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Se te salió el indio. Este refrán popular ha ilustrado
por décadas las actitudes iracundas de los salvadoreños.
Hace un par de años, la Policía atribuyó a esa condición
étnica el origen antropológico de la criminalidad contemporánea.
Somos violentos por nuestros orígenes indígenas, planteó
el portal oficial de la Policía Nacional Civil. La frase desató
agrios señalamientos contra la autoridad.
La condena contra la institución cesó. Pero el dicho sigue
circulando. Entre algunas comunidades indígenas sonsonatecas el
adagio popular es interiorizado como una manifestación tan violenta
como la marginación económica y social.
Esos dichos son formas despectivas de tratar al indígena, reclama
Valentín Pérez, miembro de la Asociación Nacional
de Indígenas de Santo Domingo de Guzmán (ANISDOG).
A eso súmele que los gobiernos no nos toman en cuenta, que
nos imponen precios de semillas, pero no nos compran nuestra cosecha al
precio que nosotros queremos. Nos califican como gente bruta, enojada,
ignorante, que reclama cosas injustas, comenta el sexagenario desde
su casa, ubicada a pocos metros de una delegación policial.
Los agentes aseguran que los casos de violencia doméstica son
los más recurrentes. Lo que no declaran es que entre 2002 y 2004
hubo cinco homicidios, de acuerdo con el Instituto de Medicina Legal.
A muchos nahuahablantes los tildan de bravos debido a nuestros
códigos de desconfianza con la gente que no es de nuestra comunidad,
agrega Genaro Ramírez. Este indígena de 71 años,
que dirige la casa de la cultura de Santo Domingo de Guzmán, alude
a varios patrones de conductas reseñados por varios funcionarios
coloniales en los cuales los nativos dan respuestas parcas y nada comprometedoras.
Sin embargo, para el filólogo David Hernández, el proverbio
pone en evidencia el menosprecio por lo propio y el trauma psicolingüístico
de la traición y la violación de la Malinche, la indígena
amante y traductora de Hernán Cortés. Es la expresión
de una discriminación étnica ejercida por los supuestos
mestizos o civilizados quienes ven en lo indio un signo de
atraso, de barbarie, de salvajismo, de ignorancia, añade.
¿Pero por qué se atribuyen características de bravía
y hasta de violencia a nuestros ancestros? ¿Será su carácter
guerrero? No estoy de acuerdo, señala tajantemente
Gregorio Bello Suazo, director del Museo Nacional de Antropología
(MUNA). Guerras ha habido en toda la historia de la humanidad. Antes
eran guerras santas. Hoy son por intereses económicos.
La sociedad precolombina, al igual que muchas civilizaciones del Viejo
Mundo, han practicado diferentes ritos de dominación.
De eso dan muestra los cautivos lanzados a las fauces de los felinos
en Roma, las representaciones del Xipe Tótec (el dios mesoamericano
de la fertilidad y la guerra que era cubierto con la piel de los prisioneros
caídos en combate a quienes previamente se les arrancaba el corazón),
todas las maquinarias de guerra diseñada por los hombres más
ilustrados durante el Renacimiento.
A la defensa de los indígenas salvadoreños, Bello Suazo
trae a cuenta los escritos coloniales: las descripciones del intendente
de Guatemala, Francisco Gutiérrez y Ulloa. En sus reseñas,
el funcionario español califica a los indígenas como borrachos
que vivían en el abandono y la promiscuidad ya que andaban desnudos
y se bañaban juntos.
Durante el repartimiento indígena (trabajo forzado durante la
colonia) se registró la huida de los nativos para evitar las extenuantes
jornadas laborales. También hubo sublevaciones indígenas,
especialmente durante el apogeo del añil. Estas eran precedidas
la marginación y extensas horas de trabajo. Si los indígenas
pusieron resistencia fue en respuesta a la dominación, dice
Bello Suazo.
El antropólogo Ramón Rivas agrega que ese espíritu
de resistencia es expresada por los grupos marginados contemporáneos.
La violencia es aprendida. Lo peligroso es que se vuelva tradición
, ya que estas no suelen desaparecer sino transformarse, dice.
De tomar como cierta la idea de la herencia indígena violenta,
las actuales comunidades indígenas encarnarían ese perfil.
Pero hoy en día sucede todo lo contrario. Son pasivos y se
reivindican a través de las tradiciones y sus bailes, resalta.
Aunque en muchos bailes abundan corvos y espadas.
El psicólogo Orlando Villacorta es de la opinión que los
seres humanos y las especies animales comparten el instinto de la agresión
que no es más que una respuesta biológica automática
para conservar la especie y la vida. Pero aclara que los animales no son
violentos. Matan para conservar la especie, no por placer, ejemplifica.
Los seres humanos en cambio tenemos un defecto en nuestra configuración
emocional: la perversidad. De ahí que defina la violencia
como un deseo de dominación absoluta. Agrega que el instinto de
agresión y las perversiones pueden ser exacerbados o inhibidos
gracias a la cultura de una comunidad o de la familia.
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