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Un lugar silencioso, con su calles limpias, en medio del campo. Este
municipio chalateco no se marchita con la violencia del país. Recibe
con los brazos abiertos a los visitantes y rechaza todo acto que altere
su paz.
n las noches de calor, Reyes Valles duerme en su hamaca. Una dinámica
que dejaría de ser sorprendente si no la colgara entre los dos
pilares a la entrada de su casa, en plena calle. Es un hombre cuerdo,
con seis décadas de vida, disfrutando de lo que uno de los municipios
más tranquilos del país le ofrece: la paz.
Hace 19 años llegó junto con su amigo, Rigoberto Quintanilla
Galdámez, a San José Las Flores, en Chalatenango. Las bombas
surcaban aún el cielo. Habían estado en la guerrilla y vivieron
el embate de la violencia que duró toda una década. Pero
esa realidad cambió tras la firma de los Acuerdos de Paz.
La comunidad se organizó y compró el casco urbano del
municipio para escriturar las tierras. Pidieron que se instalara ahí
uno de los primeros puestos de la Policía Nacional Civil y el regreso
de la alcaldía. Eran tiempos cuando las necesidades abundaban:
no tenían agua potable, los caminos al municipio eran casi intransitables
y las casas estaban deterioradas. Poco a poco nos fuimos organizando.
Habíamos vivido peor en la guerra, recuerda Rigoberto, acostado
en la acera frente a la casa de su amigo.
El último acto
La violencia aún no se despedía del municipio. Ese 12
de octubre de 1994, Matías Henríquez estaba borracho. En
su camino a casa vio cómo una pareja estaba peleando e intentó
separarlos. Fue herido con un machete y llevado al hospital de Chalatenango.
Murió al tercer día. El responsable fue rechazado inmediatamente
por la comunidad. Hasta ahora no se sabe dónde estará,
señala el alcalde del municipio, Félix Moisés Lara.
Esa sería la última vez que se hablaría de un asesinato
en este poblado al oriente de la cabecera departamental.
El cabo encargado del puesto policial, Miguel López, lleva ahí
ocho meses y reflexiona sobre esta inusual calma. La tranquilidad
yo se la atribuyo a la organización que tiene la gente. Hay directivas
para todo y la Policía se siente cercana a la comunidad.
Los hechos violentos que más se repiten ahora son los de carácter
intrafamiliar. El año pasado se registraron 12 casos, uno por mes.
Lara explica: Uno de los temas que estamos trabajando es la equidad
de género, para resolver el problema.
El problema del alcoholismo se destaca como una segunda causa de preocupación,
en una comunidad que prácticamente no consume bebidas embriagantes
con frecuencia. Valles apunta: No aceptamos que haya cantinas. Lo
rechaza la gente. Aunque, claro, no falta uno que otro bolito que moleste.
Pero ese bolito que pueda molestar no es gran problema, a juzgar por
la tasa de homicidios del municipio, que se mantiene en cero.
Están tan organizados que cuentan con una directiva integrada
por la policía, el juez de paz en el municipio, el párroco
de la iglesia y representantes de la comunidad, y sirve para resolver
todo tipo de problemas, incluso los de violencia. Lo hacen de forma conciliatoria
sin que tenga que pasar directamente a la policía. Todos
empujamos la misma carreta. Somos humanos y todos nos equivocamos. Si
se puede ayudar, es mejor sicológicamente que dando una moneda,
explica Quintanilla, quien por 12 años formó parte de la
directiva.
Los pobladores, que viven del maíz, frijol, maicillo y ajonjolí,
se consideran una gran familia. El próximo 20 de junio los poco
más de 2 mil 200 habitantes oficiales de Las Flores se reunirán
en el parque del barrio El Centro para festejar con cervezas y carne asada
un aniversario más de la repoblación del lugar. Ahí
estarán presentes los ocho agentes con los que cuenta el puesto
policial, brindando una custodia que parece innecesaria.
En un municipio donde el 41.8% de los hogares vive bajo pobreza extrema,
las pandillas no existen; y cuando ha habido señales de surgimiento,
policía y comunidad han hablado con los jóvenes y los han
convencido de desistir.
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