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[ Historias sin cuento ]
TERAPIA DE GRUPO
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La noche es el lugar más fino del universo. Y, dentro de esa fineza, caben todos los misterios. Así lo pensaba Irene, desde siempre.

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Y más ahora, ya que la presencia de su primo Manuel Romero en la casa le encendía con intensidad las ya casi olvidadas luces intermitentes del pasado, cuando las respectivas vidas tenían otro volumen y otro color.

Era de noche. Afuera, lloviznaba. ¡Cómo estaría agradeciéndolo el jardín! En uno de los más remotos cuartos de la casa, dormía Manuel. Y en realidad dormía. Después de muchos años de sólo vegetar nerviosamente entre los velos del reposo fingido, dormía. Su respiración acompasada vagaba por la casona solariega. Irene tuvo, entonces, un impulso, que era una especie de vibración poética. Y esa sensación le movió la mano hacia el viejo teléfono de mesa, que nunca quiso cambiar, como para no retar a los conservadores fantasmas.

Marcó el número. No lo había hecho en largo tiempo. El diario vivir distancia más que la voluntad. En fin, estaba haciéndolo. ¿A qué horas? Uy, las once y media de la noche. Va a creer que es una emergencia. Pero ya sonaba el timbre al otro lado. Sonó tres, cuatro veces. Estuvo a punto de colgar, apenada. Y entonces se oyó la voz:

—Bueno...

—David, soy Irene. ¿Me recuerdas?

El aludido vaciló un segundo, e Irene dejó oír su risa mansa, al mismo ritmo de la llovizna:

—Despistado como siempre con los nombres y las identidades, mi querido poeta.

Él cayó en cuenta de inmediato que era Irene, y la saludó con efusión:

—¡Irene, cuánto tiempo! ¡Tan cerca y tan distantes, como dice el bolero! ¿Qué has hecho de tu vida?

—Lo mismo que tú: muchas cosas y una sola.

—¡Me encanta tu forma de filosofar!

—Te advierto que dejé la filosofía para siempre. Es una esfinge que nunca habla en serio.

—El verdadero problema de la esfinge es que no habla –le abundó David, contribuyendo al rodeo de aquella llamada inesperada.

—Sí, es cierto; pero no te llamo para hacerle reclamos a la esfinge. Te llamo para hacerte una invitación. A mi casa, a una veladita con ejercicios de memoria, ¿qué te parece?

—Si me permites contar después lo que pase... –dijo él, riéndose.

—¿En el diario?

—¿Y dónde más?

—Pues eso ya lo veremos –se animó ella, entusiasmada por la perspectiva real del encuentro–. Ah, te explico algo. Está pasando conmigo unos días Manuel, mi primo, ¿lo recuerdas?

—Sí, claro, el marido de Alma.

—Ay, David, nunca te enteras de los sucesos del corazón. Ya no están juntos.

—¿Y eso?

—Pues cosas... Además, voy a invitar a Lorena y a Saúl Bell, su novio...

—¿Saúl Bell?... ¿Es hijo de Harold Bell, que acaba de morir en forma tan trágica?

—No: sobrino. Y también ahí hay un drama. La vida está llena de dramas, aunque tú no parezcas darte cuenta...

—¿Me estás diciendo evasivo? –se rio él, con un tono que le dio a ella, de pronto, la impresión de que David lo sabía todo, o casi todo, y se estaba haciendo el despistado–. Eso no me lo decían desde los tiempos en que los “poetas revolucionarios” andaban sueltos. Hoy, mansitos, se han vuelto burócratas... Pero en fin...

—Ah, y Gustavo Ramírez. Sin su mujer. A ver si se atreve. O a ver si encuentra una excusa convincente...

—Vas a invitar a Alma, por supuesto.

—¡Sinvergüenza, te las sabés todas!

—A mí que me registren.

—¡Si te registran, lo que van a encontrar son sonetos en todas las bolsas!

—Sonetos de bolsillo. No está mal. ¿Y cuándo?

—¿Cuándo? –repreguntó Irene, que tenía la mente cruzada de luces.

—La reunión.

—El próximo sábado. ¿Te parece bien el sábado? Es día de guardar... –apuntó ella, que siempre liberó su ingenio al hablar con el poeta.

—Sí, de guardar las inhibiciones.

—Eso lo verá cada quien. ¿Estamos?

—Con pareja, por supuesto. Nunca salgo solo. Me pierdo en el camino.

—¡Con pareja! Titi me encanta. Lo que te he preguntado tantas veces: ¿Cómo hiciste para conquistarla?

—Y respondo lo mismo: a las mujeres inteligentes uno no las conquista: las convence.

—Ajá.

—A ti ya te va a llegar el que te convenza.

—¡A mí no me estés augurando nada, que yo estoy feliz con mi rol de buena samaritana!

—Entonces, nos vemos el sábado, en la terapia de grupo.

—No. En la cena de las almas perdidas.

—¡Me aparto, me aparto! ¡Nos apartamos!

—Si ya lo sé, y por eso los invito. Adiosito, pues. Que no se les olvide.

Al día siguiente, Irene hizo las llamadas correspondientes, para armar el equipo de sus huéspedes. Estrategias distintas, para personajes diferentes. Alma la oyó en silencio. El silencio duró muchos segundos. Era un silencio que quería decir: ¿De qué se trata? ¿Hay gato encerrado? Al final, accedió, y hasta llegó a parecerle llamativo ver a Manuel de nuevo, en aquellas condiciones, casi como hijo de dominio. Gustavo Ramírez dijo sí de inmediato, como si hubiera estado esperando una ocasión semejante. Lorena lo tomó a invitación casual, pese a que lo menos que podía unir a tal elenco era la casualidad. Y se comprometió a llevar a Saúl, que no tenía velas en ninguno de aquellos entierros.

El único que faltaba era Manuel. Podía no decirle nada, porque él era algo así como “personaje cautivo”. Sin embargo, ¿para qué sorpresas? En las condiciones anímicas en que estaba Manuel hasta podía producírsele un soponcio.

—Manuel, el sábado vamos a tener visitas.

—Esta es tu casa. Yo me quedo en mi cuarto, y no estorbo para nada.

—Vamos a tener visitas. Juntos. Vienen David y Titi.

—Velada de arte, entonces.

—Sí, velada de arte. Y quizás venga Alma con Lorena y Saúl.

—¿Y eso?

—Se me ocurrió. ¿Qué te parece?

—Por mí, no hay problema.

—Y Gustavo Ramírez.

—No entiendo.

—Gustavo Ramírez. Dice que ustedes tuvieron diferencias, pero ya todo pasó.

Manuel miró a los ojos a Irene. Sonreían ambos.




Agua Caliente, riqueza entre montañas

   


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