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[ Reportaje ]
¿Violentos por nuestros ancestros?

Escribe: Blanca Abarca Fotos: Álvaro Castanea, EFE y archivo.

rdominical@laprensa.com.sv
Las comunidades indígenas -otrora víctimas de la explotación colonial, el exterminio y margjnación económica y social- son señalados en regranes como violentos.

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Resabios del 32

Ser indígena tuvo connotaciones políticas muy duras a inicios del siglo pasado. A partir de 1932 -año de la masacre indígena durante la batalla de exterminio de los indios comunistas- todo lo que era considerado indio fue “reprimido y condenado al olvido”, recuerda el filólogo y escritor salvadoreño David Hernández.

La discriminación en los años posteriores obligaron a los indios a esconder su identidad por temor a la represión. Se estima que la población indígena salvadoreña pasó de un 55% a un 44% entre finales del siglo XIX y 1940. Después, esta se redujo al 7% para 1987. En poco más de medio siglo desaparecieron los indígenas salvadoreños. Tras esos acontecimientos, el país se dice mestizo, hispanohablante y católico. “En la segunda mitad del siglo XX experimentaron (las identidades indígenas) un proceso de negación o de invisibilización”, cita el informe de Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo. Aunque persisten organizaciones con capacidad de movilización.

Se te salió el indio. Este refrán popular ha ilustrado por décadas las actitudes iracundas de los salvadoreños. Hace un par de años, la Policía atribuyó a esa condición étnica el origen antropológico de la criminalidad contemporánea.

Somos violentos por nuestros orígenes indígenas, planteó el portal oficial de la Policía Nacional Civil. La frase desató agrios señalamientos contra la autoridad.

La condena contra la institución cesó. Pero el dicho sigue circulando. Entre algunas comunidades indígenas sonsonatecas el adagio popular es interiorizado como una manifestación tan violenta como la marginación económica y social.

Esos dichos son formas despectivas de tratar al indígena, reclama Valentín Pérez, miembro de la Asociación Nacional de Indígenas de Santo Domingo de Guzmán (ANISDOG).

 

“A eso súmele que los gobiernos no nos toman en cuenta, que nos imponen precios de semillas, pero no nos compran nuestra cosecha al precio que nosotros queremos. Nos califican como gente bruta, enojada, ignorante, que reclama cosas injustas”, comenta el sexagenario desde su casa, ubicada a pocos metros de una delegación policial.

Los agentes aseguran que los casos de violencia doméstica son los más recurrentes. Lo que no declaran es que entre 2002 y 2004 hubo cinco homicidios, de acuerdo con el Instituto de Medicina Legal.

“A muchos nahuahablantes los tildan de bravos debido a nuestros códigos de desconfianza con la gente que no es de nuestra comunidad”, agrega Genaro Ramírez. Este indígena de 71 años, que dirige la casa de la cultura de Santo Domingo de Guzmán, alude a varios patrones de conductas reseñados por varios funcionarios coloniales en los cuales los nativos dan respuestas parcas y nada comprometedoras.

Sin embargo, para el filólogo David Hernández, el proverbio pone en evidencia el menosprecio por lo propio y el trauma psicolingüístico de la traición y la violación de la Malinche, la indígena amante y traductora de Hernán Cortés. “Es la expresión de una discriminación étnica ejercida por los supuestos mestizos o ‘civilizados’ quienes ven en lo indio un signo de atraso, de barbarie, de salvajismo, de ignorancia”, añade.

¿Pero por qué se atribuyen características de bravía y hasta de violencia a nuestros ancestros? ¿Será su carácter guerrero? “No estoy de acuerdo”, señala tajantemente Gregorio Bello Suazo, director del Museo Nacional de Antropología (MUNA). “Guerras ha habido en toda la historia de la humanidad. Antes eran guerras santas. Hoy son por intereses económicos.”

La sociedad precolombina, al igual que muchas civilizaciones del Viejo Mundo, han practicado diferentes ritos de dominación.

De eso dan muestra los cautivos lanzados a las fauces de los felinos en Roma, las representaciones del Xipe Tótec (el dios mesoamericano de la fertilidad y la guerra que era cubierto con la piel de los prisioneros caídos en combate a quienes previamente se les arrancaba el corazón), todas las maquinarias de guerra diseñada por los hombres más ilustrados durante el Renacimiento.

A la defensa de los indígenas salvadoreños, Bello Suazo trae a cuenta los escritos coloniales: las descripciones del intendente de Guatemala, Francisco Gutiérrez y Ulloa. En sus reseñas, el funcionario español califica a los indígenas como borrachos que vivían en el abandono y la promiscuidad ya que andaban desnudos y se bañaban juntos.

Durante el repartimiento indígena (trabajo forzado durante la colonia) se registró la huida de los nativos para evitar las extenuantes jornadas laborales. También hubo sublevaciones indígenas, especialmente durante el apogeo del añil. Estas eran precedidas la marginación y extensas horas de trabajo. “Si los indígenas pusieron resistencia fue en respuesta a la dominación”, dice Bello Suazo.

El antropólogo Ramón Rivas agrega que ese espíritu de resistencia es expresada por los grupos marginados contemporáneos. “La violencia es aprendida. Lo peligroso es que se vuelva tradición , ya que estas no suelen desaparecer sino transformarse”, dice.

De tomar como cierta la idea de la herencia indígena violenta, las actuales comunidades indígenas encarnarían ese perfil. “Pero hoy en día sucede todo lo contrario. Son pasivos y se reivindican a través de las tradiciones y sus bailes”, resalta. Aunque en muchos bailes abundan corvos y espadas.

El psicólogo Orlando Villacorta es de la opinión que los seres humanos y las especies animales comparten el instinto de la agresión que no es más que una respuesta biológica automática para conservar la especie y la vida. Pero aclara que los animales no son violentos. Matan para conservar la especie, no por placer, ejemplifica. “Los seres humanos en cambio tenemos un defecto en nuestra configuración emocional: la perversidad”. De ahí que defina la violencia como un deseo de dominación absoluta. Agrega que el instinto de agresión y las perversiones pueden ser exacerbados o inhibidos gracias a la cultura de una comunidad o de la familia.




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