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Wang Qisham pudo haber imaginado que había previsto todo posible
peligro para las Olimpíadas de 2008, pero eso fue antes de que
llegara a la ciudad el Torneo Mundial de Snooker. Como alcalde de Beijing,
se sintió indignado y avergonzado por su ciudad debido a la vulgaridad
de los espectadores que asistieron este año al Abierto de China,
el primer campeonato mundial de snooker que se lleva a cabo en el país.
Se supone que el público de snooker debe sentarse en silencio y
respetar la concentración de los jugadores. Lamentablemente, alguien
olvidó informárselo al público de Beijing. Se tomaron
fotografías con cámaras con flash. La gente hablaba por
sus teléfonos celulares. Un importante encuentro debió interrumpirse
debido a los gritos. "Fue un circo", se quejó luego un
prestigioso jugador. Horrorizado, Wang señaló que el riesgo
de tales muestras de grosería en las Olimpíadas de 2008
es "un problema que Beijing no puede darle el lujo de ignorar."
La antorcha no llegará a la ciudad hasta el 8 de agosto de 2008,
pero ya se advierte el nerviosismo previo a los juegos. La vulgaridad
es la menor de las preocupaciones de Beijing. Lo que en verdad preocupa
a las autoridades chinas es la posibilidad de una protesta masiva ante
las cámaras de la televisión internacional. Las embajadas
chinas de todo el mundo ya tienen a sus puertas a activistas de defensa
de los derechos humanos que exigen grandes cambios antes de las Olimpíadas.
En los últimos tiempos, las manifestaciones son algo cotidiano
en China, y los activistas sin duda adoptarán una actitud más
vehemente a medida que se acerque 2008, año en el que habrá
30.000 periodistas internacionales en Beijing. "Es una oportunidad
inmejorable para impulsar (sus) intereses", dice Minxin Pei, observador
de Carnegie Endowment China. Nadie quiere una segunda versión de
lo que ocurrió en Ciudad de México en 1968, cuando las fuerzas
de seguridad abrieron fuego contra estudiantes que protestaban y dieron
muerte a al menos 30 de ellos en vísperas de las Olimpíadas.
Las autoridades chinas no quieren ni siquiera algo como lo que pasó
en las Olimpíadas de Seúl de 1988: las protestas masivas
que antecedieron a esas Olimpíadas contribuyeron a obligar a los
gobernantes militares de Corea del Sur a ceder paso a un gobierno civil
surgido de elecciones libres.
Los funcionarios chinos insisten en que en su país no puede tener
lugar algo como lo que pasó en Seúl o en Ciudad de México,
y las Olimpíadas tienen un amplio apoyo popular. A pesar de ello,
confiesan, la idea les pasó por la cabeza. El vicealcalde de Beijing,
Liu Jingmin, señala que las autoridades están preparadas
para todo, y también para manifestaciones. "Analizamos todos
los problemas que pueden surgir", dice Liu, que tambien integra el
Comité Organizador Olímpico, "y solucionaremos todo
según la ley." Los próximos juegos olímpicos
no generaron ningún problema social que no existiera antes, sostiene:
"La sociedad avanza. No somos más que una embarcación
en este gran torrente."
Es un viaje por aguas turbulentas. En una sola semana del mes pasado,
un grupo de manifestantes destrozó comercios y las ventanas de
la Embajada de Japón, más de 1.500 militares retirados realizaron
una sentada para exigir mejores pensiones y varios centenares de propietarios
de casas preocupados presentaron una demanda contra el gobierno. Todos
esos incidentes tuvieron lugar en Beijing. En la próspera provincia
costera de Zhejiang, decenas de miles de personas provocaron disturbios
y quemaron 14 autos del gobierno y 40 autobuses. Responsabilizaban a plantas
estatales locales de la contaminación del aire, el agua y la tierra
que arruinó la cosecha y provocó malformaciones y enfermedades
congénitas.
