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Ha recibido los más importantes premios editoriales y ocupa,
desde junio de 2004, el sillón de la j en la Real Academia
de la Lengua Española (RAE). Una de sus novelas hace una crucial
parada en El Salvador. Nosotros lo buscamos en su Madrid, en sus alturas,
y ahí lo encontramos dispuesto a darse a conocer frente a los posibles
lectores salvadoreños.
En un quinto piso de Martín de los Heros, una calle del barrio
madrileño de Argüelles, vive Álvaro Pombo. El encuentro
tenía que ser puntual. Y a las 6 de la tarde en punto presionamos
el timbre del 5-B. Sin preguntar nada, la puerta del portal sonó,
se abrió y la confianza invitó a pasar. La puerta del apartamento
también estaba abierta y nadie salió a recibirnos.
Entramos en un salón de unos cinco metros cuadrados, con luz
discreta y libros encaramados en las paredes. Una cama y dos sillas distintas
entre sí y un sillón naranja. Una puerta lleva a la terraza,
ahí está nuestro confiado anfitrión.
Es ya la última semana de marzo y al frío lo ha espantado
la llegada de la primavera. Pombo quitaba las plantas que las bajas temperatura
marchitaron irremediablemente. Deliberaba sobre quiénes darán
nueva vida a sus jardineras.
Jovial saluda como que no fuera la primera vez que nos ve. Sonriente
nos lleva a aquellos dispares asientos alrededor de una mesa con jamón
serrano (del más caro dice), quesos y pan. Abre una botella de
vino tinto y una botella de jugo que le han dicho que está muy
bueno.
Primero pregunto yo, advierte, y empieza. Casi dos horas
llevó su turno. Le interesa todo y cuenta con una encantadora facilidad
para la sorpresa.
Álvaro Pombo nació en Santander (España) en 1939.
Muy joven se fue a estudiar Filosofía en la Universidad de Madrid.
Fue profesor en un colegio del Opus Dei.
En 1966, en plena dictadura franquista, aceptó ser homosexual
frente a un policía. Esto le valió estar tres días
en una comisaría y perder su trabajo. Tenía 26 años
y quedó fichado: se tuvo que ir de España. Viajó
a Londres, donde residió hasta 1977. En Londres yo era un
cleaner, iba a limpiar casas por la mañana y por la
tarde, era imposible ser menos de lo que yo era a los 30 años,
cuenta hoy un laureado escritor de 66 años, y agrega: Yo
siempre cuento mi experiencia londinense diciendo que yo desaparecía,
era un homosexual insignificante, era muy solitario, no hablé con
nadie hasta que entré en la facultad en 1970.
Cursó el Bachelor of Art and Filosofy, en el Birberk Collage,
y no paró de estudiar desde entonces.
En 1977 regresó a España y publicó dos libros de
poemas, Protocolos y Variaciones. Después
de eso abunda la narrativa. Una sucesión de novelas y cuentos que
se han ganado el reconocimiento de los lectores, la crítica y la
academia.
Algunos especialistas inscriben la obra pombiana que aborda la
sustancia del pensamiento, la conciencia lingüística y la
homosexualidad en el movimiento del realismo subjetivo.
Otros, como Víctor García de la Concha, director de la
Real Academia de la Lengua, definen al también académico
como un novelista que ya está en el canon, un hombre que
no está encasillado en ningún movimiento. Es él;
solo se parece a sí mismo. Pombo entró en la RAE en
junio de 2004.
El Salvador y otras ideas
El cielo raso, una de sus novelas más recientes,
sitúa a uno de sus protagonistas en El Salvador. Este personaje,
lleno de autobiografía, es una síntesis genial de sus ideas
filosóficas y teológicas. La novela obtuvo el Premio de
Novela José Manuel Lara en 2001, un galardón destinado a
valorar la mejor obra en castellano a juicio del conjunto de los editores
españoles.
