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Cuando la secretaria de Estado de Estados Unidos, Condoleezza Rice,
expresó su preocupación por el futuro de la democracia en
Venezuela, Bolivia y Ecuador durante su gira por América Latina
la semana pasada, podría haber añadido un cuarto país
a la lista: Nicaragua.
A juzgar por lo que me dijo el presidente nicaragüense, Enrique
Bolaños, en una entrevista, Nicaragua ya ha sufrido un golpe de
Estado, perpetrado por el congreso. Una coalición de la extrema
izquierda y la extrema derecha, cuyos líderes tienen en común
una larga historia de acusaciones de corrupción, ya controla el
congreso y la Suprema Corte de Justicia, ha arrebatado la mayoría
de los poderes presidenciales y está a punto de tomar el control
de la radio y la televisión.
Tenemos dictadura legislativa bicéfala, me dijo Bolaños
en una entrevista telefónica desde Managua, mientras un paro de
transportes y violentas manifestaciones en la calles sacudían al
país. Las protestas las encabezan Daniel Ortega y Arnoldo
Alemán.
Ortega es el ex presidente izquierdista que tras la revolución
sandinista de 1979 confiscó la mansión de un acaudalado
empresario en nombre de la justicia social e inmediatamente la convirtió
en su casa. Y Arnoldo Alemán es el ex presidente derechista que
actualmente está bajo arresto domiciliario, enfrentando cargos
de que robó decenas de millones de dólares durante su período
presidencial de 1997 a 2001.
Es un matrimonio de conveniencia: Ortega quiere acumular más poder
y Alemán quiere un perdón presidencial. Y los dos quieren
paralizar a un Gobierno que ha logrado alcanzar una tasa de crecimiento
económico del 5.1% el año pasado, la más alta en
Centroamérica , afirmó Bolaños.
Juntos, Ortega y Alemán, han hecho que sus incondicionales en
la Asamblea aprueben leyes que le quitan al presidente el poder de nombrar
ministros, así como su control efectivo sobre la agencia de telecomunicaciones
del país, que controla las cadenas de radio y televisión.
Si la Asamblea Nacional toma el control de las telecomunicaciones, se
acabó la libertad de prensa, aseguró.
La Suprema Corte, controlada por los sandinistas, ha ratificado estas
leyes. Bolaños ha citado una sentencia de la Corte Centroamericana
de Justicia para aferrarse a lo poco que le queda de sus poderes presidenciales.
¿Qué hará?, le pregunté. Bolaños
respondió que estaba considerando invocar la Carta Democrática
de la Organización de Estados Americanos, por la cual se solicita
una intervención diplomática regional cuando hay una interrupción
de la democracia, aunque un acuerdo del Gobierno con los estudiantes que
protestaban en las calles logró levantar temporalmente las protestas
el viernes.
Hermanos discordantes
Sorprendentemente, una de las pocas voces sensatas en Nicaragua es la
del general Humberto Ortega, ex jefe del ejército sandinista y
hermano de Daniel Ortega.
Ahora, convertido en un próspero empresario, Humberto Ortega acaba
de escribir un libro sobre la revolución sandinista, La epopeya
de la insurrección. En él reconoce abiertamente pecados
de juventud y asegura que los partidos de oposición deben moverse
hacia el centro y permitir que Bolaños termine su mandato.
El Frente Sandinista y las fuerzas de derecha tienen que entender
que no hay espacio para ningún tipo de revolución, para
ningún tipo de cambio radical, me dijo Humberto Ortega en
una entrevista telefónica. Si no entendemos que aquí
ya hubo una revolución y una contrarrevolución, y que ambas
tuvieron una fuerte base popular, no vamos a llegar a ningún lado.
Lo que es más importante aún, Humberto Ortega añadió:
Hay un abuso en la forma en que se está usando el poder político
por parte de los partidos en la Asamblea. Hay un excesivo uso de ese poder.
Aquí todos tenemos que hacer concesiones para que este Gobierno
termine.
Mi conclusión: no podría estar más de acuerdo. Nicaragua
ya es una democracia híbrida, con un presidente con las manos atadas.
Y a menos que haya presión internacional para que los líderes
de oposición actúen más responsablemente, puede que
pronto ya no pueda ser considerada como una democracia.
Post scríptum: Hay que sacarse el sombrero ante la Sociedad Interamericana
de Prensa (SIP), con sede en Miami, por haber llevado a cabo el 12 de
abril un seminario en Washington, D.C., sobre las amenazas a la prensa
en Estados Unidos, y por emitir un comunicado la semana pasada criticando
los fallos de la cortes de Estados Unidos que podrían mandar a
prisión a periodistas del The New York Times y de la
revista Time por rehusarse a revelar sus fuentes.
La SIP, que ha criticado desde hace mucho tiempo la censura absoluta
que existe en Cuba, y las crecientes restricciones a la libertad de prensa
en Venezuela, está condenando abusos a la libertad de expresión
donde sea que estos ocurran. Aunque en Estados Unidos todavía hay
muchísima más libertad de prensa que en países como
Cuba, las denuncias de la SIP están más que justificadas.
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