda a los 38 años, cuenta
doña Buenaventura. Y agrega orgullosa: No era fea, tenía
una gran personalidad, y hasta tuvo pretendientes. Pero dijo que no se
iba a casar, para dedicarse a sus hijos.
Y no se casó. Nunca. Se dedicó a los hijos, a los negocios,
y a la casa en Guadalupe (San Vicente). Y en esa casa crecieron dos generaciones:
Cuando dos de mis hermanas se casaron, vivieron en la casa materna.
Y ahí se criaron los nietos. Y la casa se hizo grande, como se
hizo la vida. Siempre guiada, administrada, supervisada, por doña
Francisca, la madre.
Líderes a media luz
¿Este estilo de vida es en realidad una estructura matriarcal?
¿Otras mujeres salvadoreñas, como doña Francisca,
forman matriarcados, en silencio?
La sociedad reconoce únicamente los patriarcados: los hombres
detentan y ejercen el poder político y económico.
Hasta el día de hoy, en ninguna sociedad se ha encontrado
un sistema matriarcal, dice desde la trinchera antropológica
Ramón Rivas, pero reflexiona sobre la realidad nacional: El
reconocimiento cultural existe. Todos reconocemos que aquí la mujer
juega un papel preponderante en la familia, y su actual estructura reafirma
eso: si vemos las estadísticas, hay un buen número de mujeres
que tienen que criar solas a los hijos, sin la ayuda del marido.
Y las estadísticas lo dicen: según el Programa de las
Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD), hasta octubre del año
pasado, 500 mil hogares eran comandados por mujeres en El Salvador. Una
equivalencia al 32% de todos los hogares del país.
Solo en San Salvador, 170 mil hogares tienen a la cabeza a la madre,
por razones de viudez o irresponsabilidad paterna, según la Dirección
General de Estadísticas y Censos (DIGESTYC).
En el interior de estos hogares existe un legítimo matriarcado
no reconocido: las mujeres dirigen la economía del hogar, además
de implantar en sus hijos los valores y las acciones culturales.
El historiador e investigador Rafael Lara Martínez explica que
faltan estudios para determinar o negar la presencia de matriarcados en
el país. No hay investigación sobre el comportamiento
sexual ni cotidiano de las familias salvadoreñas.
Haya existido o no el matriarcado en la Historia, este existe
como idea y límite imaginario a la preponderancia de lo masculino
en la sociedad actual y en muchas del pasado, asegura.
En el caso de doña Francisca, el poder de la madre sobrepasó
el rol sexual. A mi hermano Tomás lo castigaba, no lo consentía
por ser hombre, recuerda doña Buenaventura el papel de su
hermano, el menor de los cinco hijos.
Pero con un hombre ausente o presente, existen también aquellos
hogares en los que la mujer decide y administra. Para qué
le voy a mentir: aquí yo administro la casa, el dinero de mi esposo
y el mío, ríe doña Buenaventura con picardía.
Sucesoras de valores
El rol de la matriarca no solo reside en la batuta económica.
Los valores inculcados por ellas van desde la práctica o no de
una religión, la forma de comportarse en la sociedad, las tradiciones,
e incluso los valores cívicos.
Mi madre nos decía que fuéramos a votar, era importante
que lo hiciéramos, desmenuza sus valores doña Buenaventura.
Pero además de reafirmar su posición de ciudadana, la madre
les enseñó a cocinar, a coser, y en mi casa todas
las noches se rezaba el rosario. Toda la vida. Mi mamá era muy
religiosa, y nos inculcó eso, así como yo lo he hecho con
mis hijos.
Si una mujer determina las pautas de comportamiento y acción,
esté el hombre presente o no, prevalece un sistema matriarcal sobre
el patriarcal, dice Lara Martínez . Presupongo que
esto se acentúa en lugares como en nuestro país, en el cual
la ausencia masculina es fuerte en el hogar y la mujer asume las dotes
de ambos progenitores, agrega.
La sucesión de valores continúa hasta el idioma: la lengua
se llama madre porque es enseñada desde la cuna por
la madre, la guardiana. De hecho, en una familia bilingüe, el idioma
que prevalece es el hablado por la madre: la lengua madre.
Luchas maternas
Que las mujeres tengan las riendas del hogar no significa que reproduzcan
valores a favor de las mujeres, que estén conscientes de tener
un matriarcado en sus manos, o que inculquen feminismo. Ellas pueden
caer en la trampa y volverse más machistas que los hombres: inculcar
en sus hijos un sentimiento varonil de la vida. Matriarcado no es sinónimo
de feminismo, disipa la confusión Lara Martínez.