Pombo nunca ha estado en El Salvador, nuestro país es para él
una idea. Manifiesta un profundo entusiasmo por las figuras y las ideas
de Jon Sobrino, Ignacio Ellacuría y Monseñor Romero. La
parte salvadoreña de su novela se sustenta en los conceptos y valores
de estos y en el contexto en que vivieron, el cual conoce por documentación.
Es un hombre con posturas claras y poco usuales. Es homosexual y milita
desde el lenguaje por los derechos de los hombres que aman a otros
hombres, habla nuevas ideas de relación humana.
Ha sido quien ha llevado a la RAE la discusión sobre algunas palabras
y usos relacionados con la sexualidad de los individuos.
Sorprende a muchos su oposición a que la palabra matrimonio
se utilice para las uniones homosexuales. El matrimonio es una institución
burguesa, conservadora, pensada para una clase de relación determinada,
arguye, y se pregunta: ¿No nos arriesgamos nosotros a convertirnos
en simples imitadores, simples plagistas, si utilizamos este concepto
tradicional para referirnos a nuestras uniones?, escribió
en en la edición de marzo de la revista Zero.
Y dice más: He desconfiado siempre de las imitaciones.
Nuestro roles como miembros de una pareja tienen, en mi opinión,
muy poco que ver con los roles masculino y femenino que se dan en el matrimonio
heterosexual.
Sus libros, que son sus ideas, han obtenido los premios que hacen considerar
a cualquier escritor uno de los más importantes de la literatura
española. Su uso del lenguaje resulta visionario, pero no por eso
experimental, sino fundamentado en las normas, pero utilizándolas
a favor de la evolución y contra el estancamiento.
Premio Herralde de novela por El héroe de las mansardas
de Mansard; Premio de la Crítica por El metro de platino
iriado; Premio Nacional de Narrativa y Premio Ciudad de Barcelona
por Donde las mujeres; Premio Fastenrath de la Academia de
la Lengua por La cuadratura del círculo; son unos de
los premios más relevantes que Pombo ha obtenido.
La académica Carmen Iglesias afirmó, durante el acto de
incorporación de Pombo a la RAE: Álvaro Pombo ha reivindicado
siempre esa complejidad y esa dualidad de lo interior y lo externo, que
puede armonizarse relativamente en la intensa vida interior.
Un hombre de altas letras que aporta ideas al mundo de hoy, con el toque
pícaro de un genio y la sabiduría de un maestro que prefiere
un cielo cercano para dibujar sus letras.
En la vida hay que elegir entre ser Aquiles o
ser Homero
Uno piensa en los miembros de la Real Academia de la Lengua Española
(RAE) y a priori ese halo de pureza lingüística intimida un
poco...
Vamos a ver. Yo no sé muy bien porque entré ahí.
Cuando Luis María Anson me llamó por teléfono para
decirme que iba a entrar solo le dije: Muchas gracias, me siento
muy honrado. Nunca jamás había pensado en la Academia,
aunque ya había recibido el Premio Fastenrath de la RAE (por La
cuadratura de círculo, en 2001), considerado como pórtico
para la Academia, yo no lo consideraba.
¿Fue totalmente inesperado? ¿No hay cabildeo, candidatos,
campaña y esas cosas?
A uno lo proponen y luego hay votaciones. A mí me propusieron
Mateo Díez, Luis María Anson y Francisco Rico. La votación
de los dos tercios necesarios se dio en diciembre de 2002, pero ingresé
al sillón j (jota minúscula) en junio del año
pasado.
Pero es un cargo vitalicio de relevancia, no es que baste una recomendación
y ya.
Te voy a leer lo que dice el diploma. [Se levanta, arrastra una silla
y se dispone a bajar el diploma enmarcado que corona el umbral de una
de las puertas interiores. Es grande, enmarcado, el vidrio está
roto y con polvo. Lo baja y no con pocas dificultades. Lo acerca y lo
lee apresurado y resume]: Atendiendo a los méritos literarios
y demás circunstancias favorables y muy particularmente bla bla
bla... el sillón jota pequeña... bla bla bla por su afición
al estudio y el cultivo de la lengua castellana... Yo no me esperaba
esto.
