Paso
de baile número 1: introducción
Tiene unas caderas hechas para verlas
bailar y la piel trigueña, como Jennifer López. Llegó aquella tarde a la redacción
de este periódico con su figura de bailarina profesional debajo de un vestido
colorido y bofito que —valga la trillada metáfora, aquí sí se aplica—
bailaba al ritmo del viento y dejaba adivinar, en la silueta, la profesión de
la dueña.
Traía consigo dos cosas. En la mano, fotografías de ella en compañía
de Stanley Tucci, actor coprotagonista, junto a Richard Gere y la misma JLo, de
la película “Shall we dance?” (“¿Bailamos?”), todavía
en cartelera en algunas salas del país y a disposición en los rentavideos locales.
Lo demás que traía consigo venía en sus labios: “Yo salí en esa pelí-cula”.
Se
llama Susana Castillo. Es salvadoreña y vive en Canadá desde hace 15 años. Ahí,
la hormiguita del baile y la actuación le recorrió el cuerpo y, como diría Joaquín
Sabina, aprendió que “bailar es soñar con los pies”. Actuar, hacerlo
con el alma.
Un día, con la suerte mirando al lado de su calle, la producción
de “¿Bailamos?” llegó a su ciudad, Winnipeg —donde se grabarían
algunas escenas del filme— en busca de extras para una colosal escena de
baile. Ella dijo: “Esta es la mía”. Y tanto que lo fue.
Llegaron
mil a aquel coladero. Nuestra chica, originaria de San Salvador, tenía que poder
menear la figura con arte al ritmo de rumba, chacha y otros bailes de salón. “Fui
a verla a la audición y me sentí contenta de verla bailando”, dice su madre,
Esperanza. Al final, 16 quedaron, incluyendo a su hija. Esperanzas cumplidas.
Paso
número 2: la escena
La película es una declaración de amor al baile.
John Clark (Richard Gere) es un hombre que en búsqueda de matar su mísera rutina
de abogado y marido decide inscribirse en una escuela de danza latina. Ahí, adivinan,
conoce a Jennifer, la sensual y misteriosa maestra del lugar.
Nos ahorramos
el resto de secretos de la trama por respeto a los que aún no la han visto —vamos,
que tampoco fue una megapelícula alabada por la crítica, valga la aclaración—
y nos situamos casi al final: la boricua es homenajeada en una fiesta repleta
de bailarines. Ahí están sus allegados. Ahí hay coreografías. Ahí, justamente,
es donde entra Susana.
“Salgo como una de sus amigas”, bailando
y viendo a los protagonistas sin interactuar directamente con la actriz, dice
la salvadoreña, con un acento menos americanizado que JLO —quien habla muy
mal español para ser latina, por cierto—, pero con un leve toque de la cultura
del norte del continente “bailándole” en la garganta.
Para suerte
de Susana, su rostro —“ok”, la mitad de él— quedó inmortalizado
en un fotografía captada de la cinta y que, para muestra, publicó la revista “
People” en inglés en un reportaje sobre la obra fílmica (ver reproducción).
Sí, para suerte. Porque entrar en ese mundo e intentar quedarse con una raja de
recuerdos junto a las estrellas suele ser más difícil que enseñarle a bailar salsa
a un canadiense.
Paso número 3: el ambiente
“Para conseguir
las fotos —con Stanley Tucci— tuve que meter cámaras a escondidas”,
revela.
¿Algún autógrafo de JLo? ¡Qué va! Aunque reconoce que es muy profesional,
una gran bailarina, “uno siempre debe mantener la distancia con ella”.
Un ejemplo: cuando decían “corte”, ella agarraba por su lado; el resto
de actores y extras, por el suyo. A lo mucho, cuando su entonces novio Ben Affleck
la llegaba a ver, se le colgaba del cuello y lo besaba. Cosas de divas. Desplantes.
Richard
Gere sí es otra onda. Y aunque hacer los pasos que debía aprender le sacó más
canas de las que ya tiene, “se quedaba con nosotros” entre escena
y escena, cuenta Susana, sonriendo.
Paso número 4: el futuro
La
película pasó. La aparición fue breve, pero lo que se viene, largo, al menos así
lo espera la joven Susana.
La bailarina salvadoreña dijo en su momento
que tiene ganas de meterse por completo al mundo de la actuación y del canto.
Tiene sueños: “Si ella (Jennifer López) puede cantar, también yo”.
Para eso ha estudiado actuación y su nombre figura en agencias que se encargan
de colocar actrices en programas de televisión o en películas (ver recuadro).
Pero
el mundo artístico es fiero. Susana lo conoció y cuenta que fue testigo de cómo
algunos con poder piden cuerpo a cambio de papeles. “Eso es lo negativo
del ambiente”, dice.
Pero ella sabe que también vale el talento, y
a eso le apuesta. Y para pulirlo “sigo preparándome”, explicó al final
de la plática.
Luego tomó las fotos que traía en la mano, el pregón en
los labios y dejó a cambio los contactos para cuando una oportunidad, quizás en
Hollywood, la invite a bailar. Mientras, pendientes. Tan, tan.