En su libro No soy feminista, pero..., Shopie Grillet establece
que feminista es aquella mujer que lucha por defender sus derechos, pero
la mayoría de las jefas de hogar, solteras o abandonas por los
padres de sus hijos, apenas conocen de lo que pueden hacer para exigir
la responsabilidad paterna.
La Procuraduría General de la República establece que
hasta el año pasado había 13 mil 888 padres demandados por
cuotas alimenticias en todo el país. El número de hogares
abandonados suma el medio millón.
A pesar de ello, el investigador histórico Carlos Cañas
Dinarte considera que no hay matriarcados simbólicos en la Historia
salvadoreña, aunque enfatiza que en el país hay muchos síntomas
de matriarcado que tienen que ver con el poder ejercido por las mujeres:
independencia, sostenimiento del hogar, transmisión de valores.
La mujer con poder no debe ser solo un poder político,
sino económico, intelectual. En ese sentido ha habido varias mujeres
importantes, expresa Cañas Dinarte, aunque explica que el
único matriarcado que se arriesga a reconocer como tal es el de
Mercedes de Meléndez, madre de los ex presidentes Carlos y Jorge
Meléndez, a principios de siglo XIX (lea nota aparte).
Si los matriarcados son reconocidos o no, no es un elemento que cambie
el estilo de vida de familias como la de doña Buenaventura. En
su familia, al igual que en otros cientos, las mujeres seguirán
guiando el hogar, imponiendo sus valores y manejando los hilos de una
sociedad que no las reconozca.
Es un hecho sociopolítico y una construcción social.
El matriarcado es un hecho, pero el patriarcado es una construcción
social, y por ser construcción social , trasciende y llega hasta
lo político, y es legítimo, resume Ramón Rivas.
Como contraparte a la sociopolítica, doña Buenaventura
coloca el reconocimiento que su pueblo otorgó a su madre como autoridad.
Cuando mi mamá murió, la sala estaba llenísima
de flores, y cuando la llevamos al cementerio, como Guadalupe es un pueblo
en declive, yo volví a ver hacia atrás: ¡eran mares
de personas los que nos acompañaron a enterrarla, ellos la reconocían
como una mujer bondadosa y fuerte.
Mujeres con poder
El Salvador ha tenido mujeres importantes. Ellas desde su mecedora imponente
han guiado los rumbos de su familia.
Dos familias fueron emblemáticas para la Historia nacional, no
por lo que hicieron, no por lo que dejaron, sino más bien porque
fueron dirigidas por mujeres.
Se trata de las hermanas Barrientos, en Izalco, y de doña Mercedes
Rodríguez de Meléndez. Fueron cinco mujeres que en sus manos
manejaron los hilos de familias poderosas.
Tránsito, Refugio, Dolores y Manuela Barrientos, quienes desde
1893 (cuando murió el último hombre de la familia), hasta
1952, cuando falleció Refugio, tuvieron las riendas de una de las
familias más poderosa de Izalco.
El estudioso de esa familia, Carlos Leiva, asegura que las Barrientos
eran reconocidas por su fortuna, hecha a base del comercio de ganado.
Además, difundieron el catolicismo en la época.
Ningún hombre tuvo el mínimo acceso a una parte de la administración,
ninguna de las cuatro se casó. Bajo su cargo estuvo también
la educación de los hijos de dos de sus hermanos quienes salieron
de la casa materna desde muy jóvenes.
Las niñas Barrientos, como eran conocidas, lograron
tener muchas libertades para su época debido al poder que tenían:
podían fumar en público, actitud imperdonable en las damas
de sociedad, pero ellas eran reconocidas como fumadoras incontrolables;
celebraban frecuentes fiestas en su mansión en donde entraban quienes
querían.
La gran matriarca
Otra mujer con un buen puesto en la Historia fue Mercedes Rodríguez
de Meléndez, nacida en 1840, cuando las mujeres estaban recluidas
en la vida doméstica y el poder era una cosa de hombres.
Doña Mercedes Rodríguez de Meléndez estuvo a la
cabeza de una de las familias más importantes: los Meléndez.
Entre 1913 y 1927 El Salvador tuvo a tres presidentes; dos eran hijos
de doña Mercedes y un tercero, su yerno. Fue la época de
la dinastía de los Meléndez Quiñónez.
Doña Mercedes amasaba una de las fortunas más grandes del
país, era el florecimiento de la producción agrícola
basada en el café y la caña de azúcar; iniciaba también
el desarrollo industrial del que la familia Meléndez era pionera.