Ahí dice que es un estudioso.
Eso sí es verdad. Yo he sido muy estudioso. No soy un novelista
popular, yo sé muchas cosas. He estudiado filología, filosofía,
teología, historia. Para escribir una novela donde mi personaje
pasa un tiempo en El Salvador me documenté bastante. Yo trabajo
con ese material. Y también es verdad que he amado y cultivado
la lengua española en todas las ramas posibles.
La literatura es una de las ramas y cada escritor tiene su fuerte
¿Cuál es el suyo?
Mis personajes estás hechos muy desde el lenguaje. Yo le doy
mucha importancia a la manera de hablar propia de cada época y
lugar. Carmen Martín Gaite dice que soy muy buen dialogador. Y
es verdad. Tengo muy buen oído para las conversaciones, y escribo
desde lo que oigo. Por eso mis personajes salvadoreños hablan muy
poco, porque no he oído hablar a muchos salvadoreños.
La lengua hablada y la escrita se mantienen en disputa permanente
en la RAE.
La lengua castellana hablada es una parte de la lengua castellana a
la que yo le doy mucha importancia. Francisco Umbral ha construido todo
un lenguaje que se supone que reproduce el habla de la calle, como pretendíó
la zarzuela, yo no hago eso, yo estilizo el lenguaje popular. Tengo un
oído parecido al de Joaquín Sabina para ciertos giros del
lenguaje popular.
Este año se enfatiza mucho que no se puede hablar del español
sin hablar de Don Quijote ¿Está de acuerdo?
Es una pregunta comprometida. ¿Qué dirían en El
Salvador si yo digo que no he leído el Quijote? Yo lo leí
en la escuela, con los escolapios, porque nos obligaban y no tengo una
buena experiencia de eso. Era una lectura muy arcaizante, teníamos
que leer en voz alta. Lo qué sí aprendí fue a leer
en voz alta. Entonces, de leer el Quijote no saqué casi nada, solo
el gusto por la lectura en voz alta, hacerla y oírla.
Es muy auditivo usted.
Es que en voz alta conocí la literatura. Después estuve
con los jesuitas, y ellos también me leyeron en voz alta Don
Camilo de Giovanni Guareschi, casi todo Shakespeare, Embajador
en el infierno de Luca de Tena, y mucho más, y me quedó
el oído literario desde entonces.
Bueno, pero dijo que era comprometida la pregunta por el Quijote.
[Piensa un momento] Es que yo soy un académico de la lengua y
yo no soy entusiasta del Quijote. Me interesa la figura de Cervantes,
la vida emocionante de un tímido que tuvo una vida perreada, que
supo y no supo a la vez quién era. Don Quijote dice: Yo sé
quién soy, y uno se pregunta si Cervantes también
lo sabía.
De la vida y la personalidad de Cervantes, por mucho que se haya
escrito, siempre queda mucho misterio.
Sabemos muy poco de Shakespeare también. Yo tengo una teoría:
en la vida hay que elegir entre ser Aquiles o ser Homero. El literato
no es un hombre de acción, es un hombre que escribe y que está
al margen. Cervantes era un hombre maltratado por la sociedad brutal y
la competitividad de la época, como otros chulos de barrio que
había por aquí. España era un país de chulos,
de hidalgos muertos de hambre con ínfulas y muy hijos de puta,
el Siglo de Oro fue un siglo de hijos de puta, solo hay que verlos cómo
se peleaban e insultaban, se plagiaban entre sí .
¿Y cómo es que surge un personaje como el Quijote en
un siglo de hijos de puta?
Cervantes inventa un personaje fuera del tiempo, retrasado, que vive
en una época anterior y que quiere entrar en el tiempo presente.
