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Es una demanda que me han obligado
a ponerla. No veo otra salida. Me hubiera gustado que fuera en contra
del Estado y no contra la Policía, porque luego hay represalias.”
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Si hubiera hecho algo, ya estaría
en la cárcel. De todos modos, no se cansan de meterme preso,
y eso no me asusta porque ya he estado ahí. Me quieren poner
de ejemplo y no me voy a dejar.”
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Mi imagen ha quedado destrozada
y la gente me mira mal en las calles. Pero lo que no dicen ni los
policías ni los periódicos es que trabajo, que tengo
un restaurante y que nunca he matado a nadie.”
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Me imagino que sí habrá
arbitrariedades con los pandilleros, pero no tengo conocimiento de
alguna. Somos humanos y no tenemos una varita para saber si es delincuente
o no.”
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Investigaremos los actos arbitrarios
de la PNC para luego determinar la responsabilidad del Estado. Como
institución, nos interesa que esto cese y que se siente un
precedente.”
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Este caso representa la inutilidad
y lo absurdo de las acciones del plan Supermano Dura.
Se gasta dinero para capturar personas a las que no se les demuestra
responsabilidad alguna.”
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Desde marzo de 2003, los agentes
de la PNC de Apopa han realizado en forma sistemática una serie
de detenciones... fueron hechas con utilización excesiva de
fuerza y abuso de derechos.”
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Rampart y las armas
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La División Rampart, del Departamento de Policía
de Los Ángeles (LAPD, por su siglas en inglés), dio
mucho de qué hablar hace seis años cuando el escándalo
se destapó. Era 1999 cuando el agente Rafael Pérez,
de la unidad antipandillas CRASH (Recursos de la Comunidad Contra
Rufianes Callejeros, si se traduce las siglas al español)
de la LAPD sacó a la luz todo lo que sucedía al interior
de la Policía angelina. Confesó ante un juez que se
robaba las drogas que guardaban en los casilleros como evidencia,
para venderlas posteriormente. En total, fueron ocho libras de cocaína
valoradas en 8 millones de dólares.
A cambio de una sentencia más corta, Pérez también
involucró a varios agentes más. Después de
varias investigaciones, una corte de Los Ángeles encontró
culpables a los sargentos Brian Liddy y Edward Ortiz, y los agentes
Paul Harper y Michael Buchanan, aunque, luego de varias apelaciones,
salieron libres tras pasar poco tiempo en prisión. Lo mismo
sucedió con Pérez.
Pero las acusaciones, que habían salido a la luz en varias
publicaciones del periódico Los Angeles Times,
no solo fueron por robo de evidencias. Pérez también
confesó que él y más agentes falsificaban pruebas
y testimonios en contra de varios pandilleros arrestados por el
CRASH y que guardaban prisión injustamente. Fueron alrededor
de 100, entre ellos Óscar Díaz Andrade. A pesar de
que no hubo condenas, la municipalidad de Los Ángeles se
comprometió a indemnizar a las víctimas. En total,
se repartieron cerca de 70 millones de dólares.
Óscar Díaz Andrade fue uno de los beneficiados con
la medida, aunque fue deportado casi inmediatamente. A su llegada
a El Salvador, y al no tener antecedentes penales en el país,
adquirió dos armas que registró legalmente a su nombre.
Desde su arribo, marzo de 2003, la PNC le ha retenido sus armas
en cada arresto que ha tenido. En todos los casos se las han devuelto,
pero aún las espera desde la última vez que le allanaron
su casa, el 23 de febrero de este año, bajo la lupa del FBI.
El ex pandillero defiende el tener armas bajo el argumento de que
nunca ha cometido un ilícito. Soy un ciudadano como
cualquiera. La ley lo permite para defenderse, ¿o no?,
explica Díaz.
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Apopa. Era de madrugada y el pelotón de la Policía Nacional
Civil avanzaba sigiloso en la oscuridad de los pasajes de la colonia Santa
Teresa, iluminados únicamente por las luces de las cámaras
de televisión. El jefe dio la orden. La casa tenía defensa
y enrejado, que de poco sirvieron para evitar que los agentes de avanzada
derribaran la puerta principal. Todo fue muy rápido.
Dentro, el inquilino aún dormía y pudo percatarse de la
visita cuando los encapuchados lo rodeaban y le apuntaban con sus armas
de asalto. Lo sacaron esposado y como se encontraba, únicamente
en calzoncillos. Al descubierto quedó su tatuaje en el abdomen,
con las letras grandes La Mirada. Era el inicio de una gran
noche para la Policía, que terminaría con 36 pandilleros
arrestados y la satisfacción de haberle mostrado a los agentes
del FBI que visitaban El Salvador la forma en que la PNC combate a las
maras.
