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Es de mañana y Nahulingo ha amanecido apacible. Apenas hay gente
en las bancas del parque central, ese que cerca la iglesia sin campanario,
y los únicos que parecieran trabajar son los de la cuadrilla de
obreros que reparan los adoquines maltrechos de la calle frente a la alcaldía.
Al otro lado del parque, varios jóvenes juegan a rebotar un balón
en una cancha, mientras dos policías de tránsito han salido
de su puesto en la esquina para echar una mirada.
Calle abajo de la alcaldía, sin embargo, hay un grupo de personas,
de andar lento y pañuelos en las cabezas, que rompen con el cuadro.
Visten de luto y siguen el carro que transporta un ataúd. El sepelio
es el de Reynaldo Orellana, de 66 años. Era poblador de Nahulingo,
pero no murió en el municipio: fue asesinado el 27 de abril pasado
en la vecina ciudad de Sonsonate.
Un crimen más. Un crimen que, empero, suma una cruz más
a la hasta ahora secreta reputación de Nahulingo. El municipio
tiene, en términos de homicidios, el promedio de mayor violencia
del país de 2002 a 2004, y es el lugar donde hay más probabilidades
de que quien ahí vive acabe asesinado y en el que, curiosamente,
no hay un puesto de la PNC que vele por la seguridad de los habitantes.
Sin protección
En realidad en Nahulingo sí hay un puesto policial cuyas paredes
están pintadas como las de cualquier otro cuartel. Blanco y azul,
con la salvedad de que en el frente el rótulo dice: Patrulleros
de caminos. Dentro, dos agentes reciben detrás de un escritorio
adornado únicamente por un teléfono. El jefe está
dormido, así que el otro relata: Antes había un puesto
de Policía, pero hace como tres años lo quitaron. Nosotros
somos patrulleros, nos encargamos de las carreteras.
Ninguno lo sabía, eso era obvio, aunque alguna idea tenían
de lo violento que es Nahulingo. Y sí, últimamente
se ha puesto jodido acá. El problema es que si ocurre un asesinato
hay que esperar a que vengan los del 911 o de la delegación de
Sonsonate. Nosotros no podemos actuar.
Los agentes, sin embargo, apuntan con los dedos al sur, a una de las
colonias que ellos han escuchado que es la más peligrosa. Lotificación
Entre Ríos, complementa minutos después Miguel Ángel
García, secretario del juzgado de Paz. De hecho, de ahí
es que recibimos la mayor cantidad de denuncias, especialmente de violencia
intrafamiliar, agrega García.
La lotificación Entre Ríos puede agradecer porque su nombre
al menos sea cierto. Pero excepto de los dos ríos que la flanquean,
el resto del panorama no la ayuda para despojarse de su matiz sombrío.
La entrada a la colonia está adornada por el cementerio municipal
y sus calles con polvo y charcos de agua estancada. Adentrándose
poco más, los postes y las paredes decoradas por los pandilleros
se cuentan uno tras otro.
La calle principal luce casi desolada y los pocos que aparecen regalan
tibias sonrisas no sin esconder su desconfianza. José detiene su
marcha en bicicleta y con soltura cuenta su cotidianidad: Da miedo
porque aquí nunca te amagan y ya hace un mes mataron uno ahí,
dice el joven, mientras señala un terreno baldío al final
de la calle. Luego, sin evitar lanzar miradas hacia atrás con un
ligero toque de paranoia, sigue: Te piden dinero y siempre anda
reclutando a menores de edad.
Reportada por los medios pareciera que la realidad de homicidios de
Nahulingo, 124 por cada 100 mil habitantes al año, durante los
últimos tres años, es otra. Pero ni José, ni otros
habitantes de Entre Ríos, mucho menos Medicina Legal, comparte
la visión. Los periódicos reportaron cuatro muertes violentas
entre junio y diciembre de 2004; Medicina Legal, en cambio, dice que son
25.
Las pandillas en la mira
Miguel Ángel Mejía es el alcalde de Nahulingo. Aunque
lo sospechaba por el repunte de los dos últimos años, ni
él, ni su asesor, conocía lo que ahora vive el municipio
que gobierna desde 1994. La gente vive a pesar de la violencia.
Es que no puede ser de otra manera, nos quejamos, pero todos tenemos que
seguir trabajando, se lamenta.
Nahulingo no tiene mercado, ni casa de créditos, restaurantes,
grandes comercios, y su alcaldía apenas está pintada de
blanco y sin rótulo. Mejía reconoce que el municipio que
gobierna desde 1994 es pequeño, casi un apéndice de Sonsonate,
pero no por eso indigno de un puesto fijo de Policía.
El alcalde aún no alcanza a entender, pero está seguro
de que la migración de pandilleros de Sonsonate a Nahulingo, cuando
entraron en vigor los planes gubernamentales antimaras, es la responsable
de la epidemia. Es que antes no había.
Los dos policías que entran de vez en cuando en su vetusta patrulla
a la colonia Entre Ríos culpan también a las pandillas.
Sin embargo, ellos, los únicos que recorren el municipio, reconocen
que les es difícil saber a ciencia cierta si la violencia proviene
de otra parte. Los pandilleros han hecho suyo el territorio. Nosotros
los capturamos, más no podemos hacer, dice uno de ellos.
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