El poder llegó a sus manos al enviudar y quedar al frente de
10 hijos: cinco hombres y cinco mujeres.
Para el investigador histórico Carlos Cañas Dinarte, la
figura de Mercedes de Meléndez tuvo mucha fuerza en la Historia
del país, de hecho, movió cielo y tierra para que
sus hijos fueran presidentes de la República.
Sophie Grillet, en su libro No soy feminista, pero..., asegura
que muchas sociedades arcaicas eran matriarcales, las mujeres eran
más importantes. Las madres son las que se encargan de la educación
y el cuidado de los hijos.
De la sangre a la tinta
La figura de la matriarca ha sido transformada en protagonista literaria.
Aquí, algunos ejemplos.
Con el tiempo, doña Mimosa adquiriría una sólida
autoridad moral sobre la familia. Enterró al marido, crio 11 hijos,
ayudó a criar a 20 nietos. A los 100 años estaba lúcida
y atenta. Varias generaciones de su familia tenían que orientarse
por su nariz. Y doña Mimosa no fallaba, describe el brasileño
Luis Fernando Veríssimo (1936) en su cuento La roca.
La roca de esa familia era la matriarca. Y doña Mimosa, como
tal, podía decidir en todos los asuntos familiares. Desde la cotidianidad:
Abuela, el bebé tiene hipo, Colócale un
algodón mojado en la frente; hasta la vida sexual de su prole:
He notado que la hija de Juraci suda mucho, necesita un marido.
Hay que casarla, ordenaba.
La palabra de la matriarca era hecho: obligaban su autoridad y su edad.
Eso lo cuenta un brasileño que es escritor, pero también
pueden contarlo en la calle.
Historias matriarcales
Hay una simbiosis entre la literatura y la realidad: muchas veces
la forma en como contamos las historias reales sigue los modelos que ya
la literatura ha puesto a nuestra disposición, explica Marielos
Tenorio, doctora en Literatura Latinoamericana.
Y así las historias matriarcales han llegado a la pluma. Algunas
más exageradas, como Los funerales de la Mamá Grande
que el colombiano Gabriel García Márquez (1928) escribió
en 1962.
Aquí, el Nobel de Literatura pinta un matriarcado estéril:
una matriarca que nunca tuvo hijos, nueve sobrinos, sus herederos
universales, y cuyo poder reside en el apellido: La rigidez
matriarcal de la Mamá Grande había cercado su fortuna y
su apellido con una alambra sacramental, en la que los familiares
se casaban entre sí; y en sus propiedades: Todo el mundo
se había acostumbrado a creer que ella era dueña de las
aguas corrientes y estancadas, llovidas y por llover, de los caminos vecinales,
del Macondo.
Lejos del realismo mágico, hay un matriarcado emergente y urgente
en Mujercitas (1868) de Louisa May Alcott (1832-1881). Está
marcado por un elemento histórico: la Guerra Civil norteamericana,
y la mujer asciende al poder en la ausencia de un hombre vivo.
Otro matriarcado literario es el de Como agua para chocolate
(1989) de la mexicana Laura Esquivel (1950). Aquí, la matrilinealidad
es un nudo que ahoga a sus protagonistas: un matriarcado patológico.
Según el libro Matriarcado... patológico del
psiquiatra español Esteban Murcia-Valcárcel, este tipo de
matriarcado es el que obliga a las madres a ejercer dominio sobre sus
hijos para no sentir abandono, soledad, como actúa
la madre de Como agua: decide el destino de tres sus hijas
y elige a una para que la cuide en la ancianidad. La elegida sería
soltera eternamente.
Quiénes cuentan
La visión del matriarcado puede variar según el sexo del
escritor. Al menos esto llama la atención de Tenorio: ¿Quién
escribe este cuento? Un hombre. ¿Y por qué la está
pintando como algo extraordinario? Porque si la Mamá Grande fuera
un hombre, el cuento no tendría razón de ser. Tiene razón
de ser precisamente porque es una mujer.
Y esta visión del escritor puede llegar ser conservadora, añade.
Lo leemos en Mujercitas: una mujer que asume el poder con
cierto miedo, en espera siempre del regreso del padre, de la figura del
poder convencional y socialmente establecido.
Además, es una estructura que aparece en defecto de (patriarcado),
no busca reproducirse al infinito, expresa Tenorio.
Lo escribe García Márquez: Algunos de los allí
presentes (en los funerales de la Mamá Grande) dispusieron de la
suficiente clarividencia para comprender que estaban asistiendo al nacimiento
de una nueva época. La matriarca polvo era.
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