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La violencia siempre ha estado asociada donde hay más riqueza,
introduce tajantemente Salvador Samayoa, miembro del programa Sociedad
sin Violencia y de la Comisión Nacional de Desarrollo. Yo,
esa ecuación de pobreza con delincuencia, nunca la he aceptado.
En cambio hay otros conceptos que están más relacionados,
como es la marginalidad, dice cuando se le expone que la mayoría
de municipios del país ubicados dentro de la categoría de
pobreza extrema registran un bajo o nulo índice de homicidios.
Los analistas de la violencia coinciden en que no hay relación
directa entre pobreza y delincuencia, y por tanto, entre pobreza y homicidios.
Samayoa subraya que San Salvador y La Libertad concentran el 80% de
las empresas del país, tal vez más del 80% de la recaudación
fiscal, y son los únicos que están por encima del promedio
nacional en educación y escolaridad, pero a la vez son de los que
tienen mayores tasas de homicidios. Los desequilibrios son tan grandes
que es normal que ahí haya más robo por los bolsones de
marginalidad, y el efecto de mostrar que tiene que estar en contacto cotidiano
con la riqueza. Es distinto en el campo.
Marcela Smutt, oficial de Naciones Unidas del programa Sociedad sin
Violencia, coincide en que una fuente de violencia es la desigualdad,
y a partir de eso explica por qué hay municipios libres de epidemia
de homicidios en El Salvador. Hay un desarrollo humano bajo en esos
municipios, pero son comunidades más homogéneas, donde
no conviven extrema pobreza junto con grandes oportunidades.
Desbordamiento
Carlos Briones, director de la Facultad Latinoamericana de Ciencias
Sociales, ahonda en el análisis. Expone que la urbanización
acelerada y carente de oportunidades que ocurre en la zona central del
país es el escenario adecuado para contribuir a la exclusión.
Se produce una conciencia de marginación, y que posiblemente
no es la misma en algunos de estos municipios pequeñitos en donde
los indicadores de pobreza son muy altos.
Esa conciencia tiende a generar una identidad de resistencia, como el
fenómeno de las pandillas. Importa mucho el hecho de tener
percepción, conciencia de la exclusión, sentirse al margen
es algo que lo vamos estructurando, interiorizando, detalla. Y,
por tanto, la lógica es que en las economías urbanas,
donde se comienza a generar este tipo de identidad, también empiezan
a circular actividades económicas ilícitas que buscan conseguir
acceso a los productos bombardeados por la publicidad de consumo o a los
que están a la vista, pero con acceso vedado por la carencia de
estudio, trabajo, oportunidades y diversión, por mencionar cuatro
aspectos.
La pobreza, no obstante, no es un factor a desestimar. El antropólogo
Carlos Lara, sin embargo, cree que es secundario. Hay que considerarla,
pero el principal aspecto es la desigualdad porque crea niveles de frustración
que la gente expulsa en manifestaciones violentas hacia los vecinos.
Alcohol y armas: un coctel letal
En más del 73% de los homicidios cometidos durante 2004 estuvieron
involucradas las armas de fuego, según reportó la Policía
a finales del año pasado.
El riesgo social que implican las armas lleva a reflexionar a Salvador
Samayoa, el ex director del Consejo de Seguridad Pública: Las
armas, el alcohol y las drogas agravan la situación. Probablemente,
si en ese momento de descontrol no hubiera presencia del alcohol y de
las armas, no se terminaría en un homicidio.
Según el antropólogo Carlos Lara, el alcohol es
un símbolo. La bebida es utilizada para sacar, en algunos casos,
las frustraciones de los individuos. Pero no es la causa principal de
la violencia. En el país se consumen 12 litros de cerveza
por persona al año. Menos que en Costa Rica, que ronda los 30 litros
por persona y con una tasa de muertes de seis puntos.
EFECTO DE IRRESPONSABILIDAD
El alto consumo de las bebidas embriagantes es una mezcla peligrosa,
según los especialistas. Pero la cantidad de armas en manos de
civiles, a lo que se agrega la innata agresividad de las personas, es
aún más alarmante. Durante los primeros cuatro meses de
2005, la Policía ha decomisado 2 mil 248 armas de fuego.
El 62% han tenido una participación en algún delito, según
datos de la PNC.
El 32% han sido decomisadas por faltas de permisos u otros, y el 6%
restante
son armas halladas abandonadas. Para 2003, el PNUD estimó que
había en El Salvador por lo menos 450 mil armas, legales e ilegales.
Las cifras indignan al subdirector de Seguridad Pública, Pablo
Escobar Baños. En nuestra legislación, portar armas
es un delito menos grave. Y tenemos gente que ha sido capturada hasta
cuatro veces por el mismo delito. Deberían hacer más rigurosa
la ley. A diario encontramos en el transporte público a personas
que van con sus pistolas y permisos de portación. Es difícil
decir cuáles delitos han sido cometidos por armas legales. Las
armas de fuego son un grave factor de riesgo.
Carlos Briones, director de FLACSO, agrega: Una sociedad armada
en las condiciones que nosotros tenemos es definitivamente un catalizador.
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