|
Norihiro Hagita puso hace poco a su hija de tres años y a su
madre en una habitación con un robot y las dejó allí
durante dos horas. Al principio, la niña y el robot charlaron y
jugaron. Cuando le robot le pidió que lo abrazara, ella obedeció
alegremente. Pero después de un rato, a los dos se les agotaron
las cosas nuevas para hacer y la pequeña se desplomó en
el piso para dormir una siesta. El robot esperó hasta estar seguro
de que la pequeña realmente había perdido el interés,
se acercó entonces a la madre y entabló una conversación.
"Ahora viene la parte interesante," dice Hagita, señalando
a la niña en la cinta. "¿Ve cómo se incorpora
y observa? El robot está dialogando con su madre y eso la hace
enojar." No puede evitar una sonrisa. "El robot le dio celos."
Mientras en casi todo el mundo, los ingenieros tratan de fabricar robots
que lleven a cabo tareas específicas y a menudo desagradables,
desde combatir guerras hasta realizar rescates en aguas profundas, los
ingenieros japoneses están obsesionados por fabricar máquinas
que sean más humanas. Después de poner al país firmemente
a la vanguardia del mercado de robots industriales en las últimas
dos décadas, ahora trabajan en una nueva generación de robots
que actuarán como compañeros de juego, mascotas y trabajadores
sociales. Hagita dice: "El objetivo es construir un entorno inteligente
para la simbiosis de los robots y los seres humanos en la vida cotidiana.
El verdadero desafío es lograr robots que puedan comunicarse con
las personas."
La clave está en resolver la infinidad de problemas técnicos
que impiden fabricar robots con los cuales sea fácil vivir -- desde
comprender el habla y los gestos hasta establecer contacto visual y tener
conciencia del "espacio personal" de los humanos. Los roboticistas
en Japón hablan de la "inteligencia social" o la "experiencia
compartida" de una máquina.
Los primeros integrantes de la nueva generación de humanoides
tienen en este momento una especie de fiesta de presentación en
la World Expo de Aichi, que se inauguró en marzo y continúa
hasta septiembre. Los invitados son recibidos por una recepcionista androide
de sexo femenino que dice 30.000 expresiones en cuatro idiomas y que sabe
incluso rechazar avances inoportunos de Homo sapiens masculinos. El robot
danzante asombrosamente flexible de Sony QRIO demuestra por qué
llegó a actuar incluso como embajador no oficial del Primer Ministro
Junichiro Koizumi en algunos de sus viajes al exterior. Los robots Partner
de Toyota, que tocan instrumentos musicales usando labios y pulmones artificiales,
están atrayendo a sus conciertos multitudes que agotan las entradas.
Si bien estos robots constituyen un gran adelanto respecto de los cacharros
de aparatos de hace unos años, son simplemente un primer borrador.
Los científicos que trabajan en el laboratorio están alistando
un nuevo ejército de máquinas aún más sensibles.
Dar a los robots un sentido del tacto es una manera importante de hacerlos
más humanos. En el Advanced Telecommunications Research Institute
International, o ATR, cerca de Kioto, Hagita y sus colegas están
trabajando en el equipamiento de un robot prototipo con piel gruesa color
crema hecha con capas de silicona que tienen incrustados infinidad de
sensores pequeños. Al tocar el robot en la espalda, éste
se da vuelta y saluda.
La tarea más difícil tal vez sea conseguir que los robots
comprendan el hablar humano de la vida real. Separar las palabras de los
ruidos de fondo y analizar el lenguaje ha resultado ser un problema formidable.
Por esa razón, los científicos están tratando de
dar a los robots otros medios que no sean el lenguaje para comprender
lo que la gente les dice. Una tecnología promisoria apunta a ayudar
a los robots a deducir las relaciones entre sus interlocutores humanos.
Hagita y sus colegas están programando robots para que observen
cuánto tiempo las personas pasan juntas en una habitación
y tener en cuenta las amistades entre las personas cuando se comunican
con ellas. Comprender la variedad de gestos y signos que las personas
usan para complementar el lenguaje también ayudaría. Otros
científicos del ATR han estado confeccionando mantas para cunas
que pueden programar en robots para ayudarles a deducir que un ser humano
sonriente probablemente está feliz, mientras que uno con el ceño
fruncido en general no.
Una de las formas más eficaces de superar los problemas de comunicación
es al parecer ayudar a los robots a hablar entre sí. Dos robots
humanoides que comparten notas entre sí podrían reunir información
sobre sus cargas humanas para averiguar lo que quieren. Los robots podrían
levantar información de Internet, PDA o TV de circuito cerrado.
Otra rica fuente potencial de información son las etiquetas de
Identificación inalámbricas. En una feria industrial, una
recepcionista autómata podría usar etiquetas para identificar
a los visitantes y adquirir información sobre ellos -- qué
tipo de trabajo hacen, de dónde vienen, etcétera. Podría
reunir más datos sobre el visitante con "sensores ubicuos,"
que van de micrófonos a sensores biométricos y TV de circuito
cerrado -- señalando dónde les gusta comer, o a qué
charlas preferirían asistir. Los investigadores de Hagita ya utilizaron
etiquetas de identificación durante un ensayo en una escuela elemental,
donde los niños que habían sido provistos de etiquetas se
sorprendieron cuando los robots se dirigieron a ellos por el nombre. Hagita
recuerda entusiasmado a un niño de sexto grado que se jactaba ante
su amigo de que el robot "me quiere más a mí"
porque lo había llamado por su nombre más veces que al otro
pequeño. Otros niños les dijeron a los investigadores que
sufrían por el robot porque ningún otro niño jugaba
con él. "Es también una relación humana,"
dice Hagita. "Hemos desarrollado un agente. Ya es una especie de
simulación humana."
Este énfasis en la futura función de los robots como compañeros
y auxiliares parece ser profundamente japonés. La razón
puede tener mucho que ver con la cultura popular japonesa, donde robots
como la caricatura del gato Doraemon o el dulce y viejo Astroboy de los
'60, tienden a ser retratados como tipos amistosos y caritativos. La tendencia
a considerar no amenazadoras a máquinas que parecen vivas tal vez
tenga raíces más profundas en la cultura animista Shinto
de Japón, en la que objetos inanimados -- que van de teteras a
espadas de samurai -- pueden tener almas. También está el
imperativo social: a medida que la población envejece, los japoneses
buscan cada vez más robots para contribuir a paliar la escasez
de mano de obra.
El gobierno, dice Hagita, está promoviendo proyectos con aplicaciones
sociales, como atender o cuidar niños. Esto puede dar un impulso
al desarrollo de humanoides -- pues si los robots están haciendo
trabajo social, tendrán que parecer y actuar considerablemente
más como personas que en la actualidad. Y si Hagita y sus colegas
se salen con la suya, esto sucederá antes de lo que pensamos.
(c) 2005, Newsweek Inc. Todos los derechos reservados.
|