Inventó un pícnico, a Sancho Panza, que hoy encontramos
en la Mancha, hizo una tipología del hombre español. Yo
le tengo mucha simpatía a Cervantes, pero me cansa un pelín.
Me gustan mucho sus novelas ejemplares. Eso es lo que voy a decir del
tema del año.
¿Cómo llegó El Salvador a su novela El
cielo raso?
Llegó a través de los jesuitas. Yo tenía un personaje,
un homosexual, muy parecido a como yo he sido. Lo echan de España
y se va a Londres, pero ahí vive encerrado, no hay perspectiva
para una vida libre. Entonces el personaje quiere irse lejos y escogió
El Salvador casi al azar. Pero yo, el autor, elijo El Salvador porque
estaba pasando lo de los jesuitas, bueno, me di cuenta de lo que pasó
con los jesuitas allá después de que pasó, porque
cuando pasó yo no me interesaba por esas cosas y menos por el cristianismo.
Yo vuelvo a pensar en el cristianismo cuando muere mi madre en 1992.
¿Qué tenía que ver la religión con el
personaje?
La razón por la cual a mí me parece muy lógico
poner a mi personaje en El Salvador es que hay un movimiento cristiano
que no es el individualista de la salvación del alma, sino uno
de la salvación de todas las personas. Ellos ya no hablan de salvación,
sino de liberación. Al fin y al cabo solo bajo esa idea es que
un homosexual deja de ser un paria, un marginado como nosotros vivíamos
en aquellos años.
¿Usted vivió como un paria por ser homosexual?
Claro. Yo fui marginado, me echaron del colegio donde trabajaba, me
echaron del país por ser homosexual. Lo cuento en El cielo
raso, eso me pasó a mí. A mí me detienen una
madrugada, a las 3, yo estaba sentado en la Plaza de España y llegó
un policía, se acerca a mí, y me pregunta: ¿Tú
eres maricón?, y yo le dije: Sí, sí soy
maricón. Entonces me llevaron a la comisaría y me
tienen tres días ahí, y luego me llevan a gobernación,
ahí me hacen decir dónde trabajo, y yo trabajaba en un colegio
de Opus Dei. Llamaron al colegio y me echaron del trabajo. Fue injusto,
yo no hacía nada malo. Si hubiera estado follando con alguno sí
me tenían que haber agarrado, pero no fue así.
¿Por qué respondió que sí?
Porque así respondo yo. Nunca he dicho que no soy maricón.
Nunca lo he aireado, pero cuando me lo preguntan no miento. El costo fue
que tuve que salir de España, me fui a Inglaterra, y ahí
me volví un ser invisible.
Pero, a diferencia del personaje, usted no se subió a ese
avión rumbo a El Salvador.
No. Yo nunca fui a El Salvador. Pero mi personaje se salvó por
ese viaje. Yo quise ponerlo en el centro de un movimiento donde la preocupación
era desindividualizante. Como lo explica Jon Sobrino en esos diálogos
que son entrevistas que yo reproduzco literalmente en el libro. A mí
eso me pareció que era la manera en que mi personaje encontraría
también su liberación. Mis novelas tienen ideas, posturas
y mucha información.
Y mucha imaginación...
Claro, yo puse a El Salvador que imaginaba, por la gente que imaginaba
luchando por liberarse. Yo quería contar eso en ese libro: alguien
que aprende la lección del desinterés y de la solidaridad.
¿Quisiera ir a El Salvador real?
El mundo se divide en viajeros y sedentarios. Me encantaría ir,
pero soy muy mal viajero. No he estado en El Salvador, pero tampoco he
estado en Torrelodones, aquí en Madrid. Pero si voy un día
no reconocería nada. Como cosa importante para mí solo buscaría
la tumba de Ellacuría, porque su vida me parece lo más emocionante
y vital. Es un libertador de la ignorancia. Me gusta.
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