Esa madrugada, el miércoles 23 de febrero de 2005, Óscar
Andrés Díaz tomó su decisión. Estaba hastiado
de las capturas, de los golpes, de las exhibiciones públicas ante
los medios de comunicación (y esa madrugada no fue mostrado solo
a los locales, sino también a Fox News de Los Ángeles),
de que dijeran que era de la 18, cuando tiempo atrás dejó
la vida de la pandilla, la suya, que no era la 18 sino La Mirada
Locos. Estaba hastiado de la Policía. Así que decidió
demandarla.
Una mirada hacia atrás
Óscar Díaz carga con 30 años y no hace ascos para
aceptar que los últimos 12 su vida ha tenido todo menos paz. Por
eso decidí salirme, dice ahora, con su español aderezado
con el inglés, producto de las calles de Los Ángeles.
Su familia huyó a los Estados Unidos en 1984. La guerra, explica
Díaz, fue la razón. A los 18 años, por razones que
le cuesta explicar, Angel (se pronuncia enyel),
como se lo conoce desde pequeño, se unió a una pandilla.
La Mirada es poco conocida acá, pero en Los Ángeles
es rival de la 18, menciona en un tono de molestia. Enfado que le
ha nacido de todas las veces que ha visto publicado su nombre en los medios
de comunicación del país junto con la ya calcada frase:
Líder de la mara 18. ¿Te podés
imaginar? No estudié la high school, pero no soy tonto,
y sé lo que buscan: me pueden hasta matar por eso, sigue,
sobresaltado.
En Los Ángeles, el ex pandillero estuvo preso en dos ocasiones.
La segunda, sin embargo, sería la que le diera el empujón
final y el dinero para una nueva vida. Corría 1993 cuando fue detenido
por la Policía angelina por la supuesta participación suya
en un robo dentro de una casa. Aunque él niega su implicación,
recibió una condena de un año en la prisión del Condado
de Los Ángeles. La cumplió y regresó pronto a las
calles.
Dos años más tarde, se enfrentaría a un panorama
mucho más turbio. La División Rampart, del Departamento
de Policía de Los Ángeles (LAPD), lo capturó, y esta
vez los cargos eran mayores y considerablemente dignos de una pena abultada:
posesión y venta de drogas. Antes de ser liberado, tras haberse
demostrado que tanto él como muchos pandilleros eran inocentes,
pasó ocho años recluido. Ocho años que le sirvieron
para convencerse y cambiar su vida. El estado de California lo terminó
indemnizando con una cifra de cinco ceros (ver recuadro en página
13, El caso Rampart). Carta de libertad, miles de dólares
y deportación inmediata a El Salvador.
La cadena de encierros
El Salvador lo recibió con una ley antimaras (declarada inconstitucional
por la Corte Suprema de Justicia en abril de 2004) y un plan Mano Dura.
Era marzo de 2003 y la Policía no tardó en capturarlo por
el cargo de agrupaciones ilícitas. Esa vez todo ocurrió
cuando viajaba en unos de sus carros junto con su amigo Roberto Alvarado,
otro ex pandillero.
Nos detuvieron, nos bajaron del carro y el policía nos
acostó en el pavimento que, por supuesto, estaba caliente,
recuerda Alvarado. Nos acusaron esa vez de robar un banco, pero
al llegar al juzgado nos remitieron por agrupaciones ilícitas,
agrega Díaz. Pasaron unos días en las bartolinas y el veredicto
del Juzgado Quinto de Paz de San Salvador fue sobreseimiento definitivo
en la audiencia inicial.
Desde su regreso, Díaz asentó su vida en Apopa. Fue ahí
donde lo arrestaron la segunda vez y las tres veces siguientes. Los expedientes
del Juzgado de Paz del municipio (442-2003-2, 961-2003-2, 711-2004-2 y
1089-2004-3) dejan al descubierto que siempre ha salido libre de cargos
en la audiencia inicial. Lo curioso es que en todos los casos, como consta
en los expedientes, los sobreseimientos son pedidos dentro de los mismos
requerimientos de la misma Fiscalía por falta de pruebas.
En la calle, el policía es juez
Me cansé de esas mentiras. Que vayan a preguntar a la colonia
si quieren y se darán cuenta, desafía Díaz,
en un afán por demostrar que está rehabilitado. Él,
como muchos otros ex pandilleros, asiste a la sede de Hommies Unidos,
una ONG que se dedica precisamente a rescatar jóvenes. Roberto
Alvarado también asiste a los Hommies y fue ahí donde trabó
amistad con Díaz. Aquí no importa si vos fuiste de
esta y yo de la otra, explica el ex miembro de la 18.