La prosperidad y las mayores libertades sociales transformaron la actitud
de la población china. La frecuencia de los actos colectivos de
protesta --si bien no se acerca a los disturbios de Tiananmen de 1989--
es seis veces mayor que la década pasada. "Es una suerte de
impulso democratizante", dice Jin Yuanpu, del Centro de Investigación
Olímpica Humanista de la Universidad Popular. La gente tiene cada
vez menos miedo de hablar contra la torpeza y la corrupción oficial,
y la perspectiva de las Olimpíadas de 2008 no hace más que
alentar la autonomía. Liu señala que, cuando los funcionarios
acuñaron frases atractivas como "las Olimpíadas verdes"
y "las Olimpíadas del pueblo", nadie previó que
la gente tomaría las palabras tan en serio. Sin embargo, muchos
ciudadanos chinos consideran ahora que su opinión debería
tener más peso en cómo se gobierna el país. "Su
sentido político está madurando", dice Chen Gang, alcalde
del distrito Chaoyang de Beijing, donde tendrán lugar muchas de
las competencias en 2008. "Los juegos están cambiando nuestra
sociedad."
También están cambiando muchas otras cosas. Beijing construye
unas tres decenas de centros deportivos y otras sedes olímpicas,
6.500 kilómetros de carreteras nuevas y crea el equivalente a 22
World Trade Centers en nuevas viviendas. Pero algo tiene que caer por
todo lo que se está levantando. En los últimos tiempos,
los desalojos forzosos y el reembolso inadecuado por las casas que se
pierden provocaron más protestas en Beijing que cualquier otro
tema. Vecindarios enteros fueron demolidos de la noche a la mañana.
Algunos de los habitantes más perjudicados de la capital ahora
empiezan a defender sus derechos. Hace dos años se confiscaron
centenares de campos y hogares de campesinos del norte de Beijing para
proyectos de desarrollo relacionados con las Olimpíadas. Li Xinyuan,
que tiene 45 años y es un agricultor de subsistencia desposeído,
dice que las autoridades locales prometieron ofrecer nuevos empleos pero
que nunca cumplieron. Se resignó a su desgracia hasta que vio que
el primer ministro chino hablaba por televisión sobre los campesinos
que perdían sus tierras. Li recuerda que de pronto tomó
conciencia: "Eh, yo soy uno de esos campesinos." Su esposa agrega:
"Nos engañaron." Ésta memorizó los pasajes
de la ley que se aplicaban a su caso. No pueden pagar un abogado pero
bombardean al gobierno con peticiones de compensaciones. Algunos de sus
amigos ahora pasan el día protestando frente a las oficinas municipales.
Zhou Shu-qin, que tiene 30 años, perdió su casa para que
se creara un nuevo parque olímpico. "Las Olimpíadas
son buenas para alguna gente", afirma, "pero no para la mayoría."
Ese es un punto de vista minoritario que pocos chinos se habrían
aventurado a exponer en público hasta hace poco. Ahora, un creciente
número de personas está convencida de que el silencio no
evitará los abusos. Ye Mingjun, que tiene 22 años, vivía
con sus padres y otros familiares en la zona de Yongdingmen, en Beijing,
hasta que se demolió su casa en 2003. Los planificadores olímpicos
habían decidido reconstruir una antigua puerta de la ciudad en
ese lugar. La familia obtuvo una compensación, pero no la suficiente
como para reemplazar su casa. Ye y su padre, Ye Guozhu, terminaron durmiendo
en un sector para bicicletas del centro comercial Oriental Plaza de Beijing.
Ye padre colocó un par de triciclos ante la sede del gobierno de
la ciudad. Puso en los mismos pancartas que rezaban "SIN HOGAR DEBIDO
A LAS OLIMPÍADAS".
Ye padre fue detenido en agosto cuando intentaba reunir a manifestantes
de varias provincias. La corte lo condenó por "alterar el
orden social" y lo sentenció a cuatro años de reclusión.
"Sin las Olimpíadas, esto no nos habría pasado",
dice el hijo. "Les decimos a las autoridades, 'Ustedes hablan de
las Olimpíadas del pueblo pero ¿por qué no nos ayudan?'"
A pesar de ello, está impaciente por la llegada del año
2008. Su padre recuperará la libertad a mediados de julio, justo
a tiempo para las Olimpíadas. "Una vez que salga, mi padre
empezará a protestar otra vez", dice el joven. "Sé
que lo hará." Otros no esperarán hasta 2008.
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