Es que la rehabilitación, una palabra que sí existe dentro
del léxico policial, es vista con recelo. El subcomisionado de
la PNC Vladimir Cáceres lo dice claro: Creo en la rehabilitación
de pandilleros, pero también creo que un pandillero rehabilitado
puede cometer delitos. Cáceres es el encargado dentro de
la Policía para el plan Supermano Dura, y el lidiar
con pandilleros es, para él, cosa de todos los días.
Si la persona está tatuada y viste como pandillero, se
le puede retener para verificar su identidad. En otro caso, si yo los
capturo es porque tengo los elementos suficientes, según las pruebas,
para creer que puede cometer un ilícito. Luego el juez decidirá,
pero en la calle, el policía es el juez, dice Cáceres.
Una de las más férreas opositoras a los planes antimaras
es la procuradora de los Derechos Humanos, Beatrice de Carrillo. Desde
un inicio, la abogada ha señalado que los planes son el reflejo
de la inoperancia de la Fiscalía y PNC para el combate efectivo
a la violencia en el país. Lo que buscan es provocar en la
opinión pública una sensación de protección.
Es una política monstruosa del Estado, se queja.
La funcionaria, a quien sus detractores la han etiquetado como mamá
de los pandilleros, basa sus afirmaciones en los informes que la
misma institución elabora cada año sobre los derechos humanos
de la niñez y juventud. En el último, publicado en enero
de 2004, la PDDH estima que en el 97% de los casos de capturas de pandilleros
en 2003, los juzgados dictaminaron libertad definitiva.
Es un buen caso
Cuando Óscar Díaz llegó a las oficinas de la Fundación
de Estudios para la Aplicación del Derecho (FESPAD), el abogado
Nelson Flores se lo pensó poco. Sabía que era un caso atractivo,
dadas las circunstancias que rodean al ex pandillero: su cuantiosa indemnización
en los Estados Unidos y no haber tenido nunca antecedentes penales en
el país lo hacían el sujeto perfecto para sentar un precedente
que le diera la razón a la institución para criticar aún
más las medidas punitivas del Gobierno.
FESPAD decidió representar a Díaz, y luego de varias semanas
de trabajo presentaron juntos la denuncia ante el Juzgado de Paz de Apopa
la tarde del pasado 15 de abril. El escrito, una petición para
que el juzgado ordene a la Fiscalía comenzar una investigación
para determinar la responsabilidad de los actos arbitrarios
de la Policía en contra de Díaz. Una vez establecidas identidades
y responsabilidades se puede demandar.
La pieza presentada enumera las detenciones que, según menciona,
han sido realizadas sin justificación por la Policía. Para
ello, cita el artículo 320 del Código Penal, que hace referencia
a los actos arbitrarios de los funcionarios públicos. El que lo
cometiere, señala el artículo, puede enfrentar una pena
de dos a cuatro años de prisión.
Cáceres alega que la PNC solo hace su trabajo. Si quiere
demandarnos, que nos demande, le reta.
Luego de que la PNC le botó la puerta, en febrero, Díaz
optó por cambiarse de casa, aunque eligió siempre la colonia
Santa Teresa, de Apopa. Vive solo, dice que el acoso es el mismo, y por
las noches se refugia en la casa de su compañera de vida, unos
pasajes después de la suya, con la que ha procreado una niña
que ahora tiene cinco meses.
El dinero que le dieron es suficiente para resolver su vida sin trabajar
por buen tiempo, pero él ha preferido poner su negocio. No
hago nada, soy solo el patrón, pero prefiero estar ahí y
atender algunas cosas que estar acá para que me hostiguen,
asegura Díaz, en su nueva casa, al referirse al comedor que ha
puesto. Menos mal que la gente no sabe todo lo malo que dicen de
mí, completa Angel.
Eso último es lo que más le molesta: que lo condenen antes
de ser juzgado. Si a veces hasta pienso que sería bueno demandar
a tu periódico, señala Díaz, mientras hojea
las páginas que reproducen su foto. Beatrice de Carrillo ataca
también el punto y no duda en señalar la culpabilidad que,
según ella, tienen los medios: La presunción de inocencia
es el derecho que más se viola en El Salvador.
Díaz está confiado. Sabe que tiene el apoyo de FESPAD
y se ha prometido a sí mismo actuar apegado a la ley, aun cuando
asegura que la Policía no lo deja en paz. Para eso suelta una frase
que suena a amenaza y a estribillo de canción de rap: Si
se llegan a topar con mi familia, no saben con quién se meten.
No les tengo miedo, si me buscan, aquí estaré.
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